Diálogos sexuales: Una noche en la biblioteca (Segunda Parte)

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Escuché un sonido venir desde una de las puertas de atrás. Cierto sentido se activó en mí. Era un hombre nuevo, podía oler sus letras, la tinta en su sangre. No era ningún viejo amigo, directamente no lo conocía. El Marqués comenzó su relato. Incliné mi cabeza hacia abajo con la mirada inmóvil en la puerta intentando agudizar mi percepción. Mezcla de predecible e indescifrable a la vez, estaba escondido a la derecha de los anaqueles del fondo. Saber que estaba allí me provocaba.

Mi pecho se aceleró y un escalofrío me recorrió por la espalda. Era uno de esos ataques que, por ser tan joven aún, no logro controlar. Me quedé quieta mientras respiraba profundo sin que ellos notaran mi palidez repentina, ni me miraran fijo a los ojos. Mis pupilas se dilataban de manera tal que eran una invitación implícita a conocer los secretos al final de los túneles. Comenzó un dolor en las encías y mis piernas ya no podían sostenerse en pié. Tenía que salir de allí.

Hice pasos largos entre las estanterías al ritmo que llevaba mi muñeca a la boca. Sentía desesperación tras esos deseos de lujuria que se despiertan en mí cuando las ausencias dejan de ser y los aromas, tanto de la presencia como del lugar, se conjugan. No llegué a morder que mi cuerpo se desplomó en piso frío del inhóspito final. Recuerdo vagamente cuánto tiempo estuve ahí. Un halo de deseo me despertó. Mis sentidos estaban afilados. Él estaba allí, podía sentir el recorrido de su mirada mientras intentaba enderezar mi cuerpo y la fuerza de la atención con la que lo hacía me hacía sentir pesada.

En un movimiento, no recuerdo cuál, la tela de la falda cedió extendiendo el tajo hasta la cintura. Me la saqué y la dejé a un costado. Mi cuerpo emanaba calor, todo me molestaba. Estaba extrañamente excitada con una figura que se guardaba cautelosa en la oscuridad de los libros. Liberé la nuca de mi cabello, me quité el saco, extrañamente sin botones. Una especie de brisa acariciaba mis clavículas bajando por mis hombros. Otra vez era su mirada. Sin levantar mis ojos hice lo que en sensaciones me pedía y quité mi camisa. Sentí tibia la boca.

-¿Tengo sangre?- pregunté mirando hacia donde se encontraba. Las luces no jugaban conmigo, solo alcanzaba a ver su silueta. No respondió.

-Si le paso un papel y una lapicera ¿se sentirá más cómodo… escritor?

– Iba a ofrecer ayuda pero…- dijo acercándose un poco y nuevamente el aroma invadía mi ser. De repente una necesidad ya conocida me pedía ser saciada y los escalofríos se hicieron presentes.

Se acercó un poco más. Deslicé mis dedos por la suavidad de mis brazos y noté que la temperatura iba en aumento. Lo miré fijo. El olor de su sangre me hacía delirar. Pero extrañamente no era el fluido en sí lo que despertaba mi libido, tampoco lo era su esbelta figura o el secreto no tan secreto que guardaba bajo su cinturón. Sino su mismo goce al deslizar sus manos sobre un papel, empuñando su pluma. Quería unirme a él y entrar en los más oscuros pasadizos de su mente hasta llegar a la fuente de donde fluyen sus letras. Tomarlo con mis manos desde la matriz de sus pensamientos y mostrarle al puente entre su maxilar y el hombro los portales blancos del hambre más oscuro; para sentir mi boca húmeda tras haberla llenado de pasajes aún no escritos e iniciarlo en el trance que tantas historias más le daría. En su mirada supe que no se resistiría a ese placer sobrenatural. Era presa fácil.

Se acercó un poco más y me tendió su mano. Yo sabía que el mínimo contacto causaría un suceso sin retorno.

-No se preocupe, puedo sola.

-¿Está segura? La noto débil.

-Aún no he cenado, tal vez sea eso. Gracias por preocuparse.

-¿Puedo hacer algo por usted?

– Sí, dígale a los señores que me demoraré un poco más. ¿Tiene idea cuánto tiempo llevo aquí?

– El suficiente para que comenzarán un partido de truco.

– Excelente. Que continúen, en breve estaré con ellos. Gracias.

De una forma políticamente correcta lo alejé de mí. Y me dispuse a arreglar mi ropa volver a la sala de la biblioteca. Tomé una abrochadora y uní con ganchos el largo del tajo hasta la altura que corresponde. Me cubrí con la camisa y el saco lo dejé en la silla del escritorio donde encontré la tan útil herramienta, hoy, de costura improvisada. Con la compostura que me caracteriza y el semblante en mejor estado, volví.

El primero en notar mi presencia, a pesar del sonido de mis tacos, fue Lovecraf.

-¿Se siente bien, Srta. Murray?

– Si, gracias. Sólo fue un traspié.

-Un traspié sublime y maravilloso según el Sr. Valencia- Dijo el Marqués.

– Perdone, Srta. Murray. No tuve el valor de presentarme recién. Soy Valencia, Marcos Valencia.

Miré a Marcos de costado e hice un movimiento descendente con la cabeza a modo de saludo.

-Bueno, ¿En qué estábamos? Ah, sí. Sade estaba con su relato.

-Ya no tengo ganas- dijo el Marqués- es de público conocimiento que no soy del agrado del auto invitado y si bien no soy hombre que se intimide fácil, no voy a tolerar un chiste más de este individuo. A demás, se quedó a esperar para escuchar uno tuyo.

-¿Uno mío? Pero esto se dio de casualidad. Ustedes porque tienen sus libros aquí mismo.

-¡Improvisá Mina!- dijo Horacio- ¡Improvisá!

– No me deje con el gusto, no otra vez- dijo Valencia. Le dirigí la mirada levantando la ceja izquierda. Bastante gusto se había dado observándome así en paños menores.

-Te doy letra- dijo Julio- Dos amantes.

-Erotismo- dijo Miller.

-Fuego- dijo Edgard mientras encendía una pipa.

– Transformaciones- dijo Lovecraft con sus ojos chispeantes.

-Sorpréndeme- desafió Valencia.

Respiré profundo. Mis referentes literarios, aunque algo ebrios pero no menos pensantes, por el contrario diez veces más inspirados, me invitaban a participar. Busqué papel y lápiz, me serví una medida de whisky y coloqué una silla entre Horacio y Julio. Mientras ellos hablaban no sé de ¿qué?, de mis manos salió lo siguiente:

«Y beberás de mi simiente, Sacerdotisa del fuego, dijo él.

Rey de los élimos, hijo de Afrodita y de Poseidón; colocando su mano en mi cuello. Jalando con fuerza descendente, mi cuerpo sobre el suyo, ardientes.

En sus ojos podía ver mi fuego encendido, fuego ungido con su aceite, de mis piernas el deleite y de mis oídos su voz.

Eterna llama que proclama, en su silencio cual dama, un alma que contemplar y abrazar entre gemidos, ésos labios ahora míos y juntos al azar invocar.

-«Dios de mis sentidos, excitados por tu vino, bebe de mi cuerpo hasta quedar saciado. Quémate en el fuego de mis muslos extasiados.

Llévame al trance de tu escencia y la mía, lleva a mi boca tu copa servida. Iníciame en el placer sin medidas, que la luz no nos alcance, que no llegue el nuevo día.

Y en lo azul de mi fuego, cansado de ser, tus manos sostengan mi cuello caer. Disfrutas mi cuerpo, el sacrificio seré, entregas mis humores, me mudas la piel.»

Siento el calor que vuelve a nacer desde lo etéreo de lo que somos. Es la luz que ilumina el infierno en tus ojos.

El sacrificio de la Sacerdotisa.” Mina Murray.

El reloj marcaba la hora del crepúsculo. Al levantar la mirada para recibir una devolución y de la misma manera que el humo del tabaco se pierde en el aire todos habían desaparecido.

Todos menos Valencia.

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