Me invitaron a un velorio y no sé que ponerme

Debo advertirles que el titulo poco (o algo) tiene que ver con el desarrollo de la siguiente historia, pero como es sabido, por convención literaria la misma algún título debía tener. Aclarada esta salvedad paso a contarles lo que me ocurrió el otro día.

Resulta que, llamada telefónica mediante, me surge el (desafortunado) imprevisto de tener que concurrir a un velorio. El asunto fue que aparte de lo inoportuno del convite me encontraba en medio de una agradable charla con mi amigo Ricardo al que hacía mucho tiempo que no veía.

Ante la impensada situación le planteo a mi amigo Ricardo:

– Che loco, ¿me acompañas a un velorio? A la salida pago yo los porrones…

El amigo en cuestión me contestó:

– Te acompañaría sino fuera porque detesto ir a los velorios ajenos.

En un intento por hacerle cambiar de opinión, le insisto:

– Dale, no seas maricón si no te van a cobrar entrada…

– Es más, creo que ni al mío iría sino fuera porque es obligatorio – contestó.

– Bueno garca, espero que no pase mucho tiempo para que puedas ir al tuyo. Forro. – dí media vuelta tipo “histérica” y me largué visiblemente enfadado con la actitud de mi nuevo “ex” amigo.

Arranqué caminando despacito y con las manos en los bolsillos. Como uno de ellos estaba roto aproveché para ir sobándome un huevo un ratito mientras llegaba a mi destino. En ese momento era mi único incentivo.

Durante las 16 cuadras que me separaban de la funeraria, iba pensando en cual frase utilizaría para con los familiares del finado y cuál de ellas era la más creíble y por ende la menos pelotuda.

Se me ocurrió imaginarme un ranking sobre “que me gustaría que me dijeran a mí” o bien acordarme de lo que me dijeron cuando el trole aplastó aquel perro salchicha que tuve en la niñez. Y de ahí empezar a armar frases copadas y que estuvieran acorde con la situación.

¡Eureka! – pensé y mi imaginación comenzó a gestar diferentes situaciones de velorios en donde podría tomar ambas posturas, ya sea de parte del difunto o del visitante y así elegir la oración que mas me conviniera para salir airoso.

Para ello me basé en las frases más usadas para estos casos teniendo en cuenta en las dramatizaciones que los “Deudos” son los familiares y cercanos del finado y los “Visitantes”  los invitados. ¿Me siguen…?

Frase número 1: “Lo siento…”

Visitante: Hola.

Deudo: Hola.

Visitante: Lo siento…

Deudo: No, déjelo así nomas acostadito que está más cómodo…

Visitante:…

Frase número 2: “Lo siento, querido…”

Visitante: Buenas…

Deudo: No sé qué tendrán de buenas…

Visitante: Lo siento querido…

Deudo: Si. Era muy querido el pobre… snif…

Visitante:-  … *mira hacia los costados*

Frase número 3: “Mi pésame…”

Visitante: Holaaa. ¿Cómo vá?

Deudo: Y… más o menos…

Visitante: Mi pésame.

Deudo: “Me va a pesar”, querrás decir.

Visitante: No entiendo. ¿Por qué me va a pesar a mí?

Deudo: – Porque estaba esperando un choto que me ayude a cargar el cajón del lechón este.

Visitante: Y dale.

Frase número 4: “No sé qué decirte…”

Visitante: Buenas noches.

Deudo: ¿Qué haces flaco?

Visitante: *cara de compungido*  No sé qué decirte…

Deudo: ¿Y entonces a que viniste pelotudo?

Visitante: A ver a tu hermana. *Se arma la piñadera*

Frase número 5: “Te acompaño en el sentimiento…”

Visitante: Buenas noches. ¿Cómo andas?

Deudo: Acá andamo’ fiera.

Visitante: Te acompaño en el sentimiento…

Deudo: Dale, y de paso acompañame esta noche porque voy a estar más solo que Tarzán sin Chita.

Visitante: Pero….

Deudo: – Dije acompañame.

Frase número 6: “No somos nada…”

Visitante: ¿Qué haces che? ¿Cómo andas?

Deudo: Como el orto…

Visitante: ¿Era muy cercano el finado?

Deudo: Si. De acá a la vueltita…

Visitante: No somos nada…

Deudo: Vos no serás nada, loser, fracasado y cornudo. *Hacia catarsis de la muerte con el amigo que de onda pasaba a saludarlo*

Cuando quise acordar ya estaba en la puerta de la sala de velatorios. Me detuve dubitativo un momento. Tragué saliva y comencé a rasgar en movimientos repetitivos la suela del pie derecho sobre la tierra como un toro furioso en la arena española. No fue cábala lo que me impulsó a eso, mucho menos la superstición. Fue para sacarme los restos de una caca de perro que había pisado en la esquina al lado de una penca.

El portón de acceso me encontró divagando y me invitaba a pasar, emulando a un Hades corrosivo en las puertas del Averno. Hasta que al fin entré.

Hice un paneo general a los asistentes para ver si conocía a alguien. No reconocí a nadie. Entonces encaré para el diminuto saloncito donde ponen al féretro con el difunto. Y a ese  tampoco lo conocía.

Me había equivocado de velorio, así que me mandé al salón contiguo.

Entré escaneando caras con movimientos lentos y seguros, cual fabuloso guerrero del Taichi (hacía ya tiempo que me había prometido dejar los papelones de lado), y allí,  detrás de una corona de flores localicé al deudo conocido mío con la habitual compañía de estos lugares: la congoja.

Me acerqué en silencio y le mostré mis respetos solo con la mirada y un gesto compasivo. Este me devolvió el saludo amablemente, fue ahí cuando recordé estas palabras que alguien supo decirme una vez: “Mijito, si va a hablar boludeces mejor quédese callado”.

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