Simples, sin alas, tampoco perfume. De tamaño normal

Era urgente, para hace cinco minutos. “Simples, sin alas, tampoco perfume”. De tamaño normal”…Toda una sentencia escrita en un papelito. Un manifiesto irrefutable. Era domingo, era la siesta y llovía. Una lluvia conchuda, gotas finitas, cínicas y crueles. La tarea no era fácil, un acto que podría haber sido cotidiano, normal, se transformaría en un imposible. Encima en la TV Pública jugaban el Rojo de mi corazón y Lanús.

El sacrificio iba a ser épico, pero valía la pena la patriada, si no tendría que purgar castigos inusitados. Todos los negocios estarían cerrados, eso lo sabía de antemano. En la calle solo había náufragos y yo. Pensé en las posibilidades y decidí ir por lo más obvio: El Paco, El Paco está abierto siempre. Caminé bajo la lluvia las cinco cuadras y estaba cerrado. La lluvia se hizo más conchuda. Barajé las siguientes probabilidades, todas inciertas, lejanas. Estaban el bolichito de la rotonda del Metrotranvía; la despensa que tiene los malvones en latas en la puerta, en el barrio Municipal; la señora bizca cerca del supermercado, que vende las cosas a precios exorbitantes (creo que el hecho de ser bizca hace que duplique los precios), el misterioso del barrio TAC, siempre en la oscuridad de su negocio tras las rejas, al que nunca le vi la cara, solo las manos huesudas. Todos cerrados, absolutamente todos.

“Simples, sin alas, tampoco perfume. Tamaño normal”. Si no conseguía lograr ese mandato iba a ser mi perdición, un cadalso con mucho amor. Había caminado cuarenta minutos bajo la lluvia conchuda, me había perdido el primer tiempo de Independiente y Lanús. Desazón total. Entonces, del más recóndito lugar de mi memoria, llegó la respuesta: El 24 Horas; mítico negocio cercano al puente Olive, a unas diez cuadras. Era eso o nada, una especie de día D. La victoria o el fracaso.

La lluvia era una conchuda total.

En una casa escuchaban el partido a todo volumen y me enteré de que el Rojo iba perdiendo y la puta que lo parió. Las señales no eran alentadoras pero no podía cejar en mi empeño. El momento de la verdad se acercaba a cada paso. Estaba abierto, el 24 Horas estaba abierto. Sin embargo no había que celebrar antes de tiempo.

“Simples, sin alas, tampoco perfume. De tamaño normal” eso decía el papelito y con eso tenía que volver, solo con eso; ninguna variación era aceptada, me lo habían dicho categóricamente, con palabras sencillas aunque amenazantes en lo que  podía deparar el futuro. Entré al 24 Horas y estaba lleno de gente y un domingo a la siesta y con el Rojo jugando y la lluvia conchuda. Saqué número y me dispuse a esperar. Cuando me llegó el turno, decir esas palabras que me sabía de memoria… “Simples, sin alas, tampoco perfume. De tamaño normal”…me causó un pánico pudoroso, no las podía pronunciar al verme rodeado de tanta gente desconocida. Vergonzosas se agolpaban en mi boca y se quedaban ahí, temblando. Entonces, sin otra opción, le pasé el papelito a la señora que atendía. Con cara lo miró de sorpresa y luego me miró a mí, comprensiva y risueña. Se dirigió a un estante y sacó un paquete de un amarillo glorioso y me lo trajo. Ahí estaban, toallitas higiénicas simples, sin alas, sin perfume y de tamaño normal.

La paz estaba asegurada. Me habían cobrado una pequeña fortuna, había caminado bajo la lluvia conchuda casi una hora y media, me había perdido el empate del Rojo, pero las mieles del éxito lo valían todo. Cuando llegué y le dí el paquete a mí Negra ella lo recibió con frialdad, pronunciando un lacónico: Conseguiste, bueno. La conquista me había convertido en un héroe. A pesar de la indiferencia y la frialdad ante mi periplo sabía que el esfuerzo iba a dar sus frutos, o por lo menos una tregua.

Cada 28 días se acerca la tormenta. Una tormenta que es un cúmulo de hormonas, que nosotros, los hombres, no podemos comprender por nuestro estado mental básico permanente. La mujer, en cambio, es más intrincada, laberíntica; y gracias al Universo por eso. Una tormenta que no es necesariamente de malhumores, insultos o llantos; dolores de pelvis y ovarios, con el plus de la incomodidad total de sentirse hinchadas. Es una tormenta de sensibilidades.

Una mujer menstruando te da escalofríos solo con la mirada, te deja chiquitito, entonces debes acatar el momento y estarse callado y ser  invisible. Jamás intentar “alegrarlas”. No hay que cometer el error que cometió un servidor al decirle a mi Negra, cuando estaba menstruando, que una vez en un bar de vampiros, donde solo admitían vampiros y solo se bebía sangre a roletes, entró un desconocido. Se quedó parado en la puerta, desafiando las miradas inquisidoras y el silencio incómodo. El recién llegado caminó decidido hacia la barra, se acomodó, y, ante el estupor general, pidió una taza de agua caliente. Entonces, cuando estaba a punto de ser mordido en el cuello, sacó un tampón usado, lo introdujo en el agua caliente y dijo: Me tomo cinco minutos, me tomo un té. Decir esa estupidez me costó, me cuesta y me va a costar recriminaciones hasta el fin de los tiempos. Lo acepto, no fue un comentario atinado y fue peor el remedio que la enfermedad; por eso siempre el silencio y la invisibilidad. Hay que esperar que amaine la tormenta.

Las mujeres sufren, estoicas, dolores que los hombres no podemos ni imaginar; paradigma de ello es el parto, una vez vi el video de un parto y no pude entender cómo era posible, algo tan grande por un lugar tan chiquito, después me desmayé. Hay que tener entereza para saber que cada 28 días, aproximadamente, van a sufrir dolores, incomodidades y vaya a saber uno cuánto más, mucha fortaleza.

Esta tormenta no es dañina porque puede ser  atemorizante; pero siempre pasa y nos deja el suelo fértil, amable. Y nos devuelve a una mujer hermosa, resplandeciente. Entonces glorifiquemos a la menstruación, generadora de mujeres diosas, más aún. Por eso cuando la Negra  me pasa un papelito que dice: “Simples, sin alas, tampoco perfume. De tamaño normal” me da una especie de alegría asustada, porque sé que va a ser una semana de mudez,  invisibilidad y mar picado, pero cuando pase será el Paraíso con flores naciendo por todos lados.

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