Mi experiencia más loca con la mujer de un tachero

Mi viejo ha sido desde siempre un eterno mujeriego; y de chico lo sufrí bastante porque no perdía la oportunidad de presentarme todas y cada una de sus mujeres como si fueran mi madrastra.

De grande al viejo se le ocurrió sentar cabeza y gracias a Dios siempre tuve la mejor onda con su mujer y familia. Raúl, el cuñado de mi viejo, era tachero, un gordo de lo más gracioso y charlatán, además de un tipo culto (bastante raro en su profesión).

Los días y las tardes las pasábamos panza arriba tomando Legui, fumando como chimeneas y hablando pelotudeces, fueron los años más felices que recuerdo.

De ese magnífico entorno, la única que me caía como el culo era Fabiana, la mujer de Raúl, una mina de 40 años, maestra jardinera y muy malagestada, de pedo si nos saludábamos. Siempre me miró con mala cara, de haber podido me escupía.

Llegó fin de año, cenamos en lo de Raúl que preparó un lechón espectacular, brindamos y a la 1 me pasó a buscar mi mejor amigo para ir a dar una vuelta. Nos chupamos todo, fuimos a lo de unas amigas, algunos besos y nada más, parecía que nos habíamos cruzado con las ultimas vírgenes de la provincia.

A eso de las 5 me pegué la vuelta para buscar mi auto en lo de Raúl, él estaba subiéndose al taxi. “Me va a atender la pelotuda de la esposa” pensé.

Golpee las rejas y si… salió Fabiana a recibirme; y a decir verdad, no se si era lo que había tomado o mi falta de acción, pero por primera vez me fijé en las hermosas piernas de esta mujer.

– Hola Fabi – dije bajando la vista.

– Hola gordito – respondió con un tono poco habitual en ella.

– ¿Me pasas las llaves del auto? – pregunté.

– Veni, pasá, buscalas.

La dejé pasar primero, y vi extasiado como la delgada tela de su falda se amoldaba a la perfección a sus carnes. Era una mujer de curvas generosas y piel pálida, con ese perfume a hembra que te sacude al instante, casi podía oler su entrepierna. Cerré los ojos y traté de sacar la imagen de mi mente.

– ¿Me acompañas con un café?

– Dale Fabi, tomemos un café. – ¡La puta que la parió! ¡Ahora se le da por ser simpática a esta pelotuda! Pensé para mis adentros.

Puso el agua a hervir y se apoyó sobre la punta de los pies para alcanzar el café, la falda se perdía en su profundo e inmenso culo. ¡¡No podía aguantar mas!! Fui al baño a echarme un poco de agua fría. Estaba apoyado sobre el lavatorio cuando ella golpeó la puerta.

– ¿Qué te pasa? – preguntó.

– Nada, estoy descompuesto.

– ¿Necesitas ayuda?

– No, ya salgo – ¡Entra hija de puta que te rompo!

Ella me esperaba sentada en el sillón, con las dos tazas sobre la mesita ratona. Estaba temblando y ella lo notó. Apoyó su mano sobre la mía y yo lentamente la acerqué a sus muslos. Me detuve esperando alguna señal, ella solo se levantó un poco mas dejando ver el blanco de su entrepierna. Se paró a cerrar con pestillo la puerta del comedor y se arrojó sobre mi.

Comencé a devorar su lengua mientras deslizaba mis dedos por debajo de su tanga. Se levantó la falda por encima de la cola y cuando corrí su tanga me encontré con unos jugosos y gordos labios que pedían a gritos que los comieran. Su sabor era tal como lo imaginé. Su perfume aún más delicioso.

Se inclinó y la penetre sosteniéndola de las caderas, ella se tomaba del pelo y se mordía los labios.

Los dos cerrábamos la boca para evitar despertar a los que dormían. Empuje fuerte y clavé mis dedos en sus nalgas, dejando morir mi pene en su vagina. La saqué despacio. Lamí su cola y subí su tanga.

Se enderezo tambaleante, se inclinó y acarició mi miembro. Me miró sonriente y me murmuró “que rico garchas pendejo de mierda”. Se paró y se fue. Yo, entre borracho, cansado y confundido no entendía nada. Me tomé los dos cafés fríos que aún estaban en la mesa. Me paré mareado, busque mis llaves y me fui.

Al otro día nos juntábamos a almorzar lo que había sobrado de la noche. Estaba toda la familia. Yo, luego de un par de Uvasal y una ducha fría, estaba más o menos pasable. Llegué a lo de Raúl con bastante culpa, pero con la alegría de aquel que ha probado lo prohibido y ha zafado de la muerte (lógicamente no se habían enterado de nada ya que no tenía ninguna llamada de nadie).

Al llegar me abrió la puerta Fabiana, una sonrisa cómplice se me dibujó en el rostro al verla… ella me miró. Con la mejor cara de sorete que tenía y un seco “hola, pasa”. Yo no entendía nada.

En todo el almuerzo no me dirigió más que sus miradas de bronca, de mal modo y ni siquiera me dijo una palabra. Cara de culo como siempre.

Cuando me estaba yendo, para dormirme una de esas siestas épicas reparadoras post fiestas, salió a abrirme la puerta. Sin decir una palabra y sosteniendo su cara de bronca abrió y se quedó esperando que me fuera, al salir me pellizcó el culo y rápidamente me dijo al oído “preparate para cuando te agarre gordito rico” y cerró la puerta a mis espaldas.

Yo no entiendo más nada.

Escrito por Rafael P. para la sección:

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