Héroe

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Bajó rápidamente las escaleras, abrió la puerta y el frío le pegó en la cara, despertándola del todo. Caminó apurada, pero con paso firme, se puso sus lentes, para asegurarse de que nadie vea sus ojeras por no haber dormido en casi toda la noche. Iba por ahí, pensando en una conversación que tuvo hace poco con su abuelo, admirando como se aferraba a sus viejas costumbres: levantarse antes que todos para sacar la manteca de la heladera y que se ablande, cortar el pan y hacer el mismo las tostadas, leer el diario del domingo religiosamente, afeitarse con crema y con la Gillette. «En realidad, Gillette es una marca» le dijo «Deberíamos decirle cuchilla de afeitar». Ella sonrió pensando en él, pero sólo le salió una mueca extraña. Hacía mucho que no se podía reír.

Ella, como su abuelo, también se aferraba a sus viejas costumbres. Entró al mismo café de siempre, se sentó en la misma mesa de siempre, pidió el mismo café con medialunas que siempre pidió. Escribió tres cartas, cuando las terminó, levantó la cabeza y vio que salían los chicos de la escuela «Deben ser más de la una» pensó. Pagó su café y volvió caminando pausadamente. Iba jugando con las baldosas, tratando de no pisar las líneas y pateando hojitas secas. Amaba el otoño, había algo en el cambio de color de los árboles que siempre le gustó, lo consideraba algo así como un renacimiento, como un volver a empezar, y casi que los envidiaba por poder hacerlo.

Llegó a su casa, alimentó a su gato y subió las escaleras. Entró al baño y se miró al espejo, analizando sus ojos, iguales a los de su papá, pero su cara igual a su mamá, pensó en ellos y no pudo seguir mirándose. Abrió la llave del agua para llenar la bañera mientras se desvestía lentamente. Buscó en el botiquín la Gillette de su abuelo y entró en la bañera. El agua caliente fue relajándola. Su nerviosismo pasó, ahora se encontraba tranquila, en paz. Miró sus brazos, blancos y largos, como los de su mamá.

Estaba por hacerlo, cuando escuchó una voz «Nena, ¿Sos vos? Hice milanesas, como te gustan a vos. ¡Dale, apurate que me voy a hacer más viejo esperando!». No sabía que contestar. «Ya voy abuelo» dijo. «Lo que sea que estés haciendo, puede esperar, mis milanesas no». El olorcito a comida casera inundaba la casa. No pudo, no tuvo el valor, algo se lo impedía.

Bajó las escaleras, todos la estaban esperando. Miró a su papá, que con una gran sonrisa le mostró sus dientes llenos de comida. «Sentate» le dijo su mamá. «Papi, andás muy barbudo ¿Por qué no te afeitás? preguntó. «Lo que pasa es que no encuentro mi Gillette, ¿Vos no la viste, nena?». Ella levantó la mirada del plato, pero no pudo contestar nada. «Bah, no importa, mejor, así me modernizo y compro una afeitadora, es menos peligroso, con la Gillette me puedo cortar ¿Vos no me decías eso el otro día?». Tragó saliva y dijo «Si abuelo». Le tocó la mano y la miró «Bueno, cuando la encontremos, la tiramos a la basura, así no se corta nadie ¿no?» Le guiñó un ojo intentando ser pícaro, pero su mirada era más bien suplicante. «Si abuelo, la vamos a tirar», «Me alegro, mi amor», le dijo, y mientras le acariciaba el pelo, comenzó a silbar su canción favorita, muy satisfecho.

Otra vez había salvado el día, sin que nadie se diera cuenta. Él era como una clase de héroe.

Escrito por Valeria Reta Lavalle para la sección:

ETIQUETAS: