Llegan las historias del Pornógrafo al Mendolotudo

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Bienvenidos a mi nota, me presento, soy “el Pornógrafo”, primero les voy a contar un poco sobre mí y luego mi fabulosa experiencia de putas en Valencia. Debo reconocer que tengo un estilo de vida bastante particular. Vivo en una ciudad de tintes conservadores, donde un hombre debe estudiar, trabajar, casarse, hacerse su casa y tener muchos hijos para ser feliz. Parte de eso he hecho, pero hay una parte que no calza con mi percepción de la realidad… casamiento, hijos. Es parte no.

De chico estuve perdidamente enamorado de una mujer, a quién jamás le fui infiel. Ella me abandonó por otro. Luego tuve una segunda relación estable, a quién engañe con cuanta mujer pude y la que terminó por haberme hartado. Entonces ahí descubrí que el amor no existe, que es un estado emocional, y que la única parte que verdaderamente vale la pena vivir es la parte inicial, la de la emoción, esa que genera la sensación de plenitud absoluta, de querer morir a lado de esa persona.

Entendí que en ese momento debía romper la relación, para no sufrir en demasía ni hacer sufrir a la dama en cuestión. Perder un amor de uno o dos meses no le duele a nadie. Entonces me convertí en una máquina frívola y letal de seducción. No le rindo cuentas a nadie, no engaño a nadie, no tengo porque ocultarme de nadie ni la necesidad de acudir a lugares de trampa. No tengo porque esconder celulares, ni contactos en las redes sociales, no tengo que preocuparme por dejar un Facebook abierto o lápiz de labio en el cuello.

Tengo un trabajo relajado, no me pagan muy bien, pero disfruto lo que hago y no me esfuerzo mucho. Soy gerente de una bodega, cuya oficina central está en pleno centro. Tengo varias compañeras de trabajo, recibo a los administrativos de otras empresas, debo hacer bancos y varias veces me toca acompañar a la gente de turismo, ya que manejo fluido el francés. Esto último lo hago de onda… porque siempre me cobro “en especies” con alguna turista europea o la misma guía de la bodega.

Mis días se pasan entre el trabajo, las reuniones sociales con compañeros, las juntadas con amigos, mis entrenamientos en el gimnasio, la lectura voraz y algunas series o películas en la tele. Vivo solo, en un departamento moderno del centro. Lo que gano me alcanza para mantenerme bastante bien, tener para mis gastos y poder ahorrar para una vez por año hacerme un buen viaje durante las vacaciones. Vivo en un estado de vacaciones permanentes, no tengo que esperar al viernes para que mi vida cobre color. No tengo deudas ni ganas de tener que trabajar más tiempo por ganar más dinero. Tengo un grupo grande de amigos, la mayoría casados o en pareja, pero siempre hay con quién salir de fiesta. Lógicamente tengo varias amigas, a las cuales además de hacerles el amor, las mimo y acompaño. Yo les doy mi amistad, ellas me presentan a sus amigas.

Y a pesar de todo lo que hago o dejo de hacer, tengo la firme convicción de que vivo por un solo motivo: las mujeres. Me fascinan, me vuelven loco, me inspiran, me atrapan, son como un vicio para mí. Todo lo que hago lo hago en pos de levantarme una mina, en el boliche, en el trabajo, en el gimnasio, en la cola del banco, en los eventos sociales, en las visitas guiadas, en cualquier lugar. Han pasado por mis sábanas cientos de mujeres, de todos los colores, tamaños y edades, no tengo ningún tipo de filtro, basta con que sea del sexo opuesto al mío. Me cuido solamente para atraer la atención de ellas, si por mí fuera sería un barbudo mugriento andando todo el día en calzoncillos, pero luzco un aspecto atlético y cuidado solo por las interesarles.

A muchos les parecerá egoísta o frívola mi forma de vivir, yo creo todo lo contrario. No he nacido para tener una mujer estable y planear una familia. Pretender una mujer que me aguante mi ritmo de vida, mis caprichos, que me perdone mis infidelidades que sin dudas voy a cometer, que se banque mis viajes y escapadas, sería minimizarla y subestimarla, y para mí la mujer es lo más hermoso que hay en la vida, son el motor de este mundo sucio, además me daría vergüenza propia ver a una mujer sufriendo por mí. Estar todo el día deseando mujeres ajenas y despreciando la propia me parece un acto mucho más egoísta y repudiable que mi transparente manera de hacer las cosas. Adoro los niños, pero tener hijos que vean en mí a un padre fiestero, mujeriego, casquivano e infiel no es una imagen que me agrede en lo más mínimo. Entonces… ¿es menos egoísta y frívolo el “padre de familia” que tiene esposa e hijos, pero que mantiene una amante y engaña a su mujer todos los fines de semana que yo, soltero y sincero? Jamás les miento a las mujeres que llegan a mi vida, “el amor es eterno mientras dura”, dice Ismael Serrano. Mi amor eterno dura a lo sumo dos meses, luego no amo más. Y aunque ame, corto y el amor vuelve a aparecer con la próxima mujer. El escritor Jorge Fernández Díaz me diría que soy una especie de “Dardo”, el personaje de su cuento “Un atleta de los sentimientos”. Y debo reconocer que me encuentro muy parecido a ese héroe mítico.

En esta pasión que tengo por las mujeres, padezco una altísima cuota de morbosidad y búsqueda de felicidad al reparo del sexo. Encuentro en el orgasmo la sensación más sublime que un ser humano puede sentir, lo busco y consumo a niveles de vicio. La vida me dotó de atributos aceptables y la experiencia me regaló un conocimiento acabado del arte del sexo. El hecho de no sobresalir físicamente del resto de los mortales, me brindó una lengua afilada y una mente ágil para el cortejo (convengamos que, salvo cuando leo, es en lo único que la tengo que usar). El Indio Solari dice que “las minitas aman los payasos y la pasta de campeón”. No habla de los “lindos”.

¿Y qué hará este tipo escribiendo en El Mendolotudo? Se preguntarán ustedes, pues bien, adoro leer y escribir relatos hot y es por ello que a partir a ahora voy a contar algunas de mis más ricas experiencias sexuales, más allá de que los tópicos probablemente estén utilizados. He tenido cientos de relaciones y dentro de mi mundo, con la cuota de morbo que antes les confesé tener, llevo anotadas todas y cada una de las mujeres que pasaron por mi cuerpo, además de varios párrafos, historias, anécdotas e hitos anotados en honor a ellas.

Espero con mis letras poder hacer levantar la temperatura de las lectoras, endurecer la hombría de los muchachos, humedecer los labios de las chicas, hacer latir la cabeza de los hombres, espero que sus suspiros se trasformen en gemidos, hacerles palpitar los corazones de ambos, encender los juegos de manos, prender la mecha a la imaginación y que todo culmine con una buena revolcada con la pareja de turno, si es que la tienen o una masturbación furtiva y violenta, de esas que nos dejan las manos empapadas.

Como les comenté, mi apodo es El Pornógrafo, bienvenidos a mi mundo. Y para que no se queden con gusto solamente a “prólogo” les voy a contar algo que me pasó en mi último viaje a España.

Lorena, fuego tarifado en Valencia

Mi viaje concluía en Valencia, una hermosa ciudad española. Además de tener una cocina excepcional y unas playas hermosas, tiene algo más exquisito aún… sus prostitutas. Todo aquel que ha estado de viaje por Europa me hablaba de las putas en Valencia, lógicamente no me podía volver sin probar la veracidad del rumor.

Lo primero que hice fue buscar por internet, allí encontré un sitio que prometía ser de lo más serio y elegante. Cuando vi lo que mostraban las fotos no dudé en que sería una de las mejores inversiones del viaje, aunque apagué el teléfono porque supuse que las fotos serían trucadas o con excesivo Photoshop.

Llegue al mítico lugar y entré como si fuese un cliente habitué, el lugar era impresionante y el trato relajado ya generaba una excitación inicial importante. Tuve la precaución de ir en un horario el cuál supuse que iba a estar vacío, cuando comencé a conocer a las chicas del lugar, entendí por qué jamás ese sitio iba a estar desolado. Cuando vi a Lorena supe que mi destino terminaba en ella.

Bajaba las escaleras semidesnuda, con una tanga que cubría con tan poco margen de error sus partes, que a simple vista se podía percibir su deliciosa depilación completa. Una campera de cuero negra ajustada le marcaba una cintura perfecta y dejaba ver lo justo y necesario de dos tetas redondas, abruptas, soberanas y naturales. El pelo suelto se bamboleaba con sus rítmicas caderas, con una mano se agarraba de la baranda de la escalera. Mis ratones se habían agitado de tal manera que ver su delicada mano aferrada a la baranda, me hacían imaginarla directamente deslizándose por mis partes, en movimientos ascendentes y descendentes, mientras que con esa frutilla que tenía por boca lubricaba su accionar.

– Tu recorrido termina acá nomás – le dije con una sonrisa de costado.

– ¿Argentino? – me contestó riendo y dejándome ver una hilera de dientes en perfecto orden y blancura.

– Argentino, Uruguayo, Brasilero, para vos soy de la nacionalidad que quieras – le dije sin dejar de sonreír.

– Definitivamente Argentino… ¿porteño cierto? – continuo mientras terminaba de bajar la escalera y se ponía frente a mí a una distancia tan excitante que podía oler el perfume de su pelo.

– Ahí fallaste… del otro extremo del país, mendocino – le dije tomándola de la cintura. Era tan ceñida que un ardor me recorrió de punta a punta.

– ¿Y qué te trae por aquí? – me dijo con un tono tan “gallego” que  mi entrepierna comenzó a levantar temperatura.

– Me habían hablado del nivel de las chicas de Valencia – contesté.

– Seguramente no te han hablado de mí entonces… no vais a querer volverte más a tu país – dijo con la seguridad de una serpiente culminando sus palabras casi sobre mi boca.

– ¿Cómo te llamas? – pregunté.

– Lorena… pero para ti puedo ser Paula, Miranda, Adriana, el nombre que gustes – dijo picante – ¿Tú cómo te llamas?

Continuamos charlando un rato más, entre risas y juegos de seducción por parte de ella, desconociendo que ya  me tenía en sus redes desde el instante que la vi. Me invitó a su cuarto, antes le pregunté por la tarifa a lo que contestó con la cara más de hija de puta que le había visto hasta entonces, “cuando terminemos vemos lo que te cobro”.

Entramos al cuarto y puso música, me devoró la boca de un beso, abrazando mi lengua con su lengua de una manera abusiva. Torcía la cabeza de una manera tan justa que nuestras bocas quedaban perpendiculares, permitiendo que me absorba y dejándome entrar en ella de la misma manera. Me agarró con suavidad de la camisa, sin dejar de besarme desabrochó los seis botones, me sacó el cinturón de un tirón, mientras solo me quitaba las zapatillas y las medias e imprimiendo una sensual violencia me empujó contra la cama, dejándome preparado para el espectáculo que estaba por venir.

Lorena puso música y comenzó a bailar suavemente, moviendo sus caderas de frente, luego de atrás y terminando de costado, agitándose como una serpiente… demostrándome que pronto me cabalgaría con la misma audacia. Primero se sacó la campera, dándole libertad a dos tetas tan perfectas que me costaría tiempo olvidarlas. Su abdomen chato generaba un contraste exasperantemente sensual con ese par de tetas. Mientras bailaba se las tocaba, las apretaba, las levantaba para luego soltarlas… la gravedad ejercía un movimiento al dejarlas caer tan sexy que mi hombría ya estaba en todo su esplendor, era imposible no imaginarlas sobre mí, rebotando con mecánicos movimientos.

Luego quedó de espaldas a mí y se quitó la tanga, lentamente, si flexionar las rodillas, haciendo gala de una elongación entrenada y practicada. Al bajar por completo, para terminar de quitarse la diminuta bombacha, quedó completamente al descubierto una semilla ardiente, húmeda, turgente, rosada y sin ningún pelo, tal lo imaginaba. Tenía esa forma especial, tan perfecta para mí gusto, esa que hace que al cerrar las piernas se deje ver por un huequito entre las mismas hacia el otro lado. Se bamboleaba de espaldas a mí, como perreando, y bajaba hasta el suelo. Yo no podía dejar de mirarle ese culo perfecto, como un libro cuyo jugoso nudo dentro de poco iba a penetrar con desesperación.

Se acercó como una sirena varada hacia la cama, me tomó el pantalón por las mangas y me lo quitó, luego se acurrucó entre mis piernas y me sacó lentamente el bóxer. Mi verga ya estaba a punto, latente y erecta para ella, al terminar de quitarme el bóxer, se deprendió con violencia rozándole la pera y terminando contra mí ombligo. La mano que tomaba minutos atrás el barral de la escalera, ahora tomaba mi barral y se manejaba con la sensualidad esperada mientras su boca se abría para que su lengua jugase con mi glande. Quitó su mano, y saboreando todo a cada segundo, se llevó toda mi masculinidad a la garganta, pegando sus labios contra mi pubis, mientras que sus dedos masajeaban mis testículos.

Pasaron unos minutos y con un movimiento veloz puso frente a mi boca esa semilla danzante. La devoré como una fruta madura, con la desesperación de un mendigo, mientras ella gemía y no paraba de llevarse mi verga a su boca. Con mis manos masajeaba sus glúteos firmes y torneados, podía sentir cómo sus tetas se apretaban contra mi cintura. Mientras practicábamos ese glorioso 69, ella no dejaba de bambolear sobre mi barbilla, respiraba profundo y me acariciaba entero, yo ya estaba a tope.

Húmedos los dos por completo, decidió montarme violentamente. Me tomó de las manos, las puso en su cintura, me dijo que no me mueva, que la deje trabajar a ella, mientras reía con zozobra. Se bamboleaba como una bailarina árabe, dejando estático su torso y agitando su cintura con movimientos circulares sobre mí. Mi verga ardía de placer dentro de ella y llenaba cada uno de sus espacios, mientras yo también le seguía el ritmo, haciéndola gozar de una manera perfecta.

Me senté en la cama, jamás paró de sacudirse sobre mí, mientras le masticaba los pezones ella se agarraba el pelo y se lo agitaba, sudando de placer. Yo con mis manos el abría las nalgas para llegar más adentro, lo cual se notaba la hacía volver loca. Como un buen caballero que soy, esperé que acabara primero… debo reconocer que tuve que hacer malabares para no irme primero yo.

Entonces la recosté boca abajo, instantáneamente como un gato, levantó la cola, como una montaña en medio del llano. Agitada y transpirada me gritaba “que la folle”, “que la folle duro”… Mis niveles de excitación habían superado todo lo conocido. Tantos años de pornografía española para ahora tener la más ardiente Valenciana pidiéndome que “le folle el coño”. Era una sensación impresionante.

La cogí como un perro, como un animal salvaje, penetrándola hasta lo más hondo mientras con una  mano le masajeaba las sublimes tetas y con la otra le tiraba el pelo. Gritaba, gemíamos, me pedía más, sudábamos, la embestía de una manera agresiva, casi violenta, Lorena desesperada pedía más, pedía por favor, a mí no me importaba que le diga lo mismo al que vino antes que mí y al anterior, y que se lo dijese al siguiente… y al otro y al otro. En ese momento éramos ella y yo. Continué mi fogoso trabajo, le corrí una pierna hacia arriba, abriendo al máximo sus muslos, golpeando duramente mis testículos contra su piel, entonces supe que me venía. Ella me seguía pidiendo más, un poco más por favor, estaba tan excitada que apretaba con sus manos las sábanas, miré los dedos de sus pies y observé como se contraían, si estaba fingiendo era una maestra absoluta. Respiré hondo, intentando dar todo de mí, le di más y más duro, con cada embate ella se estremecía de placer, entonces me di cuenta que estaba por terminar nuevamente.

Henchida, me verga explotó dentro de ella, al tiempo que sus labios se contraían de placer. Con un suave mordiscón en su espalda terminó mi acto, nos quedamos los dos exhaustos varios minutos, riendo como dos niños enamorados. Nos vestimos sin dejar de besarnos, aún continuábamos agitados hasta cuando nos pusimos los calzados. Ella sacó una bata que tenía en el placar y se la puso, hasta eso le quedaba sexy.

– Lorena… ¿Cuánto te debo? – le pregunté mientras la observaba como un lobo en celo.

– Volver una vez más – me contestó y me besó dulcemente.

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