Fantasías: Sexo, amor y felicidad

Intro de temas que trata la nota:

Síndrome de Maripili: Maripili es una mujer de cualquier edad que quiere agradar a todo el mundo, que lucha para ser buena en cada uno de los papeles que le ha tocado ejercer durante su vida, aunque esto implique un desgaste extremo tanto físico como psíquico, y que se desmorona cuando recibe un mensaje de rechazo o de censura.

Carmen García Ribas. Psicóloga.

Así como hay gente que fantaséa con tener relaciones ocasionales, con un desconocido, con dos mujeres, dos hombres, un cuarteto, cuatro chicos y una chica; hay gente que está harta del sexo vacío y sueña con un día hacer el amor.

Azul era hermosa. De pelo castaño ondulado, ojos grandes color café, labios perfectamente delineados, curvilínea, delgada y de manos frías. De una belleza única tenía a cuanto hombre miraba. Ella decía: ¡Ése!- y ése era. ¡Aquél!- y aquél era.

– ¡Obvio que soy feliz! ¿No me ves? ¿Acaso no se me nota? Decía cada vez que salía alguna conversación de ese tipo entre cervezas y amigos. Y era cierto, siempre se la veía feliz. Un día me confesó todo lo que jamás había contado. Azul sentía vacía.

– Me escribió Javier. Dice que no deja de pensar en mi, que me extraña y que quiere que volvamos… ¡No, ni ahí amiga! no quiero lo mismo otra vez… No tengo miedo a nada ¿Qué me puede dar miedo?… Ya soy feliz, estoy bien así como estoy. No tengo ganas de que las cosas no salgan, todavía me acuerdo de lo que pasó con Leandro. Sufrí mucho… Sí ya se que Javi es excelente pero mira si p… No enserio. Otra vez no… ¿Oportunidad de qué? Aparte estoy a mil con la facu, no me puedo distraer; Flor está por ser mamá y quiero estar cerca. No hay tiempo para esas cosas. Gor, están tocando el portero, ya te llamo de vuelta.

Eran las cinco de la tarde. No se había quitado su pijamas y su almuerzo fueron unos mates. No tenía apetito pero sí el cenicero lleno de colillas blancas.

– ¿Hola?… ¡Javi! ¿Qué hacés? Nada. Eh… bueno subí.

Se arregló rápido el pelo, limpió su maquillaje corrido del día anterior, acomodó un poco el sillón y él ya estaba arriba.

Javier la miró con dulzura y tristeza. Sabía que ella no estaba bien. La tomó con sus brazos fuertes y la apretó junto a su pecho. Azul no pudo evitar que sus ojos se cristalizaran en el deseo de tenerlo así toda una vida. ¿Por qué no se permitía ser feliz? Si lo amaba, tanto como nunca antes lo había sentido. Tantas veces repitió un «te amo» sin valor, que ahora que lo sentía realmente, le daba miedo si quiera pronunciarlo. Temía sentirse vulnerable, frágil, perder el control de sus pensamientos y sus sentimientos, querer hacer locuras, darse por completo sin pensar en que podía volver en pedazos como la última vez. Javier se había convertido en alguien muy importante para ella, no podía dejar que la situación se le fuera de las manos.

Las ganas de verse se traducían en besos con miradas, miradas confesas. Las caricias eran de sueños rotos que volvían a armarse cada vez que él tomaba su mano. Sabía rozarle el hombro como un suspiro de nostalgia de algo que aún no estaba del todo perdido, quitando el bretel de su pijama como quién viene a despeinar sus tristezas y como queriendo quedarse la desnudó de dudas y se mostraron tal cual eran: Dos almas con un mismo calor.

Con las piernas entrelazadas de deseos soltaron las mariposas que los invadían y se besaron hasta que el aliento ya no les perteneció. La piel de Azul era un lienzo que Javier pintaba con sus manos, le dió color a sus sierras y en la llanura de su abdomen construyó un imperio de ilusiones efímeras. En el valle de su pelvis se quedó a admirar la fuerza del río que la recorría por dentro y en su desembocadura, fue roca que se dejaba mojar.

Ella abría sus alas y lo abrigaba en su pecho, como cuidando su espalda de lo que pudiera venir. Abrío sus ojos a la realidad y se encontró amando. Estaban haciendo el amor o como supo escribir Cortázar, él los hacía. Una lágrima de felicidad plena se deslizó por su mejilla y murió en la almohada. Unas ganas locas de sonreír, que se escaparon por las comisuras de su boca, dibujaron en su rostro, las expresiones de la paz misma. Sus manos volaron hasta la nuca de Javier. Rozó su frente y su mejilla contra las suyas buscando sus labios y lo besó.

Javier la amaba cada vez con más intensidad y llegaron juntos a ver esa lluvia de estrellas que siempre sucede cuando cerramos los ojos en el mismo instante que el brillo de una luz, que no sabemos de donde sale, nos encandila.

Descansaron uno sobre el pecho del otro hasta dormirse.

Cuando Azul despertó se vió completa y feliz y se asustó. No sabía si temía perderlo o sentirse así muchas veces más. Se cuestionó ¿qué era lo que quería? y como no supo responderse, resolvió que Javier debía estar al lado de una mujer que lo hiciera sentir completo. Decidió elegir por él y se alejó.

El amor era una fantasía para ella y las de los demás… el vacío que conocía.

El mundo al que creía pertenecer.