El teléfono onírico

—¿Sos boludo? ¡Te dije que traigas la guitarra! —lo reté a Gabriel—. Ahora vamos a estar al pedo todo el módulo libre.

—¡Viejo! ¡¿Qué onda?! ¡Soñé que me llamabas para decirme que traiga la guitarra!

—Sí, ya sé, es lo que te estoy diciendo.

—¡¿Cómo puede ser?! Si no le conté a nadie… —dijo Gabriel.

—Ah, es que tengo un teléfono con el que puedo llamar a la gente en sus sueños.

—Dale, Gerardo, no me boludees, decime qué onda…

—Te estoy diciendo, amigo, que sé lo que te dije porque te llamé para decirte exactamente eso que sabés que te dije. No es nada de otro mundo, sólo que bueno, ocurrió en un sueño…

—Bueh, a ver… ¿Y cómo funciona ese teléfono? ¿De dónde lo sacaste?

—Lo encontré limpiando mi casa. Es un teléfono viejo, tipo ladrillo y con antena. Después me puse a ver uno de esos programas a los que podés llamar para jugar a armar una palabra, que por lo general llaman tipos que están al borde del corchazo sólo porque la conductora está buena, así que llamé y no pasó nada, pero después probé llamar al fijo de mi casa y pasó algo re loco: el teléfono fijo nunca sonó, ¡pero yo escuché desde el teléfono antiguo que me habían atendido! ¡Entonces hablé y me atendió mi viejo! “¿Hola pá, dónde estás?”, le pregunté. “Estoy en Misiones tomando un Vittone con Scarlett Johansson”, me dijo. “¿Eh, estás seguro? Porque mepa que te estoy escuchando roncar como un forro”. “Sí, claro, no me rompas los huevos. Chau”, dijo antes de cortarme. A la mañana siguiente le pregunté qué tal había estado el Vittone con Scarlett Johansson y se re asustó, así que le hice creer que tengo el súper poder de saber lo que sueña, para tenerlo bajo amenaza de contarle a mi vieja.

—Uh, viejo, es muy flashero lo que me contás! Parece sacado de una peli! —se asombró Gabriel—. Encima la hiciste re bien con tu viejo, ahora va a vivir re persecuta jaja.

—Sí, ahora la va a pensar dos veces antes de decirme que no tiene plata para alquilarme un departamento en Puerto Madero.

—Bueno, eso ya es ser medio abusivo…

—Se juega a lo grande o no se juega, Gabriel.

—Bueno, sí, te entiendo, pero tu viejo es obrero en una fábrica de pastas y estamos en plena recesión económica…

—¿Y? ¿Creés que por ser de clase obrera y afiliado al Partido Nueva Neoizquierda Renovada no puede alquilar en Puerto Madero? ¿Tan discriminador sos?

—No, no digo eso, digo que con su salario difícilmente pueda mantenerte en uno de los barrios más costosos del país aprovechándote del vínculo tóxico que mantiene con tu madre y amenazándolo con contarle a ella lo que él sueña sólo porque encontraste un teléfono con propiedades mágicas.

—Bueh… Habló el señor consciencia de clase… Además el teléfono no es la gran cosa, no sirvió ni para que trajeras la guitarra hoy a la escuela, imaginate…

—Bueh… Habló el Jimmy Hendrix de Lanús… Si tocás siempre el mismo tema de Catupecu Machu, y para el orto encima.

—Para el orto te voy a dejar la cara hijo de p…

—HEY! HEY! QUÉ PASA AHÍ?? —justo apareció la preceptora Norma cuando lo estaba agarrando a Gabriel de la remera para cagarlo bien a trompadas por atrevido.

—Él es un pedante con ideas filomarxistas —le dije a Norma.

—Él es un desclasado aspiracional que amenaza a su familia con un teléfono onírico —dijo Gabriel.

Norma se quedó mirándonos, bastante desconcertada.

—Chicos, tienen 14 años… Esas discusiones se dan a partir de los 27 más o menos, así que vos Gabriel aflojá con los videos de Del Caño y vos Gerardo dejá de amenazar gente por teléfono, si te vas a hacer el malo que sea en persona, no por llamada. Se piden disculpas o la próxima se llevan una amonestación cada uno.

—Norma… —le habló Gabriel, calmando las aguas— ¿vos qué harías si pudieras llamar a la gente en sus sueños?

—Y… Lo llamaría al papá de mi nene para decirle que si no se pone al día con la cuota alimentaria lo voy a pasar por arriba con un camión cisterna.

—¿Y algo que no le digas ya en la vida real? —insistió Gabriel.

—Mmm —pensó la preceptora—… Me haría pasar por una visionaria y le diría que su abogado lo va a cagar, y lo llamaría también al abogado para decirle que su cliente lo va a cagar. La desconfianza puede arruinar cualquier cosa —afirmó Norma.

—Muy astuta, Norma. ¡Gracias!

—Qué preguntas raras que hacen. A full esas hormonitas… En fin, no se peleen, nos vemos después —se despidió Norma.

—Se me acaba de ocurrir un golazo —dije.

—A ver, contame.

—Mirá… Si una persona sueña que le transmiten un mensaje, es probable que la conducta de esa persona se vea influenciada por lo que se soñó, aunque sea por pura superstición, dándole crédito así a las misteriosas imágenes que se nos presentan en los ensueños, aunque generalmente ignorando que la hermenéutica de dichas secuencias oníricas está inexorablemente sesgada por nuestros deseos, experiencias y miedos más conscientes. Ahora, si justo da la casualidad (asumida más como causalidad) de que un conocido soñó algo similar, o más aun, algo que encaja a la perfección como una especie de “lado B” del propio sueño, entonces es mucho más probable que el sueño se asuma como premonitorio, determinante, influyente, o como mucho más inscripto en la realidad, ese es el factor redes: el cambio de percepción respecto del propio sueño, que es una experiencia sumamente íntima e involuntaria, en la medida en que pareciera coincidir, participar o vincularse con la experiencia onírica de otro.

—No lo podrías haber dicho más claro.

—¿Eso es una afirmación o una pregunta?

—No lo sé. Igual te faltó decirme cuál sería el golazo, Gerardo.

—Ah, sí, venite esta noche a mi casa y te muestro…

Fue así como con Gabriel empezamos a juntarnos de noche para llamar a nuestros conocidos y mambearlos con un montón de patrañas. Arrancamos por Mili y Tony, la parejita del curso. A Mili le dijimos en su sueño que ella estaba embarazada, luego lo llamamos a Tony, le dijimos “ese bebé no es tuyo” y cortamos. No supimos bien qué se habrán dicho ellos, pero sí supimos que a los dos días de esas llamadas, Mili y Tony ya no se sentaban juntos en el aula ni se hablaban. Luego llamamos a los profesores de educación física, Adrián y Aníbal. A Adrián le dijimos que deje de hacerles jugar softball a los alumnos y que los haga jugar al fútbol, que eso le traería una gran recompensa en la vida. A Aníbal, por el contrario, le dijimos que bajo ningún concepto permita que Adrián deje que los pibes jueguen al fútbol, porque Adrián estaba atravesando un difícil momento de adicción a las drogas y estaba fuera de sí. El resultado: profesores peleados y reducción de las horas de educación física. Gabriel y yo gozábamos de poder e impunidad.

Uno de nuestros grandes éxitos fue cuando llamamos a Vale, que iba a ser la primera del curso en festejar sus 15. Cuando la llamamos oímos por el teléfono que sonaban los reggaetones de moda, su entusiasmo era tal que hasta soñaba con su fiestita que se haría dentro de un mes. A Vale le dijimos que tenga cuidado con Rocío, su mejor amiga del curso, porque Rocío quería ir con un vestido más lindo que el de ella para opacarla, y que además la estaba difamando a sus espaldas. También llamamos al resto del grupo de amigas (once en total) para alimentar el bardo. Consecuencia: se pelearon todas las chicas del grupo (que encima ya habían filmado los exteriores del 15), y Vale se vio forzada a suspender la fiesta que tanto anhelaba.

Tras dos meses de intensas llamadas ya nadie se hablaba con nadie en la escuela. En los recreos se veía que el colegio era sólo un campo de almas errantes y rostros afligidos que hasta evitaban mirarse. Todos los estudiantes se habían peleado entre sí o se habían dejado influir por los comentarios negativos de otros, lo mismo ocurrió entre docentes, preceptores, administrativos, padres y ordenanzas. Algunos profesores renunciaron y muchos chicos se cambiaron de escuela. Con el paso de las semanas ya no importaban las clases, ni las asistencias, mucho menos los actos por fechas patrias.

Habíamos paralizado el sistema y todos sus subsistemas a raíz de pequeñas células cancerígenas que se fueron entretejiendo hasta hacer metástasis y pudrir todo desde adentro. Gabriel y yo habíamos cumplido la fantasía juvenil de destruir la escuela, pero no a piedrazos, sino de una forma mucho más sofisticada y profunda. Algunos estudiosos de la comunicación definen a las organizaciones como redes conversacionales, y era muy irónico que hayamos corrompido por completo una red conversacional de más de mil personas usando un teléfono, y sin que todos esos conflictos entrelazados se correspondieran inicialmente con la realidad, dado que eran el resultado de meros prejuicios o supersticiones que habíamos implantado artificialmente en la psiquis de los individuos. Unas simples bromas devinieron en un experimento social estéticamente hermoso y emocionalmente horrible. Sin duda, éramos unos capos, pero se nos había ido la mano…

Gabriel y yo entendimos que habíamos llegado muy lejos y acordamos guardar el teléfono en el mismo depósito en el que lo había encontrado. Sólo podríamos usarlo en caso de emergencia. Algunos meses después busqué el teléfono para amenazar a un tipo que se estaba demorando demasiado en enviarme unos CDs de Emmanuel Horvilleur que yo le había comprado por Mercado Libre. Pero el teléfono no estaba, mi vieja ya lo había tirado a la basura. Al principio me sentí mal, pero luego acepté que era lo más sano. Sin embargo, a raíz de aquella loca experiencia, todos los días cargo con la amargura de no saber si mi vida no es más que la proyección o consecuencia de alguna patraña que algún boludo como yo (pero con otro dispositivo) implantó en mi mente sólo para cagarse de risa un rato.

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