Una noche de placer en Cacheuta

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Nos conocimos en una juntada con amigos de esas que van todos en pareja, menos dos. Carrizal, fernet, anécdotas y esas cosas.

Y llegó… Alto, ojitos azules, frente amplia, rubión, 30 añitos y su auto blanco. No vamos a decir “Oh que lindo que era” pero tenia algo, no podía dejar de mirarlo… su sonrisa blanca y perfecta tal vez, o esas patitas de gallo cuando se reía… si me encantaaabaaa.

Cruzamos muy pocas palabras, pero las necesarias para quedar en vernos a la noche. Él, más o menos sabía donde quedaba mi casa, pero no la altura. A la hora pactada sonó una bocina. Era él. Estaba por salir y pensé: ¡Ay no!, él seguro estaba acostumbrado a salir con chicas de esas que van vestidas onda desfile hasta para ir al kiosco de la esquina, y yo estaba de jeans, remerita (la mas bonita) y unos zapatitos… ¡re simple! Tarde te acordaste de tus complejos Murray, ya está afuera. Subí al auto. Impecable. Olorcito rico, ni una tierrita por ningún lado, ordenado nos saludamos y me dice:

-“Previamos en el parque así lo esperamos al Fer, y después nos vamos ¿te parece?

– Dale, ¿compramos algo para tomar? – miró para atrás y dijo – Yo traje. Heladerita, hielo, un fernet y dos cocas. La idea en principio con Fernando, un amigo en común, era salir a bailar; era miércoles y en esa época se ponía Apeteco.

Llegamos al parque, auto de trompa al lago, música… preparé los tragos, uno normal para él, y uno cafecito como es tradición de los Murray. “Ah sos tímida” me dijo él, (dejame que te atienda chiquito, pensé) “vos trajiste todo, mínimo que te los prepare yo” le contesté. Y empezamos a charlar de su vida, la mía, proyectos, ideas a futuro, familias y esas cosas. Sin darnos cuenta ya nos habíamos tomado un par de vasitos, eran las tres de la mañana y de Fer ni noticias. No me quería ir a mi casa, y no daba hacer puchero. En eso me dice: ¿y si vamos a Cacheuta? A Cacheuta… Dije, ¡y daaaale!

Camino a la montaña, madrugada de jueves, hermosa luna (supongo, la verdad que ni miré la luna) a todo esto ya habíamos charlado de todo, desde cosas laborales, hasta las malas relaciones con algunos familiares. Yo lo miré y pensé en mi ignorancia y corta experiencia hasta ese momento “no charlas tanto con una minita si es una garchada y nada mas”… pintaba mas para una linda amistad. Y le dije: Che, ya que pinta una amistad, ¿me puedo poner cómoda? Este corpiño me está matando… (Eran las tres de la mañana pasadas, íbamos camino a la montaña, noche de enero, yo media entonada, ¡mira que no iba a probar suerte!) “¡Si, ponete cómoda!” Desabroché el corpiño y lo dejé atrás, recliné el asiento, me saqué los zapatitos y relajé mis pies en el tablero. (Nunca pero nunca hagan eso a un amante de su auto, a menos que improvisen y les salga como a mí)

Llegamos a destino. Caminamos por ahí, miramos las estrellas y nos volvimos al auto, pero esta vez me senté del lado del conductor. Nos estábamos contando esas malas experiencias sexuales que pasan a ser anécdotas, chochos selváticos, pitos chicos, frígidas, precoces y que se yo. Y en eso se da cuenta de que en el tablero, habían quedado mis huellas de talco marcadas… “Noooooooooooo”, pensé yo… que vergüenza. Puse cara de yo no fui y me dice:

– ¡Che, mis sobrinos hacen menos lío cuando se suben al auto! Entre la heladerita, el envase de la coca, tu corpiño y tus pies pintados ¡juraría que es tuyo el auto!

– Bueno che, tanto lío por un poquito de talco, (dije minimizando la situación); me saco la remera y te lo limpio si querés…

– A que no te da.

Chan, me desafió. Me saqué la remera la hice un bollito y le limpié el tablero. Ahí está, le dije. Mis tetas redondas y de pezones rosados lo invitaban a tocarme. Las miró, me miró y me partió la boca de un beso. Reclinó mi asiento y el suyo mientras yo me desprendía el jeans. Levantó mis piernas y las llevó hacia el, me sacó el pantalón con bombacha y todo y lo tiró al asiento de atrás. Con su mano izquierda levanto mis pies dejando mis rodillas cerca de mi cara, puso su remera en el asiento y la empezó a besar, la chupaba toda… los labios juntos, los separaba, de arriba hacia abajo, hacia movimientos circulares con su lengua, y su barba rasposa hacia maravillas en mi concha depilada a cero. Metió un dedo, dos, los sacaba. Ya estaba empapada, pero quería jugar yo también, me acomode en el asiento y me dispuse a tragarme ese pedazo de carne revestida de piel, que desnude con mi mano, y con la boca muuuuy húmeda y tibia me metí de manera bien lenta esa cabeza perfecta. Esa pija era un hierro, bien parada, bien llena de sangre, una cabeza proporcional y muy suave, un placer para mi lengua. Haciendo un juego entre mi boca y mano, subiendo y bajando al unísono. Le agarré la mano y la puse en mi cabeza para que él guiara el ritmo. Le quería chupar la pija hasta que la butaca se le metiera por atrás. Me agarró la cara y me corrió para atrás, “dale que ya estoy” me dijo y me recostó, quedé en diagonal a la posición del asiento, volvió a poner mis rodillas cerca de mi cara, se acomodó encima de mí y la metió. ¡Que poronga mas dura por favor! Esa noche sentí que le dio esa forma alargada que tienen todas las conchas, hasta el momento la mía era de las redonditas… esa noche mis labios estaban hermosamente hinchados y él sucumbía sin problemas. Se metía tan adentro que sentía una especie de tope que antes no había sentido…

Tuvimos tan buena previa que yo ya estaba, dos minutos más y le ganaba. Mientras pensaba eso se me adelantó. Clavó un par de bombeadas más de esas del tipo “te voy a sacar petróleo de adentro”, de esas que empujan que parecen que, o te sale la pija por la boca o se te explotan los ojos. Medio que me estaba muriendo… ¿Dónde la querés?, me preguntó. No me acuerdo si respondí, creo que no… se salió y acabó en su mano.

Así estaba yo. Nula. En blanco. No sabía que pensar, si “que buena cogida”, “me mató”, “nunca más”… u “otra vez”. Claramente era la primera vez que la ponía en un auto (yo, obvio). No llegué a acabar pero no me molestó, seguía pensativa… quería mas…

Nos limpiamos, nos vestimos. Yo no decía nada, estaba con una sonrisa. Me preguntó “¿acabaste?, le dije que si, si me creyó o no, no se. Ordenamos un poco el auto, tiramos el contenido de los vasos y nos fuimos.

Cuando me desperté estábamos en la puerta de mi casa. Me había dejado de cama, el cortito de mayor calidad recibido hasta el momento. Le di mi número, nos despedimos con sonrisas, un raro beso en la mejilla y se fue.

De más está decirles que si sé algo de sexo, lo aprendí de él, y de las mil una noches que secundaron la de Cacheuta. Y que hasta el día de hoy no deja de sorprenderme.