Peripecias de vivir en pareja

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Vos vivías solo, tu casa era tu mundo, el orden de tus cosas estaba basado en tu tolerancia al desorden. Tus horarios de comidas y sueño eran prácticamente cavernícolas, atados exclusivamente a tus necesidades, tenías sueño dormías, tenías hambre comías. Tu cama estaba desordenada marcando las curvas de algún cuerpo que pasó el fin de semana… quizás ni su nombre recordabas. La decoración de tu mundo era digitada por vos, desde aquellos cuadros de bandas de rock, hasta giladas para fumar yerba como adornos decorativos. En el placard de tu habitación descansaba amontonada tu ropa, tenías espacio de sobra para dejar cada pilcha en su lugar, el placard de la otra habitación… esa que usabas de oficina o de aguantadero de amigos, estaba destinado a porquerías varias, como artefactos tecnológicos (y sus respectivas cajas), ropa inútil, recuerdos obsoletos y estupideces que nunca usas, como una carpa, un casco de moto y unas zapatillas de treking… en fin, a falta de despensa bueno era ese placar.

Pero un día… un día apareció ella. La primera vez que la invitaste a tu casa ya te sabías no solo su nombre, sino su apellido, su domicilio, su sabor de helado favorito y el nombre de la escuela primaria a la que iba. Algo estaba pasando. Desde el primer encuentro sexual en tu cama, ordenada, con sábanas limpias y perfumadas, hasta ver el cepillo de dientes de ella en tu baño pasaron solo cuatro meses… cuatro meses de ese perfumado tiempo “color de rosas”, el de las cosquillitas y los nervios, donde nada te importa más que ella, donde darías tu vida por ella, donde dejarías todo por ella, donde ella es tu mundo, donde ella es todo… hasta que pasan esos cuatro meses… y te das cuenta de la realidad: La tenes adentro… adentro de tu casa, digo.

Al principio todo te parece la gloria, llegar y ver las cosas ordenadas como cuando vivías en la casa de tus viejos, la vajilla en su lugar, los ambientes aireados, la cama armada, los pisos limpios, el baño perfumado…. todo hermoso. Hasta que ella con su mejor cara te dice “muñeco… la casa está en orden, ahora es tiempo de organizarnos un poco porque yo soy tu novia, no tu esclava”. Entonces es momento de sumarle obligaciones a tu vida fuera del trabajo, algunas como “vos lavas al almuerzo yo a la cena, vos limpias la cocina yo el baño, vos regas las plantas yo paso la gamuza, vos lunes, miércoles y viernes, yo martes, jueves y sábado”… entonces, como pasa esa “época color de rosas”, poco a poco va pasando tu cara de feliz cumpleaños.

Ahora una vez por mes tenes que ir al supermercado, a comprar cientos de cosas que jamás pensaste usar, de pronto se cuatriplica tu presupuesto en alimentos. Hasta frutas y verduras hay. Lo bueno es que comes sano y tu menú ya no se limita a hamburguesas y salchichas, lo malo es que sale caro.

Un día tus siete cuadros rockeros se reducen a uno… el más colorido, justo el que menos te gustaba y son reemplazados por esos cuadritos pito tipo cuatro en uno en distinto nivel y una foto instagrameada de vos y tu novia en sepia. Otro día ves cómo tus adornos marihuaneros no son solo quitados de lugar y reemplazados por floreros y dispensers de perfume, sino que son colocados en una caja a la voz de “hace algo con esta mierda porque no puede ser que todos los que vengan crean que somos dos fumones”. Ya no podes poner los pies chivados arriba de la mesa ratona mientras jugas a la Play porque la señorita le puso un mantel azteca y caro que se puede arruinar con tu olor a muerto… es más, te compro talco, si ¡talco! A vos… al macho cabrío que creía que esa bosta era solo para el culo de los bebes. De andar en pija ni hablar… “flaco, me gustas mucho, posta, pero verte en bolas todo el tiempo, con eso fláccido y a la fuerte luz del día me la baja bastante”… y tiene razón.

De pronto aparecieron plantas de interior (y exterior), cortina para el baño, alfombra para que te limpies los pies al entrar, perchas, canastos para la ropa sucia, un lavarropas, bolsas de residuo y cosas para limpiar los platos con más eficiencia. Además de condiciones extrañas como “si te compras la Play 4 nos compramos un lavavajillas” o “y sin en vez del led 3d nos compramos un sillón nuevo”.

A la quinta juntada con los pibes, los cuales dejan todo como si la Niña, el Niño y los tres Chanchitos hubiesen pasado, rompiendo vasos, platos, meando fuera de la tasa, te plantean cambiar “a veces” de punto de encuentro… lo cuál se convierte en en un “nunca más” luego de dos semanas. Ni hablar de que haga las veces de “telo” de los pibes… lo hiciste una vez y casi dormís afuera.

Al cabo de unos meses llegas y ves varias cajas y bolsas de residuo en el comedor… “amor, tira las cosas que no uses y lo demás llevalo a tu vieja que me traje todo de mi casa y use el placar de la otra habitación para mis cosas”. Entonces con nostalgia te tenes que desprender de las revistas porno de tu infancia, de la carpa, de la bolsa de dormir, del juego de tejo, del Nintendo, de la ropa de fóbal de los noventa y si… de todos los cacharros para fumar porquerías. La nena necesita un placard para ella…. ojo, esto no quiere decir que el de la pieza sea el tuyo, sino que la mitad del de la pieza está para vos, la otra mitad para ella y toditito completo el de la otra habitación en su haber.

Cansado una tarde entras a tu casa y sentís voces… bha, la voz de ella sola, crees que hay visitas, pensas quién podría ser… hasta que escuchas un ladrido y de pronto aparece el Tobi a gruñirte… como todo puto caniche. Si papá… te endoso el perrito. El Tobi te odia, no le podes hacer ni muecas, caga en todo lados, pisas su meada todas las veces y para colmo de males te masticó el cable HD de la Play y te destrozó las pantuflas de oso que te había regalado tu madrina. “Al cabo que eran un espanto” concluyó tu amorcito.

A los seis meses tu mundo ya no es más tu mundo, es el de ella y el Tobi y vos sos un simple habitante, su súbdito, cumpliendo obligaciones que no querías asumir y tareas que no pensabas hacer… ahora si la tenes adentro, bien adentro. Y sin embargo… sos feliz.

Conclusión… cuando deje el cepillo de dientes… ¡rajala no seas boludo!

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