«Mi discurso para un grande: Celso Abelardo Jaker» por Marcos Valencia

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Bomur y Conep intentaban convencerme de que diga algo más llano, más simplón, pero yo estaba empecinado en mi decisión, y si Conep no hubiese caído estrepitosamente sobre la frondosa corona de calas en el velorio vencido por el sueño demoledor que le provocan las palabras de calibre intelectual, sé que habría terminado rebelándome a la decisión de los jefes escribiendo en código, desde cualquier prisión a la que me llevaran, mis propias Cartas a Olga, como un Václav Havel argentino. Juego hasta un Par de Cuatro a que la Rusita hubiese cumplido el mandato oral de hacer correr mi dolor entre los corrillos literarios por la desaparición voluntaria de Celso, pero al dispararse por el aire palabras poco comunes en comics y juegos para Play, Conep nubló inconscientemente su mente y cayó seco como un rey Juan Carlos, lo que me dio vía libre al atril que estaba junto al desdichado Celso. 

Tuve la suerte de que Conep rebotara y golpease apenas la pierna de Facsf y que este se entretuviera pintándole un sarampión de moretones en la cara ya que adelante mío solo encontré la resistencia de Don Rubén, que intentó alcanzarme con el andador, y de Don Rata y Fernet Basualdo, que todavía estaban bajo los efectos de sus anestesias etílicas de la semana anterior. Tomé el lugar del micrófono y dije veloz “quisiera decir una palabras”, y ya fue tarde. El “Protocolo para Velorios y Agradecimientos de Premios” dice que ante esas palabras hay que poner manos en la espalda, posición de escucha y quedarse quieto. Acababa de ganar la posta e iba a decir lo que sentía por mi compañero de letras. Y empecé. 

“Un día cualquiera de Agosto, más precisamente el 31 de julio…” —tengo la costumbre de generar controversias— “…Celso y yo ingresamos juntos en el panteón de los literatos mendolotudos.  Esa tarde no llovía, pero debió haberlo hecho, ya que los clásicos de la literatura y el pensamiento hicieron un hueco en el mausoleo de la verdad y la certeza. Hicieron un hueco no muy grande por lo que Celso ya supo lo que le esperaba, por esto fue que me dijo en esa oportunidad: “siempre supe que la verdad incomodaba, pero no tanto”. Este hombre sin tamiz ni Melita estaba preparado para retratar a la sociedad mendocina con la crudeza que la realidad nos confiere, sin embargo el embate de su contrario, la hipocresía, el malentendido, la densa disculpa reiterada, la pregunta a destiempo, lograron ir desgastándolo hasta el llamativo límite de un metro sesenta y algo, o menos, para mí que menos. Uno cincuenta y ocho…, por ahí.” 

“Enfrentando las adversidades, mi colega de ingreso tatuó en el espectro colectivo de Mendoza las siluetas de los personajes estereotipados de cada rincón de su provincia, la misma que de niño conociera tan bien dibujándola reiteradas veces en los mapas políticos del colegio. Su personalidad provocativa melló hasta el ánimo de Facsf, el coloso, y fue precisamente en ese momento donde empieza su mayor producción literaria. Encerrado en su casa mes y medio ocupó sus días escribiendo y corriendo apenas la cortina para ver si aún lo esperaba afuera el coloso enardecido. Sus notas salieron como dardos hacia quien intentara esconderse en las fachadas de los diversos barrios y localidades mendocin…” 

Ese fue mi discurso. No podía callar lo que sentía por Celso. No hubiese podido seguir adelante sin decir las cosas como eran, las paritarias de su moral, el ballotage de sus decisiones siempre consensuadas, en fin, la cara democrática de este controvertido postor. Cuando el sentimiento es fuerte nadie puede detenerlo. Sí interrumpirlo. Me desperté a los dos días y en un principio me dijeron que el propio Celso se puso de pie y me pegó con un bloque de mármol en la cabeza, pero después supe que el Chori Peña, con su habilidad en grada de cemento, su cintura para el deslizamiento en el paravalancha, acertó desde fuera de la capilla con una pila de las grandes en mi mentón. Después del incidente, y de comentarlo por algo más de veinte minutos, enterraron al Celso. El único momento de tensión me dijeron que fue cuando al salir nadie me encontraba, por lo que volvieron a sacar al Celso para ver si por error… pero no, yo había quedado inconsciente detrás de un macetero, abajo del atril. 

El Mendolotudo ya no será lo mismo. Ojalá Shakira y yo hayamos estado equivocados y Brian Waiss sí tenga razón, para poder someter a la hipnosis a cualquier persona común de cualquier lado, y volver a encontrarnos con la vida pasada de un grande, de Celso Jaker. 

R.I.P.

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Una ida sin vuelta de Celso Jaker

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