Tinder y una salida que no olvidaré jamás

Tinder es la salvación a mi bolsillo, si soy un «ahorrista empedernido», una rata preñada pueden decirme también, pero considero que noviar es un gasto, a esta altura de mi vida.

Lo acepto, soy muy tímido al desprendimiento del dinero y en la tierra del sol y del buen vino, todo es costoso. Hasta una simple botella de agua mineral te la cobran como si fueran los botines que usó el Diego en la final del ‘86.

Encuentro horroroso el hecho de ir a cenar a un lugar sofisticado, pagando fortunas por algo que quizá, termine en la nada. Es mucho el riesgo monetario, ni hablar visitar una bodega para rezarle a un añejo malbec que te ayude a ligar el match.

No obstante, para estos casos, siempre uso mi frase defensiva y honestamente brutal:

«Esto no es Instagram, acá buscó pasión y no las cursilerías de los novios», con todo respeto para aquellos que encuentran en la aplicación amistad, compañía, su medio corazón o la razón de sus vidas.

Al descubrir el poder “tindereano” mi vida económica cambió for ever, fue el verdadero clic. Conocí un mundo de pasiones desenfrenadas con costo cero, de sexo sin gastos, sin complicaciones ni bombones.

Amarnos un buen rato dejando lo encarecedor de lado, dándole valor solo a lo que me gusta, aliviar el deseo corpóreo sin pensar en un futuro, fumando solo el presente, esculpiendo momentos perfectos, comiendo del fuego de nuestras miradas y bebiendo del sudor de nuestras carnes conjugadas.

¡Bendito sea el creador de esta tremenda tacañería, de esta maestría sin inversiones, de esta aplicación sin fines de consumo!

Recomiendo fervientemente esta red social, si sos mezquino. Allí se te alinean los planetas de la austeridad, si jugás bien tus fichas podrás dominar el arte del amor pasional no material, de hallar amantes sin colgantes.

Perdón me puse en modo fanático de lo que considero mi estado civil. Pero vayamos a lo estrictamente conmovedor, frase que leerán mucho en mis relatos, por cierto, ja.

***

Corría un cálido día de noviembre, el exacto match desencadenó en mí una revolución hormonal, una corriente de vigor me electrificó por completo, venía de mala racha y la protagonista de este post aparentaba ser quien rompiera la desalineación planetaria.

Allí estaba ella, una morocha digna de ser apreciada, cabellos negros, sonrisa de publicidad dental, figura atlética y sensualidad equilibrada, con esto me refiero a que no mostraba un estilo provocador ni tampoco mojigato.

Como suele suceder en estas aplicaciones, el poder de la escritura es un 70%, por más que seas un seductor nato en las calles. En Tinder si no colocás bien tus letras, las líneas precisas y el humor sarcástico es una remada en el barro.

La charla virtual fluía de la mejor manera, la química se trasladó al teclado, los textos se fusionaron como besos, todo parecía mecánico, constante y verdadero. Después de unas semanas de desmenuzar nuestras vidas, se produjo lo inevitable, la tan ansiada salida «tindereana».

El lugar de encuentro fue un café, llegué unos minutos antes para marcar el terreno, elegí un rincón, una esquina aislada de la concurrencia. La privacidad y el ambiente es clave a la hora de cerrar la venta, perdón a la hora de cerrar la salida.

El tiempo se detuvo, el aire se espesó, la mujer que había entrado en mi cabeza por semanas irrumpió con su andar firme y seguro.

Pero antes quiero contarles sobre el último chat, el que presagiaría el desenlace de esta salida, “ella”, la cual no nombraré porque no recuerdo su nombre siquiera a esta altura, escribió textual: “Yo soy muy distinta personalmente, muy tímida, exageradamente tímida.”

Prosigo con el relato, ya en el café, mis palabras se fueron juntando, mi oratoria no paraba de cubrir huecos. Silencios extremos se formaban una y otra vez ante una mujer que no emitía palabras, “era una perfecta monosilábica”.

Su risa era una mueca, la timidez la bloqueaba por completo, el entusiasmo, las ganas, la expectación y las ilusiones se fueron al mismísimo diablo, todo lo devoraba su mutismo absoluto.

En un intento por escuchar su voz, le digo:

A partir de ahora me tomo el café con tu presencia ausente, yo no hablo más, pregunta lo que quieras”, a esa altura no entendía nada. Sin pensarlo me dediqué a comer unas medialunas pausadamente, con la esperanza de que llegara “la pregunta de tres palabras al menos”. No obstante sus cuerdas vocales permanecían petrificadas.

Ante la inesperada situación, ni bien vi al mozo, rompí mi huelga de silencio con un “la cuenta, por favor”. Me levanté con la desilusión materializada y la frustración hecha carne. No tuve otra alternativa que desaparecer y abandonar a ese “montón de ganas” que me había convertido aquella auténtica silenciadora de momentos.

Y vos… ¿qué hubieras hecho en mi lugar?

Escrito por Messiánico (Instagram @messi_anico) para la sección: