Juegos de la generación perdida

Dicen por ahí, o me lo estoy inventando, “aquellos que logramos explotar la infancia no dejaran ser niños nunca”; al menos así me siento. Perteneciendo a la generación fronteriza que todavía conoce la escondida, el ring raje, la chaya y los baldíos; se me ocurrió la idea de escribir sobre todos los juegos, o al menos los que recuerde, que hacia cuando era un mocoso, unos años atrás y 10 centímetros menos que ahora.

Frente a mi casa había una finca de esas que hoy se ven por Lulunta, Barrancas, etc, hoy es un gran barrio privado. Rodeada con unos Álamos de unos 50 años, fuente de infinitos juegos. Típico de nosotros era meternos a apropiarnos inocentemente, cosa de chiquilines viste, de infinidades de frutas y verduras, hasta que nos sacaba a escopetazos el dueño de la misma, si escopetazos. Otra joda, no nos cansábamos de hacerla, era con la onda o a mano pelada tirarle piedrazos al galpón y escuchar el famoso ruido golpeando; y sus puteadas luego de la tercera o cuarta piedra.

Los Álamos fueron siempre fuente de múltiples juegos. Como por ejemplo cuando encontrábamos cables los atábamos de un árbol al otro y tirolesa sobre los alambres de púa, cayendo en colchones con un olor de dudosa procedencia; lógicamente uno de los chicos en su viaje se le cortó el cable y cayó de espaldas en el alambre, todavía tiene las marcas del mismo. Estos árboles eran un escondite de lujo para cuando jugabas a las escondidas y querías ser el que liberara a todos los compas, al menos para mí eran lo mejor porque me sentía con habilidades de simio, no siempre funcionaban – como cuando se me cortó una rama y pase de largo a la acequia, tres puntos en la nuca-.

Siendo un barrio nuevo o en construcción, en aquellas épocas. Había baldíos por doquier, oh los baldíos si habremos jugado en ellos, preciados recuerdos. Clásico de los clásicos era jugarse un picadito en los baldíos, donde la piedra más chica era igual que la pelota, a la hora de estar jugando el polvo ya ni te dejaba ver nada, terminabas siendo un cascote con patas y marcas de barro por la transpiración, ni te cuento cuando era invierno y se te caían esos mocos-agua, el engrudo que se armaba.

Si habremos jugado campeonatos por horas y horas de tensión y discusiones a las bolitas.  Al ser de tierra se podía jugar al, como le decíamos nosotros, “hoyito”. Ardua competencia que ponía en juego tus nervios y el pulso de tu mano habilidosa, permitiéndote tener un tarrito lleno de bolitas, lechitas, bolones de vidrio y metal; o andar solo con un puñadito de bolitas, producto de uno que otro día de racha. Todavía suelo encontrar algunas por los rincones de mi casa.  No era el único juego de bolitas, pero si el que más recuerdo haber hecho.

Cuando eran suficientemente grandes, como uno de una esquina cerca de mi casa, nos pasábamos tardes armando circuitos de bicicletas, rampas, pozos, cerruchitos y demás. Nos sentíamos como competidores de motocros, salvo por el equipo – yo y mis innumerables cicatrices lo corroboran, como una caída que tuve a los 9 años saltando en una rampa enorme y en cuero, cayó la rueda delantera primero, se trabo y volé; dos cicatrices: una del freno y otra en las costillas por el arrastre en tierra-

En sus comienzos las calles del barrio eran de tierra, hasta que un día, previo al asfaltado, hicieron todas las conexiones de las cloacas, canaletas largas y altas como laberintos. Con la llegada del asfalto se nos abrió una gran gama de nuevos juegos. Pero eso es tema para la próxima nota…

 

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