Descubren el origen del típico silbido piropero

Así como la palabra “hola”, o como el hecho nombrar como “Coca” cualquier tipo de bebida gasificada que un ser mortal desee beber, hay un típico silbido piropero que todo el mundo conoce y reconoce. Son dos simples notas que delatan instantáneamente que el objetivo está siendo piropeado. Es un poco más atrevido que una mirada depravada, pero mucho más sutil que un verborrágico y ordinario piropo cantado. Para los lectores que pasan sus días en un frasco y aún no sepan de qué silbido les estoy hablando, les dejo el audio.

En fin, el motivo de esta nota es comentarles sobre el origen de este silbido, ya que tiene un nacimiento muy particular, pero eso no es lo mejor. Lo mejor es que ese nacimiento se dio acá, en Mendoza, más precisamente en La Consulta, departamento de San Carlos.

Mi búsqueda, como todo en esta vida, comenzó por Google. Fui rastreando sitios, lugares donde se ha reproducido el silbido, personas famosas que lo han emitido, datos, fechas, relatos. Así logré contactarme con un octogenario italiano llamado Giuseppe Rossi, quién se levantó a su actual mujer, Marcella Mastroenni, con el famoso silbidito y le hizo once varones.

Vía epistolar logré comunicarme con el tano, con quién mantuvimos una fluida correspondencia, charlando de pizza, pasta y mafia, hasta que por fin le logré sacar el tema del silbidito. El Guiuseppe fue de joven un incansable albañil, cuyo oficio lo aprendió de un maestro mayor de obras llamado Gabriel Serrano, oriundo nada más y nada menos que de Mendoza. De él aprendió el oficio de la construcción, más la picardía argentina para el cortejo y el levante. Pero fue el famoso silbidito el que lo llevó a la gloria de que la Marcella se diese vuelta y logre mirarlo a los ojos. Los sucesos siguientes quedan en la memoria del tano y no tiene sentido contarlos, pero como anécdota me contó que el Gabriel le había enseñado tanto chamuyo, que le hizo creer a la nami que era dueño de Ucrania, corredor de carreras de camellos y jugador de tenis profesional.

Estaba realmente sorprendido… no solamente el origen era Argentino, sino que venía de Mendoza. Decidí moverme un poco y fui a parar al registro civil. Calculé más o menos la edad y al darme cuenta de que el Gabriel tendría más de 100 años fui derechito a los difuntos. Ahí lo encontré, textualmente decía: Gabriel Antonio Serrano (La Consulta, Mendoza, Argentina, 24 de agosto de 1899 – Palermo, Italia, 14 de junio de 1986). Previo a su deceso en Italia el muchacho había vivido en el hermoso pueblo de La Consulta, departamento de San Carlos.

Al cabo de casi dos horas estaba en el centro de La Consulta. Lo primero que hice fue dar una vuelta por la plaza, luego por la policía y finalmente por la iglesia. En ninguno de los tres sitios me supieron dar buena data, pero los tres concluyeron en algo: “tenes que ir hablar con Don Jorge Esnaola, dueño del café Colonial”.

Atravesar la puerta del café Colonial fue como entrar a la máquina del tiempo, una sensación tridimensional de viajar al pasado me sumió en un éxtasis absoluto, desde lo que veían mis ojos, hasta el aroma que respiraba, pasando por la música exquisita de café de antaño. Podría haberme quedado a vivir ahí, pero eso, queridos amigos, es letra para otra nota.

El tema que el Jorge estaba ahí, tras la barra. Me di cuenta que era el jefe porque estaba limpiando una taza de café con el ahínco y la delicadeza que solo el dueño puede tener. Me arrimé a él, me presenté, le pedí un cortado y fui directamente al grano.

– Mira Miguel… – le dijo a un viejito de camisa y zapatos lustrados que leía el diario en una de las mesas – este muchacho nos viene a preguntar por el Serrano.

– ¿Qué Serrano? – preguntó el Miguel después de un instante eterno de hacer memoria.

– ¡El Serrano! ¡El “galán” Serrano! – respondió el Jorge marcando “galán” como apodo.

– ¿El “picarito”? – le contestó Miguel al tiempo que pensaba en lo inocente de los apodos de antaño.

– ¡Si ese! – aseguró el dueño del café Colonial.

Entonces el Miguel puso dos sillas a modo de “siéntense en mi mesa” y los tres comenzamos a charlar sobre el famoso galancete sancarlino.

Resulta que el Gabriel “galán” o “picarito” Serrano era un albañil nacido en la Consulta, cuya única meta en la vida se centraba en levantar minas. Todo lo que hacía, lo hacía por las mujeres. El tiempo lo había transformado en una máquina letal, además era un brillante bailarín y cantor. Ambos muchachos me contaron de las noches de guitarreo y festival en el café, en cuyos casos el Gabriel se iba siempre acompañado de alguna moza de la zona… o moza del café.

“Pueblo chico, infierno grande”, el gran secreto del “Galán” Serrano era justamente el de no tener memoria, ni abrir la boca frente a nadie. El tipo era una tumba, todos lo veían siembre bien acompañado pero el joven jamás en público demostró nada. Incluso era sabido que cuando viajaba a la ciudad hacía estragos, pero todos eran comentarios y supuestos. Solteras, casadas, feas, lindas, viudas, doñas, señoras, todas eran blanco del “galán” y nadie jamás supo con certeza de ninguna.

Pasado un centenar de anécdotas me centré en el asunto del silbido, y luego de emitirlo, la vida me volvió a sorprender al escuchar la respuesta de Don Esnaola…

-¿Ese silbidito? ¡Jaja! ¡Claro que se lo inventó el Gabriel – aseguró risueño.

Resulta que el Gabriel estaba construyendo una casa en un terreno grande. En el fondo del terreno vivían los dueños de la casa, quienes controlaban y gatillaban el laburo del “galán”. La familia era de apellido Soto y tenían una hija bastante fulera pero con dos lolas que partían la tierra. La pendeja se llamaba Ester y, como toda mina del pueblo, se lo quería besuquear al “galán”.

El Gabriel no era boludo, “donde se come no se caga” solía decirle a sus compañeros de laburo, pero nada les impedía mirarle las tetas a la Ester. Cada vez que pasaba los albañiles cortaban los laburos y se quedaban atónitos con el rebotar de la Ester. Más que las tetas eran los timbres, que cuando el frío del sur pegaba en la obra se le marcaban, usara la ropa que usara. Se comenta que muchas veces el Gabriel iba a trabajar sin cobrar por el simple hecho de relojearle los pezones a la percanta. Los muchachos se agarraban la cabeza y dejaban caer las herramientas para mirar ese par de gomas.

Un día el Atilio Soto se dio cuenta de que el “picarito” Serrano y su equipo le miroleaba a la nena y no solo los hizo laburar una semana gratis, sino que le pegó una cagada a pedos al Gabriel a modo de advertencia frente a todos los obreros. El Atilio media metro noventa, era de contextura taurina, tenía un manojo de bananas por dedos y no andaba con boludeces. En esa época las cosas se arreglaban con un faconazo (en el mejor de los casos) y el Atilio ya se había servido a dos borrachines atrevidos a puntazos y a uno le había metido un tiro en la gamba.

Entonces la muchachada se la tuvo que rebuscar para mirarle a hurtadillas las gomas bamboleantes a la Ester. Lógicamente el Gabriel era el más rápido y pícaro para el piropo, por lo que se había inventado una especie de “contraseña” para advertirles a los obreros que estaba por pasar Ester y sus dos cabezas de enano. Apenas la muchacha pisaba el callejón de la obra en dirección a su casa, el Gabriel gritaba “¡queeeeee friiiiioooooooo!” y todos sabían que venía la pendeja con sus pezones radioactivos. La risa estallaba en la obra y subía la temperatura.

Hasta que un día, después de un asado en la obra, damajuana de por medio, uno de los albañiles cometió un exabrupto por el alcohol y apenas divisó a la Ester gritó “queeee friiiioooo tetonaaaaa”, para ser vitoreado por sus compañeros, olvidando por completo que el Atilio estaba entre los comensales.

Fue un golpe en seco, el pobrecito ni lo sintió. Incluso no hubo fuegos artificiales ni desparramo grotesco de sangre. El Atilio, cual resorte explosivo, se puso en pie en una milésima de segundo y le estampó la parte plana de una pala en plena mollera dejando al pobre albañil inconsciente por dos semanas y vedado para volver a la construcción de por vida, de haberle dado con el filo lo rajaba como una sandía. De ahí le quedó el apodo de “siete vidas” Contreras, al afortunado constructor.

Estuvieron dos semanas bajando la vista cuando pasaba la Ester, por miedo a que el Atilio estuviese en las sombras al acecho, como un animal salvaje. Pero una tarde noche de primavera la muy hija de puta salió a tender la ropa después de bañarse con una blusa y sin corpiño, los ojos del Gabriel se le desorbitaron, los pezones le estallaban, los albañiles expectantes no podían contener la mirada ni las exasperantes ganas de gritarle barbaridades, entonces de los labios del entrenado seductor, del rápido cortejador, del lúcido amante de la tertulia, nació el más famoso y sutil de los piropos, intentando transmitir con silbidos la famosa contraseña “que frío”, para regocijo y loas de todos sus agradecidos compañeros.

La anécdota se hizo conocida, luego divulgada, luego utilizada por todos para finalmente transformarse en leyenda.

Hoy podemos inflar el pecho como mendocinos y silbarle a cuanta mina pase frente a nosotros, con el orgullo de saber que un antepasado seductor y galán nos allanó el camino para conocer algunas Marcellas.

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