Crónicas de amor a la mendocina | La capital mundial de las comedias románticas

Por cuestiones de trabajo de mi padre tuve que estar una semana en la capital francesa a los 20 años. Mientras mi querido progenitortenía reuniones y atendía negocios, yo podría recorrer a mis anchas el barrio latino fantaseando que andaba sin buscarlo pero andaba para encontrarme con Oliveira de Cortázar. Lamentablemente, más que escritores latinoamericanos fascinantes y atormentados, las calles cercanas a Notre Dame estaban llenas de vendedores ambulantes de carteras falsificadas y turistas chinos con cámaras de fotos y sus omnipresentes palitos de selfi.

Por eso, cuando estaba recorriendo el museo de Orsay y uno de los guías de probable origen senegalés empezó a mirarme y sonreírme, no lo pensé mucho. Vamos, estaba en París, la ciudad del amor. Además, hay algunos mitos sobre los atributos de los varones africanos que tenía ganas de comprobar por mí misma. Y el traje era sexy. Pero él estaba trabajando y  yo tenía horario de toque de queda. De todas formas, el chico misterioso encontraba la manera de aparecer en todas las salas. Sonriendo entre las pinturas de Renoir y Monet o tras alguna escultura de Manety también en los pasillos. Obvio que yo le sonreía de vuelta. Hasta que fue la hora de su descanso.

Cuando ya se me estaban acabando las caras de experta en arte francés del siglo XIX, y se me hacía difícil encontrar argumentos para quedarme en el mismo piso más tiempo, se me acercó Jeremiah. Me contó que existía una sala de descanso para los empleados, y que le gustaría que fuera con él para que pudiéramos conocernos más tranquilos. El morbo de entrar en un espacio no accesible a turistas, junto con la curiosidad de estar con un africano y las fantasías que todas nos hemos hecho al respecto, me decidieron a pasar sobre el cordón de la escalera para perderme un rato con mi guía. Pero apareció un guardia de seguridad. Me asusté. Mi galán desapareció por arte de magia y a mí no se me ocurrió mejor idea de improvisar explicaciones. Que estaba perdida, que no entendía los carteles (mi francés era más falso que el del chef de la propaganda dedanette, pero los cordones rojos atravesando pasillos significan lo mismo en todo el mundo)que no quería robar nada, lo que de cierta forma equivale a decir bomba en un aeropuerto yanqui…

Contra todos los pronósticos, terminé afuera del museo, sola y sin multas (y tampoco permiso de volver a entrar en mi vida a la antigua estación ferroviaria). Pero era el mejor de los escenarios posibles, y agradecida de mi buena estrella y sobretodo del hecho de que probablemente no era la primera turista atrapada in fraganti con el guía coqueto de la sala del tercer piso, me fui a comer un crepe al jardín de las tullerías para pasar la vergüenza.

Al día siguiente nuevamente tuve tiempo para pasear sola por donde quisiera, y decidí ir al Barrio de MonMatre. Allí está el Mouline Rouge (todavía faltaban varios años para que me animara a bailar burlesque) y la linda iglesia de Sacre Coeur. Pero lo más interesante son los locales de souvenirs baratos made in China que están afuera del parquecito sagrado. Podés encontrar llaveros típicos de la torre Eiffel, remeras de I Love París que irán directo a convertirse en trapos de piso, o boinas rojas clásicas francesas que lo único que garantizan es que será obvio que sos turista cuando te las pongas. Pero me equipé como corresponde a toda joven que por primera vez pisa el viejo continente y jura que no se le nota, y decidí ir a mirar vidrieras a la tienda La Fayette, porque de museos e iglesias viejas ya tenía bastante.

Mientras caminaba con mi boina en la cabeza y la mente en cualquier parte, se me acercó Zahid. Era un chico interesante, de ojos verde turquesa y barba recortada (lo cual era bastante raro antes de los hípster) y me invitó a tomar un café. ¡Ahora sí que la capital de los perfumes parecía cumplir sus promesas! Y mientras empezamos a caminar y alejarnos cada vez más del negocio en el que había dicho que estaría, me explicó que para llegar a su barrio debíamos tomar el metro. Me pareció buena idea conocer nuevas partes de París y acepté encantada (la última vez que había hecho lo mismo, en la ciudad de México, terminé en el vagón que no es para mujeres en la hora pico, y fue una de las experiencias más violentas de mi vida, no sé porqué no recordé ese detalle).

Pero de pronto ví que Zahid le hacía señas extrañas a alguien que caminaba por la vereda de enfrente. Me pareció raro, y me acordé de distintas escenas de “Búsqueda Implacable”. A esas alturas, tenía claro que no me subastarían caro por ser virgen, y mi padre tampoco era exactamente un antiguo agente de la CIA. En conclusión: mis chances de escaparme si era víctima de trata eran bastante nulas. Ante la duda lo miré, le dije que me tenía que ir y empecé a correr en dirección contraria, hasta que apareció uno de los benditos negocios de souvenirsmade in China y me metí adentro por un buen rato. En verdad es posible que mi cabeza peliculera y mis prejuicios hacia una cultura desconocida me jugaran una mala pasada. Pero estoy feliz de que nunca voy a saberlo, y en todo caso, al ridículo ya estoy acostumbrada.

Desde entonces no he vuelto a Francia. Todos los casos de propuestas de casamiento en el restaurant de la Torre Eiffel que he conocido han terminado terriblemente mal y me enteré de que los candados de amor eterno puestos en los puentes sobre el Sena duran en verdad un par de semanas, porque los sacan para que haya lugar para nuevos turistas enamorados que nunca se van a enterar del triste destino de sus ilusiones metálicas (o tal vez sí, en forma de mensajes comprometedores de wasap o tras pasar demasiados días juntos y encerrados en cuarentena). A mí personalmente se me desvaneció la idea de París romántica. Pero lo que más lamento, en el fondo del corazón, es que no alcancé a conocer más tranquilamente al negro de Orsay.

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