Mi amiga, la sexópata

A todas nos gusta chusmear y sacar el cuero. Todas disfrutamos de ese extraño placer basado únicamente en hablar de otros o sobretodo de hombres, por más amor que haya y por más perfecto que sea el sujeto de este amor. Todas las mujeres hablan, y mucho, cuando se juntan. Cuando nos reunimos, aparece en todo grupo de amigas una extraña división de personalidades, en donde cada una se encuadra en un sector que la cataloga como “algo” dentro de la conversación.

Siempre está la santa madre del Algarrobal, da catequesis y se ruboriza con todo indicio de doble sentido (si es que lo cacha); luego están las intermedias que no presentan una característica bien definida y suelen estar acostumbradas a todo tipo de charlas; y por último está la sexópata verborrágica de puras malas palabras. Esta última es a la que me gustaría remitirme.

A la susodicha le encanta hablar de sexo, y nadie sabe cómo hace para introducir siempre el mismo tema de conversación. Una charla de mujeres suele empezar hablando de cualquier cosa, de cómo hacerse las uñas, el color nuevo de carteras que se va a usar, el trabajo del que echaron a uno de los novios, la tía que le hizo la vida imposible a la prima, la receta de zapallitos al microondas para adelgazar y ¡BOOM! Así como de la nada la sexópata saca el tema. Sexo.

Ella adora ese tema y puede dar cátedra. Puede empezar partiendo de un embarazo no deseado por mal uso de preservativos y terminar recitando el kamasutra como si se tratara de la tabla del 2. Nombra marcas de geles íntimos y objetos que no sabés qué son ni cómo pueden llegar a usarse; te habla de cuartetos…y vos te imaginás un cuarteto de cuerdas, de pura ignorante que sos; esta personaje se ha leído todos los libros de las Cincuenta sombras y le parecen aptos para todo público… es una descontrolada de la vida y eso nos desconfigura los esquemas a las “intermedias” que vendríamos a ser yo y la mayoría de mis amigas. Nos hace parecer estudiantes de primaria de un colegio de monjas, o directamente monjas, por todas esas cosas que dice y de las que ninguna de nosotras sabe absolutamente nada.

No tiene pelos en la lengua o al menos no hay análisis que lo confirme. Habla de tamaños en variadas unidades de medida, de hombres (quizás también de mujeres), los comparte y los recomienda a las más solitarias. Sabe todo de enfermedades de transmisión sexual, cremas y ungüentos. Tiene al ginecólogo en el marcado directo del celular, seguramente entre el 1 y el 5. No sabemos si lleva una toallita por cartera, como hacemos todas, pero estamos seguras de que tiene preservativos como si se tratara de pañuelitos descartables. En fin, vive la sexualidad a pleno, comenta sobre la misma incluso frente a varones y no hay secretos sobre su vida de cama.

Ahora hay un tema. Para nosotras no es una ídola pero tampoco la anti-heroína. No es que no podamos ser como ella, sino que elegimos no ser así, y tenemos un fundamento pseudo-científico del tema. El hecho de no hablar tan abiertamente de sexo no implica que seamos ñoñas ultra inhibidas con vestigios de frigidez. Na. Nunca tanto. Somos chicas normales, de entre 20 y 30 años que son discretas en su modo de vivir la vida. Las chicas como yo, hagamos lo que hagamos, no lo contamos. ¿Motivos? Miles. No ser objeto de prejuicios de la sociedad; no ser catalogadas como la putitroli del barrio; no ser usada o abusada por nuestros amigos más aledaños por habernos creado cierta fama de fáciles; crear cierto misterio para no ser predecibles y tener algún arma para generar atracción ante los machos que realmente nos interesen; poder salir a la calle sin conocerle la entrepierna hasta al diarero; en fin, sobran los motivos.

No critico ninguna forma de vida. No digo que la mía sea de lo mejor, porque todo es relativo a las costumbres o sociedad en la que vivimos. Quizás en medio Oriente hasta yo pueda ser castigada por mostrar un poco la rodilla en mis faldas de verano y en Jamaica me consideren como la santa virgen de los barriletes. De eso no sé. Algo sí sé, y es que el sexo es puterío y que no todas las mujeres se toman esas charlas subidas de tono de la misma manera. Alguna que otra se siente ofendida porque en su casa nunca se habló tan abiertamente del tema, o alguna otra porque considerará que las cosas personales van cerebro adentro o cama adentro. Cuestión que cuando en un grupo de mujeres, o personas donde hay mujeres, hay desaprobación de unas hacia otra u otras, es ahí cuando se desencadenan los mansos puteríos y críticas en largas, tendidas y ocultas charlas del tipo saca-cuero. Estas charlas arruinan amistades, es un hecho.

No está bien visto coleccionar hombres, por puro machismo de la sociedad. Tampoco se ve como algo digno el hecho de aconsejarle a una amiga que se acueste con el que te acostaste vos. Es raro. Como si estuviéramos al borde de la rotura de algún código o línea imaginaria. Caretear chongos a veces garpa, pero si no se elige bien el público nos pueden tildar de ligerísimas de casco, como dirían las mujeres de antes. Sólo se exceptúa de todo lo dicho anteriormente a tu amiga la sexóloga, la cual tiene freepass por tratarse también de su trabajo, hobbie y ocio; todas las demás vamos a la misma bolsa de papas.

Me parece genial compartir intimidades con amigas. La única manera que tenemos de aprender sobre vida (sexual o no) es por medio de esa otra amiga que se vivió todo. Quizás la clave está en saber elegir el público, quizás con eso baste y una mujer pueda mantener su compostura y título social en línea. Quizás haya cosas que es mejor dejarlas entre paredes. En definitiva ser puta o no a estas alturas de los siglos, es una decisión puramente personal.

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