La visita de mi vieja, “la cocinera moderna”

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Llevaba casi seis meses viviendo solo. Sinceramente irte de la casa de tus viejos es lo mejor que te puede pasar en la vida; manejas tus horarios, invitas a tus amigos las veces que quieras, haces el despelote que pinte, te levantas muchas más minas y es muchísimo más fácil verle la cara a Dios. Pero hay dos cosas que te la bajan mal, dos precisas actividades que te hacen muchas veces extrañar el nidito materno. Una, la menos peor, es el hecho de tener que plancharte. Las remeras vaya y pase, los pantalones son el “nivel difícil”, aunque no imposible, pero de ahí a ponerte frente a una camisa y tener que dejarla presentable, hay un paso gigantesco, un desafío titánico, una misión imposible. Pagar esto no cuesta demasiado, así que o aprendes o pagas a alguien que lo haga por vos. El otro asunto es el doloroso, fundamental, entrañable y exasperante… cocinarte. Y no da para tener cocinera full time cuando de pedo llegas a fin de mes haciendo malabares con la guita.

Había bajado casi siete kilos desde que vivía solo, más de uno por mes, mi cuerpo se había vuelto intolerante a los fideos, al arroz, a las hamburguesas, al picadillo con galletas y a todo tipo de baratija cocinada en menos de cinco minutos. Tenía orgasmos mentales cada vez que pensaba en un asado, en una carne a la olla, en unos ravioles caseros, en una lasagna y en todas esas cosas que me hacía mi vieja en casa… pero jamás podría volver, pagaba con mi vida esa libertad salvaje.

Mi inutilidad absoluta para el arte culinario se veía reflejada hasta en el más infantil huevo frito. No había explicación lógica por la cuál los bifes siempre se me pegoteaban a la sartén, resultando en una ingesta de suelas de carne y una olla arruinada. Jamás supe cuanto arroz meter, o hacía para tres selecciones de rugby o alcanzaba para llenar de pedo la lata del canario. Los fideos se me pasaban siempre, sin excepción, o comía cables o comía licuado de carbohidrato, un asco. Tengo la certeza de que la gente cuenta con un poder especial para que el pan se le pegue a la carne, porque mis milanesas siempre quedaban desvestidas a medio hacer, una porquería. Ni hablar de las tartas, las cuales siempre terminaban vertidas en un bol siendo devoradas como si fuese una insulsa ensalada con pedacitos de masa cruda.

Pero esa semana todo iba a cambiar, mi vida iba a a dar un giro impresionante, mi cuerpo tendría el placer de volver a absorber delicias delicias de todo tipo, durante seis días iba a ser el hombre más feliz del planeta… esa semana me visitaba mi vieja. La tenía seis días enteritos para mi. No iba a poder invitar a ningún gato barato, ni amigo gritón, pero iba a comer como un verdadero epicúreo.

Le estaban pintando la casa, así que del lunes al sábado se quedaba en mi depto, pleno centro de la ciudad de Mendoza. Yo desde el jueves de la semana anterior que me comencé a saborear con los desayunos, los almuerzos, las media tardes y las cenas que me iba a manducar. Me despertaba de noche, transpirado y agitado soñando con cerdo a la mostaza, matambre a la barbacoa, guiso de porotos con chorizo colorado, flan con mil huevos, helado, tortitas caseras, postrecitos, canelones… estaba sumido en un éxtasis absoluto.

La mañana del lunes amanecí con la sonrisa de oreja a oreja, el despertador sonó a las 7:30, hora de irme a laburar y apenas abrí los ojos sentí ese olor a café con leche y bizcochuelo recién hecho que me retrotraía a mi infancia… los Simpsons, la pelota, el barrio, la escuela, mis viejos. Fui a trabajar más contento que muchacho con dos mañaneros encima… ¡con una desconocida!

No me hacía falta ni siquiera preguntar por el almuerzo. Desayuné con mi vieja y fue la mañana más productiva de mi vida, laboralmente hablando. Aunque no veía la hora de que se terminara la jornada. A las 13:30 en punto estaba subiendo las escaleras de mi edificio.

– Hola vieja, ¿como andas?

– Bien hijo, ¿vos? ¿cómo te fue en el trabajo?

– Muy bien, tranqui… ¿vos saliste?

– Si, te ordené un poco esta cueva inmunda y a media mañana salí a hacer las comprar para cocinar.

– ¡Ja, que grande! ¿Que vamos a comer?

– ¡No sabes que sorpresa! Resulta que estaba buscando alguna verdulería y de pronto me crucé con un local nuevo que han puesto acá cerquita, se llama “sugüey”.

– ¿“Sabgüey”?

– No, “Sugüey”, uno verde y amarillo que venden sanguches y ensaladas.

– Jajajajjaja, no mamá, se escribe Subway, pero se pronuncia “sabgüey” y ya se cuál me decís.

– Bueno, ese. Resulta que lo ví bonito, limpio, entré y compré dos de carne y queso completos, con doble ración de queso cheddar, panceta y mucha verdura.

– ¡Uuuuu que rico! Comamos que me muero de hambre.

Primer comida deliciosa de la semana… del mes… de los seis meses que vivía solo. Esta tarde trabajé como cuando te regalan un videojuego y te mandan a la escuela o como cuando tu novia te entrega el chiquito por primera vez y tenes que esperar unos días para volverla a ver… todo el tiempo pensando en regresar a mi casa a comer. A eso de las 21 estaba abriendo la puerta del depto.

– Mmmmm ¡que rico olor! ¿estas haciendo pan casero?

– No… resulta que bajé y volví a pasar por el local ese, porque había un olor a pan muy rico. Así que traje dos sanguchitos de pollo con pan de orégano y queso.

– Mirá que bueno… bueno comamos.

El almuerzo del martes me recibió con un guiso de lentejas atronador, de esos que te dejan un 31 de Enero chileno en la panza. Por la noche venía apto para comer liviano.

– ¿Que cenamos vieja?

– ¿Vos sabías que en Subway vendían ensaladas?

– No

– ¡Mira que ricas las que compre!

– Si, se ven ricas… pero…

– Con el guiso que te has comido más vale que comas sano, sino te vas a morir jaja.

– Si vieja, es verdad…

– Me atendió un muchacho que se llama Marcelo, muy simpático.

La ensalada estaba bárbara, me fui a dormir un poco más aliviado.

El miércoles almorcé en el laburo, llegue a la noche pensando en que mi vieja había tenido todo el día para cocinar como los Dioses, pero apenas abrí la puerta…

– ¿Vieja que hacen esas servilletas de Subway arriba de la mesa?

– No tenía muchas ganas de cocinar, y había unos sanguches que me llamaron la atención así que los compré.

– Vieja… ¿y si le aflojamos a los sanguchitos?

– No jodas, te vas a poner gordito como antes de irte de la casa, comé sano y callate.

Las mamás siempre tienen la razón.

La noche del jueves me volvió a recibir un Subway en mi casa. Mi vieja se había hecho amiga del Marcelo y ya tenía exclusividad como clienta, dándole doble ración de condimentos y verduras en todos sus pedidos. Quiso hasta hablar con los dueños para pedirles que pongan un delivery que le lleve sánguches hasta su casa en Rodeo de la Cruz. A mi ya me estaba cambiado el humor. Esa noche me quise hacer el enojado y no comer, pero me terminé comiendo la mitad del sánguche.

El viernes cuando salí del laburo me vine por otro lado, para pasar por la puerta del bendito local y ver qué onda. Cuando estaba justo ahí, ¿con quién me encuentro? ¡con mi vieja!

– ¿Qué haces acá?

– Es un vicio este local, ya estoy podrida de hacer comida.

– Pero vieja…. ¡yo no!

– ¿Y si nos quedamos a comer acá? ¡mirá que lindo está el lugar!

– No… vamos a la casa.

– Noooo daleeeee, quedémonos acá – me dijo como un niño rogándole al padre – ¡mirá ese es el Marcelo! – me señaló a un gordito con cara de regalón que saludaba desde atrás del mostrador.

No me quedó otra que almorzar ahí.

El viernes por la noche organicé un asado con mis amigos, las ensaladas estaban a cargo de mi vieja. Cuando vi las fuentes con pepinos cortados en juliana, tomate prolijo, pimiento morrón, rúcula y lechuga en cuadraditos y unas salsas sazonando todo la miré serio, me hizo una guiñada y me bastó para darme cuenta de que verdulería “verde y amarilla” había vendido toda la milonga. Los pibes chochos con la ensalada de la vieja. Vieja pícara.

Sábado en la mañana, y luego de un desayuno con tortitas caseras, mi vieja se volvió a su casa. Decidí tomarme el tiempo para cocinarme solo como me merecía. Compré todos los ingredientes para hacer wok de pollo y verduras… hice un desastre. Terminé almorzando en Subway, mientras el Marcelito me preguntaba por mi vieja y me contaba de las bondades de la salsa de barbacoa.

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