Historias de personas que no cogieron pero que fueron felices

Los siguientes relatos fueron redactados para participar en el mismo concurso literario. Salvo por algunas correcciones o agregados, son exactamente iguales a como se los juzgo y declaró perdedores; pero, como todo escritor es un poco orgulloso y holgazán, decidí agruparlos en esta breve nota para que los publiquen en el Mendolotudo. Espero que lo disfruten, compartan, y lean a sus hijos por las noches para que nadie vuelva a repetir estos errores en su vida amorosa- o que al menos puedan arreglarlos con la misma rapidez y simpleza que mis personajes. La imagen de portada es obra de un amigo mío, Mauro Herrera.

Zapatitos de Cristal

Llegaron al motel media hora antes de lo que ella había planeado. La habitación que alquilaron era un diminuto departamento de dos plantas: abajo un garaje cerrado donde estacionar el auto, y una pequeña recepción con unas escaleras empinadas; y en el segundo piso estaba la cama y el baño, en donde Carlos entró para terminar de prepararse tranquilo. Cristal lo esperaba sentada en la cama, y, para sorprenderlo, completamente desnuda,pero con los tacos aún puestos. Cada tanto cambiaba de postura, buscando el ángulo perfecto entre el erotismo y la comodidad. Sentía muchísima confianza, pero no la suficiente, aun cuando hasta ahí todo salía como ella habría querido: habían coincidido en un boliche bastante conocido en su ciudad, bailado, y tras algunos besos en el cuello se gustaron lo bastante como para ir directo al lugar más alejado a coger en paz. Todo parecía estar en su sitio, pero ella sintió que no podía quedarse con el culo quieto en la cama sin hacer nada. Algo faltaba, una ausencia o un futuro problema que ella no podía adivinar y que le tensaba los músculos como lo hacen los animales cuando quieren ladrar. Sudando ansiedad, se levantó de la cama y fue hasta las escaleras.  Necesito un pucho– pensó, y bajó tan apurada a buscarlos que uno de sus tacos patinó con el escalón de cerámico y terminó rodando por la escalera. Desde el baño Carlos escuchó el golpe y salió corriendo, asustado de que se tratara de una explosión o que hubieran reventado la puerta para asaltarlos. Vio la cama vacía y luego de asomarse por la barandilla a Cristal en el suelo, desnuda, con tacos y con el tobillo hinchado y rojo como un melocotón.

Carlos bajó dando gritos de miedo, bien agudos y finitos, y ella trataba de calmarlos con palabras suaves y moviendo el cuerpo para que entendiera que solo era una simple lesión y no una condena de muerte, que había bajado a buscar unos puchos y tropezó, nada más.Pasado el shock, Cristal pudo enfocarse en ordenar un poco el desastre: lo primero, nada de ambulancias- Carlos, entendeme bien, me muero de la vergüenza si tengo que salir del telo así y con las sirenas prendidas, dijo todavía desnuda, por lo que también le ordenó traerle la ropa y ayudarla a vestirse: una bombacha, la falda y una campera finita que trajo Carlos por si refrescaba, y el resto de la ropa la guardaron echa un boyo en el auto de Cristal, un sedán blanco largo como un velero. Carlos sería el encargado de manejar y ella se sentaría en el asiento de atrás como su pasajero, con las piernas estiradas y la espalda contra una de las puertas. Pero Carlos no era un buen conductor, igual de lento como rápido para los cambios y frenadas según su desesperación o la de Cristal, quien termino por decidirse de retomar el control y seguir dándole órdenes, hasta que los dos terminaron perdidos en un barrio de los suburbios.  Ella intentó ubicarse, pero desde el asiento trasero todas las calles parecían el mismo callejón oscuro y vacío. Comenzó a llorar y no por el dolor sentía en su tobillo: confesó sin decirlo que solo una estúpida como ella podía tropezarse en las escaleras de un telo. El cuerpo comenzó a temblarle de vergüenza por haber obligado a un extraño a aguantarla en ese estado, desnuda y soltando unas lágrimas negras, tan calientes y gordas que ella creía no soltaba desde que era una niñita. Carlos detuvo el coche y la miró en silencio hasta que el llanto de Cristal se convirtió en un montón de suspiros largos y húmedos. ¿Qué música pongo?­–preguntó, y antes que pudiera contestarle, continuó-Tenemos un viaje largo hasta el hospital. Casi de una hora, y podemos o hacerlo a los sacudones y llorando; o, poner algo lindo en el estéreo, y tratar de ir lo más tranqui que se pueda.

Al principio Cristal no respondió, irritada por lo que creía era la proposición más pelotuda que alguien pudiera hacer en su vida. Carlos encendió el auto y divagó por algunas calles, y luego de un minuto en silencio y sin que ningún de los dos cruzara mirada, ella pidió un cigarro y un encendedor. En la guantera hay varios discos de Pink Floyd, Ponete el del triangulito- dijo con el pucho en la boca. Un poco más calmados y sin apuro, hablaron por primera vez en la noche de algo que no fueran excusas para no guardar silencio: charlaron de ellos, como que ambos amaban las milanesas con puré o tomaban el mate sin azúcar; que él prefería la playa en verano y ella el invierno en la montañas; una anécdota de Cristal fruto sus años en el extranjero-en especial en Toledo, donde Cristal trabajó como publicistas y aprendió algunas palabras en manchego como Bacinear o Asobinao- o que ambos gustaban del fútbol, pero que a él todo eso ya comenzaba cansarlo por lo aburrido que jugaba su equipo en las últimas temporadas.  Cristal se relajó y se dejó deslizar hasta que su nuca se apoyó en el apoyabrazos de la puerta, dejándola acostada como sobre uno de esos sillones largos donde las damas victorianas se desmayaban cuando las liberaban de sus corsés.

Finalmente llegaron al centro de la ciudad. Como Carlos se ubicaba con mucha más facilidad encendió un cigarro, y Cristal pidió que le convidara uno, a lo que él bromeó con que ella no aprendía más de sus caídas o de que tanto pucho le haría mal. Cuando llegaron al hospital tuvieron que interrumpir una interesante charla sobre la utilidad de las mentiras, y Carlos insistió con llevarla en una silla de ruedas: primero por su seguridad, y segundo porque encontraba muy chistoso entrar así a una guardia.  Los médicos fueron claros y sencillos al comunicarles que padecía una fractura de tobillo. Prescribieron dos meses de reposo, una férula y muchísimos calmantes, y al salir del hospital ambos decidieron disfrutar un poco más del amanecer desayunando unas grasientas hamburguesas de queso y con papas fritas. En el viaje de vuelta Cristal volvió al asiento trasero, pero esta vez decidida a disfrutar de la hermosa ciudad amarilla y rosada que brillaba por su ventanilla. Al llegar a la casa de Cristal, ella invitó a Carlos a pasar adentro y dormir juntos hasta que quisieran-o pudieran- despertarse. Ambos encontraron muy gracioso que la casa fuera de dos pisos, y luego de unos incomodos minutos donde Cristal trató de subir sola las escaleras, Carlos la subió a sus brazos y la llevo hasta su cama como lo hacían esos hombres altos y con gomina en las viejas películas de Hollywood.

Mesa para dos

Nunca fui el tipo de persona que a la primera te arma una buena idea. A veces quiero creer que es por falta de confianza en mí mismo; pero después me acuerdo que ya voy por los veinticinco años y, como lo único que tengo es experiencia en convivir conmigo y con mis cagadas, termino por convencerme que es un rasgo de mi personalidad. Todos tenemos un lugar en este mundo enorme y repleto de éxitos, pero por más insignificante que sea mi papel no puedo dejar de cagarla y, para bien o para mal, afectar a los que me rodean. Por ejemplo, la otra noche con Anita. Estábamos los dos charlando en el living de mi departamento cuando de repente, y por alguna puta razón, se me ocurrió un chistecito para avivar un poco la velada. No era nuestra primera cita, pero nos estábamos enfriando bastante esa noche. Los dos calladitos, serios y aburridos, más atentos a la música que a otra cosa. Para empezar, debería haber elegido una música más alegre que la de un compact-disc que me regaló mi viejo, habernos servido un vino más fuerte o hasta haberme resistido a usar corbata en mi propia casa. Tantas y bonitas hubieran sido cualquiera de las ideas que podría haber elegido esa noche, pero como no podía fumarme un Viceroy para pensar mejorella es de las que no fuman-  me la terminé jugándomela por lo que tenía a mano. Busqué en mi celular y dije: Mira, che– y le mostré en mi celular la noticia, ya conocida, de que un asteroide podría pasar bastante cerca de la tierra a mediados de abril. En la nota se dejaba claro lo que yo dije, cerca, bastante cerca a lo mejor, pero en el diario exageraron el titular y hasta usaron una escena de la peli Armageddon para ilustrar la nota. No era más que un chiste simpático para decir, mirá que se viene el fin del mundo, que corta que es la vida que uno no la disfruta. O hasta ponernos un poco desubicados y jugar con la idea de tener que repoblar el planeta y perpetuar la especie.

Me pasé casi cinco minutos sonriéndole a la silenciosa de Anita, y ella nada, ni una palabra. Mi chiste la había dejado petrificada en su asiento, bien rígida y con las uñas clavadas en el sillón. No tardé descubrir todo el concierto de ruidos que ella trataba de ocultar: su respiración se tornó áspera, rasguñando por su nariz al entrar solo y expulsada como un chirrido de tren al salir entre sus dientes. Enrojeció y tembló hasta que no resistió las ganas de empujarme para correr a mi pieza y así, más tranquila, llorar hasta casi ahogarse. Todavía sin entender lo que había pasado la esperé en el living, pero cuando me di cuenta que esto era en serio y no un chiste, fui a mi pieza a intentar consolarla. Poco a poco, Anita me relató con la voz de los que aguantan el hipo, bien grave y a los saltos, de toda la batería de miedos y fobias que padecía. Todas se escribían con unos nombres larguísimos, pero se resumían en su absoluto terror hacia el espacio, las estrellas y a todas sus implicancias metafísicas. Volví a pensar que se trataba de un chiste, pero ella me hizo buscarlo en el celular y encontré que era verdad, que mucha gente sufre de cosas así.

Borracha de miedo me describió el universo que habitamos como un océano oscuro y frió, una boca que sin masticarnos nos devora sin apuro.Comenzó a llenarme de tantos datos, distancias y tamaños que llegué a sentir que me hablaba de hormigas más que de personas, y hasta hizo espacio en su enciclopedia de pánico para relatarme la edificante historia de Ann Hodges,una gringa que resultó ser la única persona- registrada- dela historia en ser golpeada por un meteorito. Poco le importaba a mi Anita que aquella mujer gorda y ya fallecida hubiera sobrevivido al accidente: para ella, todos compartíamos la misma posibilidad fatal, y más aún ella, que compartía el mismo nombre y su cumpleaños era dos días después que la fecha en que esa mujer falleció.

La escuché un rato más hasta que su miedo se volvió una pesada queja. Estaba decidido a dar por terminada la cita y solo esperar a que ella se pusiera mejor, cuando volví a tener otra idea que, extrañamente, resultó ser muy buena. Continué esperando a que se calmara y, con la excusa de servirle un vaso de agua, la llevé hasta la cocina. Ahí me senté debajo de la mesa de la cocina y le pedí que me acompañara, a lo que accedió con la obediencia que tienen los niños cuando todavía lloran por un tropezón. Como dos indiecitos debajo de su carpa, le conté que de pequeño me había acostumbrado a jugar debajo de los muebles por miedo a que el ventilador del comedor se descolgara del techo y me degollara al caer. No por algo me cago de calor todo el verano,dije señalando hacia el imaginario techo y al inexistente ventilador, y sonó tan ridículo y estúpido que ella no aguantó la risita húmeda que sueltan los que acaban de terminar de llorar. En algún momento nos tomamos de la mano, y bajo aquella bóveda compartimos la idea de compactar todo el universo conocido y achatarlo lo suficiente para que no ocupara más espacio que el que asomaba por debajo del mantel. Un universo echo a nuestro tamaño, pequeñito, me dijo Ana, pero yo comprendí que con ella ya nada podría ser algo diminuto o hasta insignificante.

Todos los cuentos de esta nota van dedicados a mi noviecita, una chica muy bonita con la que cumplimos este sábado un par de meses más juntitos. Te amo.

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