La realidad frívola en su máxima expresión

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Me acababa de recibir, con 22 años me quería comer el mundo. Debo reconocer que siempre he sido un entusiasta, la fuerza y las ganas de hacer son una característica mía, solo que en esa época esas fuerzas y esas ganas eran como la explosión de una bomba atómica en una habitación de hospital. Estaban desordenadas, sin guía, orientación ni tutela. Lógicamente a esas edad uno no tiene mucho control sonbre las cosas.

El tema es que me creía Donald Trump, pensaba que los pobres eran giles, que la guita era fácil y que los negocios estaban para el que los buscara. Comencé a incursionar en cientos de emprendimientos propios hasta que por fin di con uno que me interesó.

Resulta que estaba husmeando el negocio de la producción de aceite de oliva cuando conocí a un productor que hacía un aceite tremendo y que lo vendía a granel a España. Justamente estaba queriendo envasar una parte, generar una marca y exportarlo envasado, dándole valor agregado a su excelente producto. La calidad del aceite era increíble, el precio interesante, el dueño un amor y mi entusiasmo arrollador. Ahí nomás pegamos onda y comencé a hacer el plan de negocios.

El primer gran problema que había era que se nos hacía imposible explorarlo a Europa. España e Italia, los grandes productores de aceite de oliva del mundo, tenían subvenciones del estado que les permitían comercializar a bajos precios, impidiendo el ingreso de productos extranjeros a precios competitivos. Sería como que Portugal quisiese meter Malbec en Mendoza. Imposible. Así que tuvimos que descartar Europa. Luego seguimos por Asia, más allá que me aterraba la idea de llevar a cabo mi primer emprendimiento comercial con gente a la cuál no entendía una sola palabra, rápidamente el mercado se cayó, porque la cantidad que había que exportar para que fuese rentable era imposible de producir por una sola persona. A Norteamércia no llegábamos por lo mismo que pasaba en Europa, los aceites españoles e italianos salían dos mangos allá. Además no había gran consumo. Con Brasil teníamos el problema de que la calidad de este señor era demasiado buena para el mercado, se consumía mucho y malo, así que decidí probar suerte en Chile, viajando para allá.

Esta no es una nota que hable sobre un emprendimiento, así que para cerrar el tema les anticipo que en Chile tampoco se dio, porque lo único que tienen bueno los chilenos son los vinos y (o casualidad) los aceites de oliva, así que ni en pedo te dejan entrar fácilmente como competencia. Mucho menos de Argentina. Chau emprendimiento.

Pero el asunto de esta nota es otro… necesitaba hacer esta especie de prólogo para sumergirlos en el contexto. A Chile me fui con un amigo, un poco más grande que yo, para que me acompañe ya que conocía muy bien Santiago. Estando ahí logramos armar una reunión con una empresa que era la principal en temas de comercio internacional. Le vamos a poner un nombre fantasía, “Exporchile” por ejemplo. El gerente general de Exporchile nos iba a poner al día de cómo eran las cuestiones de mercado ahí.

Apenas llegamos al edificio de Exporchile nos dimos cuenta de porqué era la mejor de Chile. Todo espejado, cuatro pisos de oficinas, un cartel gigante arriba, una entrada monumental. Parecía una película de Wall Street. Entrando me sentía Leo Dicaprio versión cuyana. El primer piso tenía una recepción impresionante, con mesas de café incluido, oficinas para encuentros rápidos y una secretaria preciosa en un mostrador del tamaño de mi casa. Preguntamos por el tipo y luego de logearnos en el sistema nos mandó al último piso. Entramos a un ascensor espejado y subimos. El primer piso era de telefonistas, una especie de emrpesa de telemarketer de lujo, todas hablando en distintos idiomas en distintos países del mundo. Yo estaba en Disney. Me sentía una miseria humana. El segundo piso era de oficinas administrativas. Como hormigas deambulaban no menos de cincuenta oficinistas, con peceras como cuartos y con toda la onda yankylandia que tanto aman los chuchas. Y el tercer piso… el tercer piso… dios. El tercer piso, completo, todo, era la oficina del gerente general, el capo, el dueño. Don Exporchile.

La fusión de madera y aluminio en los detalles era de una exquisitez, sobriedad y modernidad absoluta. Una cosa de locos. Todo vidriado hacia los cuatro puntos cardinales, un gimnasio para él solo, minigolf, piscina climatizada de fondo, música ambiental y dos secretarias esculpidas a mano por el mismísimo Dios ahí, al pedo. Mientras nos hablaban yo me las imaginaba besándose y haciendo orgías despampanantes con el agraciado dueño del circo. Se me paró el pito. No sabía que mierda decían, pero al minuto pasamos al privado de Don Exporchile.

Imagínense lo que era el privado de ese (para mí) semidiós andino. Tenía un cuadro que deben haber valido el doble de los autos de los dos miseria que estábamos parados ahí. Piso mosaico espejado, todo de roble, iluminación led, olor delicioso, todo en su lugar, pensado, diseñado, pagado carísimo. Mientras entraba miraba mis zapatos viejos y toda mi ropa se segunda, intentando esconder mi sueldo de mierda y mi status medio pelo… luego me vi reflejado en el piso, con mi peinado veinteañero, mi cara de pendejo y mi bigote ridículo que buscaba ser parecido al de Adrián Dárgelos por ser fan de Babasónicos, pero que no tenía un culísimo que ver en tal situación. Me sentís un liliputiense, un enano de jardín, un átomo.

Don Exporchile estaba de espaldas a nosotros, parado mirando hacia el infinito precioso. Medía mas de un metro ochenta. Debe haber sido el chileno más alto que vi en esos cinco días de viaje… y era rubio, de cabellera abundante y prolija. Alto y rubio en Chile… era como encontrar un chino ruludo en Costa de Araujo o un africano de ojos celestes en Tunuyán. Dió medio vuelta y lo pudimos observar en todo su esplendor. Vestido de etiqueta, traje gris plateado, camisa blanca, corbata negra finita. Estaba vestido en un día casual como yo me vestí para mi casamiento. Emanaba seguridad, control, calidad, compromiso, responsabilidad, dinero… negocios, guita, biyuya, tutuca… era impsoible decirle que no a ese señor. Era el Rockefeller chileno, el Ford cholo, el Onasis mapuche. Sin decir una palabra nos hizo seña para que nos sentemos, a lo cuál respondimos inmediatamente como dos nenes a los que el papá los está retando, como robots, sin poder despegar la mirada de tan atrapante personaje. Fue en ese momento que me dije “yo no quiero ser como él, yo quiero ser él”. Era una especie de superhéroe, sin duda pensaba en el auto en el que andaría, la casa que tendría, las minas que se habría culiado con esa guita, la debía tener envuelta en papel fil, imaginaba los viajes exóticos, la esposa diez años menor esculpida en detalle, los hijos preciosos, cultos, el perro zarpado, guita… capitalismo en su máxima expresión. Me latía el corazón como cuando abracé al flaco Spinetta.

Entonces dijo “¿quieren tomar algo?” con una voz súper poderosa, pero no fue la voz lo que explotó en mis sentidos, como el estallido de un zepelín de pólvora en el medio de la nada. Lo que me chocó poderosamente fueron sus dientes…

Tenía el comedor destruido. Todos los dientes torcidos, chuecos, mal ubicados, desparejos, desalineados. Mordía raro y se le perdían los de abajo, que eran totalmente desproporcionales a los de arriba. Era una cosa espantosa, una cachetada a la estética, un pecado mortal a la odontología.

Todo aquel imperio de cerdo capitalista, voluptuoso, pomposo, exagerado, ridículo, excesivo, parafernálico e imperialista se vio opacado y se derrumbó instantáneamente ante tan espantosa imagen de su líder. ¿Cómo podía ser un millonario tan descuidado y poco estético? ¿De qué valía tanta guita en pilcha si parecía un tiburón? ¿Porque gastar tanto en edificio si era igual a una piraña? Carroñero, parecía un a animal carroñero, un chacal, un depredador, un asesino despiadado. No había ropa, ni secretaria con cara de puta, ni mil empleados, ni construcción zarpada que le levantaran la imagen de caníbal sediento de dinero. Todo por un puñado de dientes de mierda, pero si… todo al rededor se cayó, como un castillo de cartas. House of cards.

No escuché una puta palabra de lo que dijo el chucha picaboleto, solo que el negocio no era factible de hacer si no poníamos una torta de dinero. Obviamente al payaso It ese no le ponía un centavo.

Sin decir una palabra nos subimos con mi compañero al primer taxi que pasó por la puerta, esto fue lo primero que le dije apenas subimos y recobramos el habla…

– ¿Le viste los dientes a ese culiado?

– Si… tremendos – respondió mirándome fijo.

– Un asco por dios – le dije corriendo la mirada.

– Son iguales a los tuyos…

No emití palabra hasta llegar al hotel, me bajé cagando, aludiendo a que tenía que ir al baño y me metí derecho para el espejo. Prendí la luz y sonreí frente al espejo… se me notaban menos al hablar, pero tenía el mismo descontrol dental que el viejo feo… ay Dios mío. Esa cara no vendía ni agua en el desierto… estaba al horno. Me arruinó el viaje.

Cómo será el trauma que llegue un miércoles, le llamé a un odontólogo amigo, me saque las dos muelas del juicio de arriba el viernes, las otras dos el lunes y el martes clavé brakets un año para acomodar el puñado de Tic Tacs que tenía en la boca.

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