La maldición de empezar a hacer una espantosa dieta

Cada enero que pasa decis: “el próximo verano me voy a poner las pilas unos meses antes y no llegar tan arruinado”… y parece que en febrero te olvidas todo. Pasado los 25 años, cada kilo que engordas vale por diez, porque cuesta bajarlo y porque no te dan tantas ganas de hacerlo. A todos “nos chupa un huevo” en teoría, la panza, pero basta llegar a la playa, ver a esos estúpidos y sensuales rugbyers, siendo devorados por ojos femeninos y celados por barrigones impunes, para darte cuenta de que no está taaaaan bueno llevar riñoneras naturales y una bolsa de caucho sobre el horizontal ombligo.

Tu jermu suele decirte que estas bien, que le gustas así, pero cada vez que aparecen en la tele esas máquinas falaceras de Sprayette diciendo que en dos días podes tener un teclado de celular en la panza, te pregunta si no te animas a comprarla. Probablemente tengas uno que otro aparato cajoneado en el baúl de la vergüenza, como esos electrodos que te electrocutaban. La ropa de anda ajustada, las camisas te estallan en la zona abdominal y ni hablar de la maya del año pasado, esa que te marca perfectamente que estas peor.

En fin… pensas, “estoy a un mes de las vacaciones, me voy a poner las pilas”. Como todo en la vida, arrancas un lunes. Te levantas con todas las pilas, ayer domingo te clavaste un asado supremo, onda “última cena” y aún hoy eructas con olor a morcilla. Se te hace agua la boca, de ser por vos tiras a la mierda el tecito con una tostada de gluten untada en dulce de durazno ligth a la mierda y te clavas un matambre a la piza ahí mismo. Pero no, es el primer día, le metes al tecito pedorro. Saliendo de tu casa al laburo ya tenes hambre, “debe de ser psicológico” pensas.

Estas meta trámite y laburo cuando te llega un mensaje: “amor, acordate que a las 11 te toca la colación”. Para un hombre, la palabra “colación” tiene cientos de diversos significados, arrancando por lo sexual, pasando por amigos recibiéndose en la universidad y terminando por desagradables imágenes de bulímicas adolescentes haciendo de las suyas. Nada de eso tiene sentido… colación significa comerte un puto yogur de frutilla… ligth. Un asco, te sentís un bebe pelotudo, comiendo papita. En el laburo todos te miran raro… se viene la catarata de gastadas. Te haces el macho de américa diciendo que anoche comiste tanto que estas descompuesto, por eso el yogurcito y el litro de agua que te estas empinando haciendo un esfuerzo sobrehumano. Envidias profundamente al espigado Raúl, compañero de laburo.

Se te nubla la vista, te sentís cansado, arruinado, sin ganas de nada. Llevas media mañana haciendo dieta y ya te parece lo peor del mundo, no entendes como puede vivir una modelo. Te vas de la oficina como viento, esperando almorzar algo digno. Tus premoniciones no fallaron… “algo digno” se transforma en una pechuga seca como chocho de muñeca con un “cacho e’ lechuga”. Inútil y maricón Rodrigo Guirao Díaz, ¿quién te mandó a nacer?

Luego del almuerzo, de camino al laburo, paras en un semáforo. Miras en la esquina… hay un chango haciendo choripan. Cerras rápido las ventanillas y posas la vista en un perro que está durmiendo, como para desconcentrarte, pero el olor se mete por la ventilación, un vaho de delicioso chorizo de cerdo te penetra, entras en un flash re loco, te imaginas mordiendo un chori mariposa, colorado, chorreando de grasa, envuelto en un pan francés, migudo y crujiente, mientras un grupo de tetonas te aplaude. Inspiras como un ahogado, dejas que el sabrosísimo olor ahumado se te meta hasta el fémur… te tocan bocina porque se puso en verde, salis hecho una furia, un tsunami de sabor inunda tu boca.

Nunca en la vida le prestaste atención a los carteles, pero ahora pareciese que te los han puesto a propósito. Ves una baratísima y exquisita hamburguesa de Mc Donalds, una torre de carne de otra hamburguesería pedorra, un mega pebete de Subway, helados, conos de papas, rabas, pizas, todo en contra tuyo. Te empieza a dar fiebre, no ves la hora de llegar a esas putas cuatro paredes de la oficina para no padecer más ese calvario. Estacionas el auto y te bajas desaforado, ¡hasta lo dejas con las llaves puestas! Todo te chupa un huevo, tenes que llegar.

A la hora de la media tarde los compas del laburo se preparan unos cafés con leche tamaño pingüino. Tu jefe está en bueno, así que compró dos docenas de medialunas de esas de la YPF, esas que son un gol de media cancha. Tu vista las detecta en cuanto entran por la puerta, tus compas se avecinan al paquete full24, contentos como perros, meneando la cola. Cerras los ojos y comenzas a rezar como un susurro: “¡ojala me toquen facturas, ojala me toquen facturas, por Dios que me toquen facturas!”. Lentamente abrís el papelito donde tu mujer te ha anotado las mediatardes… “té con dos galletas de salvado, sin azúcar, sin dulce” sin vida, pensas. La reputísima madre que lo paró. Te haces la garcha de infusión mientras a los vago se le agitan las barrigas de tanto reírse de vos. Retrógrado e imberbe Mariano Martínez, ¿por qué no te morís?

Llegas a tu casa desahuciado, no podes dejar de pensar que encima sobraron tres facturas. Te falta el aliento. Entras re idiota, tu jermu te obliga a comer un pomelo… ¡un pomelo! ¡Si ni es una fruta esa poronga! Te lo comes con el ímpetu de un viejo matado de esos que abandonan en los geriátricos y pensas que chupar un clavo es menos amargo. Encima te toca hacer algo de deporte, vos, que tenes menos movimiento que un aparador. Salis a caminar y a los diez minutos estas mareado, cansado, agitado, abatido y sin ánimos. Te sentas a descansar un rato, frente a vos pasa un nenito comiéndose un helado del tamaño de su cabeza. Le llamas a tu mujer: “no gordo, no podes comer helado”. Odias al nenito, ¿Por qué no lo pisa un tanque? Pasa una pendejita comiendo esas bostas rosadas de azúcar onda nubecita, ¡hasta a eso le entrarías! Volves a llamar… “no nene… tampoco podes comer algodones de azúcar”. Odias a la pendeja. Pasa una mina tomándose una Coca… llamas: “no pelotudo, ¡nada de gaseosas!”. Pendeja del orto. Pasa un choquito… “perros tampoco” pensas. Choco puto.

Te volves al auto hecho teta, has caminado doce minutos de los treinta que tenías que caminar y parece que te pasó un huracán por encima, sudas frío, parece que tenes fiebre, necesitas algo dulce. Le llamas a tu mujer… “comete la mandarina que te dejé en la guantera”… ¡cómo no me dejaste un chumbo así me cueteo acá nomás! Te comes hasta la cáscara.

Volves a la hora de la cena, como un bolchevique, como un náufrago, como un cubano en Miami luego de pasar semanas en el mar. Cagadísimo de hambre. Pensas en toda una vaca a las brasas, con cuero y todo, rostizándose para vos, mientras unas tetonas preparan fernet… “¿qué mierda me tocará esta noche?”: te toca sufrir. La cena consiste en un huevo duro con una zanahoria. Te sentas en la mesa y miras el plato completamente desilusionado, es una película de terror iraní, no lo podes creer. Un huevo… brillante, solitario, menos seductor que un gordo en jardineras, seco, aburrido, magro. Al lado de una zanahoria pelada, como un pedazo de caca anaranjado, triste, ridícula. Miras a tu mujer desconsolado “¿carne no hay?”, preguntas, “comiste carne al almuerzo” te dice ella. No lo podes creer, viejo y puto Goycochea, ¿cómo podes tener ese lomo anciano trolo con casi cincuenta pirulos? Te enterrarías la zanahoria en la aorta hasta morir desangrado, no sin antes estallar el huevo de un solo puñetazo. Tu mujer te mira expectante, tu cara de tristeza la puede, “bueno si queres te hago una piza, ya fue, si estas re bien” te dice la mentirosa. Respiras hondo… llevas recién un día de treinta. De solo pensar que te falta un mes, o sea 30 días, o sea 720 horas, ¡o sea 43200 minutos comiendo esas vergas! se te para el corazón. Gonzalo Heredia y la recalcada concha de tu hermana.

Te vas a acostar hecho teta, liquidado, sin energía, por las dudas te pesas… ¡ni un gramo menos! Revisas la balanza, le pesas una zapatilla que habías tomado como medida para balancearla… esta perfecta, casi 24 horas de sufrimiento y ni un gramo menos. Ojala muera esta noche, pensas. Previo a acostarte revisas los emails del celu, te llega un wassap al grupo “los pibes”, es el gordo Rolo, “viejas, ¿pinta mañana un costillarcito a la llama?” La pesadilla acaba de comenzar…

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