Tome pin y haga punk

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Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”

Nicolás Maquiavelo

En tiempos primordiales existía un rasgo de tiranía que se llamaba Servicio Militar o Colimba; consistía en servirle, en forma lacaya, al Ejército Argentino a cambio de flexiones de brazos, abuso sicológico y mucho yerbeado. Todos los años, los jóvenes del país que tuviesen 18 años eran sorteados para hacer el Servicio Militar. Ese año me tocaba a mi, cosa que me tenía preocupado. Mi número de sorteo era un lapidario 860 que me acercaba a la Marina o quizás la base Marambio. La situación no era prometedora, era un horizonte oleoso con un amanecer hecho con un foco de 60 W. No solo le tengo un miedo irracional a las armas de fuego sino también que la disciplina y la filosofía militar están en las antípodas de mi vagancia crónica y mi libre pensamiento de izquierda generado por la comodidad de mi casa.

Eramos miles de jóvenes, desconcertados, empequeñecidos y aterrorizados frente a varios oficiales, que me resultaban crueles y ladinos, con su bigotes musculosos, sus ojos de Ray Ban espejados y sus uniformes camuflados. En forma eficaz nos dividieron en grupos manejables y ordenados. Como una manada de ovejas nos fueron arreando y así empezamos a mover los engranajes de la máquina de moler carne. Se empezaron a armar subgrupos. Vaya uno a saber por qué afinidades se reagrupaban casi inconscientemente. Algunas eran evidentes: porque usaban mocasines, porque tenían un ferviente deseo de entrar al servicio, por amigos en común, por miedo. Yo decidí quedarme solo e intentar hacerme invisible. Hubo un grupo en particular que me llamó la atención, tenían el pelo cortado cual skinhead, pantalones de jean rotos por todos lados y actitud de James Dean en “Rebelde sin causa” Eran tres, uno tenía una remera con la estampa de Sex Pistols y la frase «No Future» , otro con una que decía Dead Kennedys y el tercero, un petiso con la cara llena de marcas de viruela, una remera con la cara de Sid Vicius. Este era una especie de líder, ya que los otros dos lo trataban cómo a alguien con mucha autoridad, y lo llamaban el Podrido con un respeto reverencial. El resto de los futuros soldados de la Patria evitaba a este grupo de punk, que parecían salidos de un recital de los Saicos, el Podrido canturreaba ha muerto el gato mayor mientras caminaba con actitud amenazante sin temor a los hombres de verde ni a los FAL. Por mi parte solo aspiraba a no pasar la revisión médica que se hacia en la base que está en la calle Boulogne Sur Mer. Era realizada por varios aspirantes a Menguele y consistía en un serie de análisis: odontológicos, oftalmológicos, radiografías, extracción de sangre y como corolario un examen general, esta última parte desnudo frente a otros cien en la misma situación.

Fueron pasando los exámenes en forma muy lenta, con una burocracia militarizada y un continuo acoso verbal de esta gente con uniforme hasta en el cerebro …Vamos ciudadano, apúrese que acá no está su mamá…Vamos pedazo de mierda… ¿Ustedes son el futuro de la Patria?Me llamaba la atención el desdén con el que usaban la palabra ciudadano. Primero el dentista, que miraba sin ver los dientes de cientos diciendo mecánicamente: Está bien. Luego, después de tres horas esperando bajo el sol, venía el turno del oculista, quien con una linterna nos miró los ojos vaya uno a saber con que intención.

Mientras se desencadenaban esos hechos la figura del Podrido fue tomando más preponderancia entre los posibles conscriptos. Fue creando un mini reinado del terror, solo con su presencia, su tarareo entre dientes de ha muerto el gato mayor y su cara llena de huecos. Una mirada furibunda le servía para abrirse paso entre la multitud sin decir mientras sus dos laderos lo flanqueaban prestos a repeler cualquier agresión, que obviamente nunca vendría.

Luego de que nos salieran raíces de tanto esperar nos radiografiaron con una máquina que creo que era tan nociva como un reactor de Fukushima. Y seguimos esperando unas horas más hasta que nos llamaron para el examen de sangre que consistía en un pinchazo con una aguja de cuya esterilización dudé y practicado por una persona muy parecida a Mr. Hyde con delantal blanco de Dr. Jeckill. Uno a uno íbamos pasando a una salita con la pintura de las paredes descascarada y una camilla con patas endebles y un tapizado con manchas ignotas, de las cuales no quería saber su procedencia. Después de un doloroso instante Mr. Hyde sacó la aguja y con su manos bestiales me puso un algodón en la pinchadura de la jeringa en donde se estaba formando un hermoso hematoma. Le tocaba el turno al Podrido, noté en su mirada algo raro, una especie de debilidad, de temor. En cuanto Mr. Hyde acercó la aguja a su brazo el Podrido puso los ojos en blanco y cayó láxamente desmayado junto con la imagen que había logrado de punk peligroso y furioso. Los demás, después de un segundo de estupor, esbozaron una sonrisa primero y luego estallaron en una carcajada, mientras Mr. Hyde intentaba reanimarlo. Los laderos del Podrido se miraron entre ellos y cómo por arte de ilusionismo desaparecieron de su órbita. Las apariencias engañan me dije mientras el moretón en mi brazo crecía exponencialmente y las burlas hacia el punk venido a menos asediaban. La estampa de Sid Vicius en su remera se moría de vergüenza ajena.

Y así fue la caída del corto reinado del terror del Podrido, encima no se salvó de la colimba ni de la vida, porque lo vi hace poco vestido con saco y corbata, con su cara llena de huecos, un maletín lleno de seguros por vender y el estigma de haberse desmayado cuando intentaron sacarle sangre mientras tarareaba ha muerto el gato mayor.

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