El amante secreto de la Reina de la Vendimia

Era febrero, no quiero especificar fecha exacta para no comprometer a la protagonista, porque esta es una historia real. Mi queridísimo amigo el Negro estaba almorzando en su lugar de trabajo, el balneario Aquapark, que como ya les he mencionado en mis anteriores historias, él era guardadavidas allí. Si bien la milanesa con puré era un manjar para el Negro, dicho menú no había hecho levantarle el ánimo ése mediodía, el verano estaba terminando y al igual que la temporada pasada, saldría último en el campeonato, otra vez. Cuatro eran los guardavidas del balneario, muy amigos entre sí, incluso hasta el día de hoy, pero había una rivalidad interna y una espina que el Negro necesitaba sacarse costase lo que costase. Todo nació un principio de temporada de pileta, algunos años atrás, sin quererlo, como una travesura, una chiquilinada, no se sabe quién fue el de la idea, pero se dio comienzo a una infantil competencia, una contienda en la cual el más afortunado de los cuatro bañeros se llevaría el preciado trofeo «El Pito de oro».

La competencia era machirula, hoy ellos lo reconocen, pero consistía en quien de los cuatro lograba levantarse la mejor minita. Pero ganar el certamen no era tan sencillo como parece, había que poner regulaciones, reglas que cumplir para que no hayan malentendidos entre los cuatro concursantes. Y para que todo se maneje de forma imparcial se convocó a un moderador, a un árbitro externo. Los puntajes para catalogar a las mujeres los daría el cajero de la cantina del balneario, el Darío D, hombre serio, jefe de familia y trabajador de la legislatura provincial, dichas puntuaciones eran de 1 al 10, siendo éste último el valor para una mujer perfecta, hasta una libreta tenía el Darío donde tenía nombres, fechas y puntuaciones semana a semana, era muy organizado.

El mecanismo del campeonato consistía en que, durante la semana, cada uno de los cuatro aspirantes al «Pito de Oro» pugnaba por salir el sábado con la mujer más bonita, más atractiva, más sexy, para ello, debían ir a la cantina con la señorita «levantada» con la excusa de tomar algo, allí el Darío realizaba su puntuación, pero era provisoria, sólo quedaría fija si se lograba salir con dicha mujer el sábado a la noche. Obviamente las muchachas no sospechaban nada. Se convocó para esa tarea al Darío D. porque era un hombre de conducta intachable, imposible de sobornar y su boca era una tumba. El Negro todavía recordaba como él nunca delató a los ladrones de pollos a la parrilla que saquearon la cantina una nochecita, cuando descubrió in fraganti a los cacos desfilando en caravana con su delicioso botín por la calle rumbo sur, amparados por una cómplice oscuridad, el silencio del Darío ésa noche marcó mucho al Negro, porque él estaba entre los robapollos.

Pero volviendo al triste relato, el Negro nunca había ganado la competencia y sentía que ése, era su año.

El «trabajo » del Darío era ad honorem, no recibía ningún pago, pero él lo tomaba muy seriamente, y esto era hasta desfavorable para el Negro porque para él cualquier minita que fuera fiestera era 10 puntos, pero el Darío era meticuloso por demás, porque pensaba que todos los detalles debían ser tomados en cuenta para la calificación final.

El Negro había estado muy cerca de ganar una vez , cuando se levantó a una rubia pechugona de Maipu, a la que el Darío le dio 9 puntos, pero todo fue momentáneo, porque en una revisión más detallada el guacho del Darío se percató que a la rubia le faltaba un diente y tenía olor a sobaco. Lamentablemente la punta del campeonato le duró dos horas al Negro porque si bien él consiguió salir con ella el sábado, el Darío la había bajado a 4 puntos. El Negro hizo una queja formal, apeló el fallo, porque consideraba que un diente faltante no era motivo para una baja de ¡5 puntos!, era injusto y porque además el otro inconveniente se resolvía con sólo desodorante. Lamentablemente el Darío era muy estricto y los 4 puntos quedaron firmes.

Los puntajes eran semanales pero no acumulativos, para la gran final de cada mes. No se tomaba en cuenta la cantidad sino la calidad.

El Negro no tenía apetito, estaba sentado frente a la milanesa que ya se había enfriado cuando vio que de un colectivo parado en la puerta de calle Las Cañas comenzaban a bajar mujeres, más de veinte ¡y todas lindas!

Como si hubiera tenido resortes en los cachetes se levantó de un impulso a investigar a la bella delegación. Después de realizar un par de preguntas, le informan al Negro que esas mujeres eran todas las reinas distritales de Guaymallen, las que pugnaban para ser la próxima reina de la vendimia de Mendoza.

Mi amigo salió corriendo al baño a mirarse al espejo, para ver si su atractivo había incrementado algo desde que se levantó por la mañana pero no, todo era en vano, lo fuerte del Negro era su personalidad y su chamuyo, una vez que la mujer le daba entrada, pum, era letal, de lo contrario era un Negrito común y silvestre.

El Negro estaba espiando todos los movimientos de la bella comitiva, se movía cautelosamente, no perdía detalles, estaba esperando el momento para entrar en acción y dar el zarpazo. De pronto observó que la delegación de reinas se dirigió a la canchita de voley playero. A esta altura ya tenía a una señorita en la mira, una morocha de ojos verdes y cabello corto, que vestía remera rockera de Guns N Roses y un short de jeans gastados tan cortito que le marcaba la última curva inferior a los cachetes. Era su oportunidad, si bien al Negro no le gusta el voley, desde ése momento pasó a ser su deporte favorito, se acercó a la arena y empezó a hacer barra para el equipo de la morocha de ojos verdes.

El Negro estaba nervioso porque dos compañeros bañeros y otros chavones se estaban acercando también, era mucha competencia, tenía que actuar rápido.

Lo impensable sucedió, la morocha linda lo invitó a jugar, y el Negro entró rápido a la cancha haciendo ridículas entradas en calor y aparatosos estiramientos musculares, una rubia del equipo contrario invitó a un flaco alto de piel pálida con cara de boludo, había un hombre de cada bando. Todo iba de maravillas, el Negro metía unos puntazos tremendos porque le apuntaba siempre a una petisa contraria que parecía no tener ganas de jugar. Al Negro le caía mal el flaco oponente cara de boludo porque aparte de hacerse el canchero, vestía un traje de baño diminuto, un asco.

Cada vez que se festejaba un punto el Negro le tocaba la mano a su futura presa.

El partido estaba parejo, a punto de final, el Negro devolvió una pelota casi imposible y la mandó hacia el otro lado, el flaco cara de boludo pegó un salto tan esbelto que su pecho superó la altura de la red, le dio un golpe a la pelota tan fuerte con su mano derecha que la bola se estrelló a toda velocidad en la cara del Negro y cayó atolondrado. Mi pobre amigo sintió sólo un zumbido y observó que la morocha lo intentaba reanimar, estaba casi sordo, veía doble y la arena se le había metido en la malla y le raspaba los huevos sudados.

Se recuperó rápido pero no pudo abrir el ojo izquierdo. La morocha lo acompañó a la cantina para colocarle hielo en la cara. Allí el Darío le susurró en el oído— Esta morocha es 9 puntos… tiene que ser tuya si no querés salir último otra vez…

Ése dato lo puso muy nervioso, en tremendo aprieto, tenía que salir el sábado con ella cueste lo que cueste, era su oportunidad de subir al podio, ése podio tan esquivo y tan ansiado.

La morocha bella estaba a su lado, con la bolsa de hielo en su mano, el Darío los dejó solos, el Negro debía seducirla rápido, pero nunca jamás a base de lástima y esa es precisamente la imagen que estaba dando, tenía que poner un plan en funcionamiento inmediatamente.

Se paró rápido y le dijo a la morocha que ya está recuperado, aunque los huevos le ardían como el demonio, no había tenido tiempo para quitarse la arena. Comenzaron a conversar y el Negro pidió dos Pepsi, su corazoncito galopaba, ya no le importaba el campeonato, ni el Darío, ni la milanesa con puré, sólo quería salir con ella y después de unos minutos y tras mucho trabajo, pudo por fin obtener su número de teléfono, pero nadie lo supo. No informó del avance al Darío para poder recibir la calificación provisoria, era extraño, hacía años que venía esperando éste momento y ahora que estaba a un paso de su consagración descubrió que algo mas importante estaba en juego, que algo realmente valioso y significativo estaba ocurriendo.

Ése sábado el Negro le dijo a sus amigos que no saldría, que se quedaría en su casa y ellos lo tomaron con indiferencia y hasta con un poco de sarcasmo le recordaron que el campeonato estaba a pocas semanas de su fin. El sábado llegó y el Negro y la morocha fueron al cine, a la noche, porque ella había tenido un evento en la Municipalidad por la tarde.

Las semanas pasaron y, ni el Negro ganó el «Pito de oro», ni la morocha salió elegida reina en la fiesta central de la Vendimia, pero siguieron saliendo juntos por muchos meses, ella sin saberlo convirtió al Negro en un auténtico campeón y él la amó tanto a la morocha, que mientras ella estuvo a su lado, hizo todo lo posible para hacerla sentir una verdadera Reina.

ETIQUETAS: