El odiséico viaje en busca del Papalotudo (parte 2)

Y así fue que recogí las cosas que me habían dado Diem Carpé y Cuentin Tarantinto, mientras observaba al pelotudo de Bairoletto balbuceando jiladas, los ojos se le habían puesto blancos, hablaba en un idioma extraño algo como: amsabariug inafirffnakirnchneristaschupapijauhrunaouron…. nada, no se le entendía nada y entonces comenzamos a preguntarnos:

¿Qué hacemos con el gorriado este?
¿Dónde lo dejamos?

Diem se hizo el pelotudo y me dijo:

– Gurkha, llévatelo con vos loco
– ¿Qué decí’ infeliz? A lo que Tarantinto replicó
– Si boludo, atalo como las bolivianas atan a los pibes y llévatelo, por algo esta así de poseído capaz que te sirva de algo o largalo en la barranca más profunda que encontres,  que se yo.

Fue en ese momento donde me di cuenta que encararía este viaje solo para encontrar al nuevo mesías del mendolotudo, ya que los dos tarros de caca de perro de mis compañeros no me iban a acompañar y encima me tenía que llevar a Bairoletto como un koala aferrado a mi pecho, puta que me pario que mala suerte la mía.

¿Y para donde concha voy? ¡Alguien que me tire un salvavidas!

No pasaron ni tres segundos cuando siento algo que me estaba jalando los chones, me doy vuelta y lo veo a Bairoletto dibujando un mapa en el suelo… “vos me estas ocultando algo desgraciado” le dije y casi que me guiño un ojo. Ya teníamos nuestro destino, el mapa decía Cartagena, Colombia.

Cuatro días después de mi partida y habiendo usado la MasterCard negra de Bairoletto, me encontraba en Colombia y mi amigo parecía volverse más loco aún mientras nos acercábamos a nuestro destino. La gente me miraba raro en las calles y no es para menos, andaba paseando un webón endemoniado en una silla de ruedas que le había choreado la noche anterior a un rengo en Venezuela. El pusilánime Bairoletto venía padeciendo una especie de shocks eléctricos que ambos sabíamos que los hacía él solo para llamar la atención de las minas y reírseles en la cara. Para colmo de males no tuve mejor idea que dejarlo solo en una tribu peruana mientras yo subía a conocer el Machu Pichu… y cuando volví este hijo de puta se había abotonado hasta los perros. Solo encontré mujeres descaderadas, ancianas indias chorreando yogurt de las muelas, dos gallinas explotadas y detrás de una loma estaba él, apuntándole el torpedo con peluca a una estatua de arcilla cuando logre controlarlo, así que se imaginan lo que era esa caripela.

Aun no recuerdo bien si fue en el atardecer del tercer día de pelotudear en la playa, bailar salsa y ensartar caribeñas, que recibí un llamado a mi celular (había activado el roaming)

 ¡Hello! ¿Quién habla?
– Gurkha, soy yo Tarantinto, ¿Qué paso gordo, encontraste la onda?
– Pues chamaco si la “onda” es este polvo blanco nativo de este país que tengo acá delante de mí y que, me han contado, que se esnifa y te deja pelotudo, si la encontré.
– NO, ¡la concha de tu hermana! ¿Encontraste al papalotudo?
– ¡Huuu gorriao!, yo sabía que había venido a algo a Colombia pero no me acordaba para qué. Gracias boludo, me recordaste mi camino en la vida.
– Gordo culiado, más vale que traigas la solución a tiempo. ¿Cómo está el Bairoletto?
– Drogado y haciendo el pasito del siguruchá brasilero mientras ponen un tema de David Guetta, o sea, un papelón ético y motriz…
– ¡Hijo de puta!… (Y cortó)

Bueno vieja, le dije a mi colega, decime donde está la pulenta. Ya llevamos tres días al pedo y hay que volver. Ni lerdo ni perezoso, Bairoletto comenzó a dibujar una montaña  y una cueva en ella y mirando hacia el otro lado del sol señalo para la selva colombiana… yo acompañe su señal con mi mirada y vi ese lugar, sabía que ese era mi destino final… ahí dentro encontraría al papalotudo y me ganaría el derecho de que la parte femenina del staff me sugilara el supositorio con rulos. Tome a mi exorcizado amigo, lo mire y le dije: “ya me cago loco”.

Continuará…

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