Vida en versión demo

A muchos nos ha tocado alguna vez lidiar en nuestras computadoras con un programa en versión demo, también llamado «trial», «de prueba» o «garpalo no seas rata». Programas que te permiten usarlos pero sin poder guardar lo que has hecho, o que sólo te dan unos días para que veas lo genial que es y luego lo pagues, o que te revientan el monitor con anuncios molestísimos, práctica empresarial poco menos acosadora que un matón de Morosos Incobrables persiguiéndote entre las góndolas del supermercado para preguntarte por qué gastás plata en comida cuando le estás debiendo a alguna empresa usurera, explotadora, evasora o híper contaminante.

Esta es la historia de un muchacho que padeció en carne propia el summum de la versión demo. Se trata Agustín Rana. 23 años. Estudiante de Sistemas en la UTN. Solía usar jeans poco ajustados, barbita en el mentón, lentes y zapatillas deportivas (aunque obviamente no hacía deportes). Un viernes por la noche, Agustín se fue temprano del cumpleaños de un amigo bajo el pretexto de tener que levantarse temprano para estudiar; lo cierto es que se iba porque no le gustaba la música que habían puesto (un mix de cuatro horas de cumbia pop 2016) y, principalmente, porque quería jugar un videojuego que había dejado descargando todo el día en su PC.

Al llegar a su casa se dirigió a su habitación, prendió su computadora e instaló el tan aclamado League of Lerners (juego inspirado en Alejandro Lerner y secuela del Hernán y La Champions League of Legends), cumpliendo todos los pasos para obtener el juego en su versión completa sin pagar un sope, bien pirata como Dios manda. Tras la exitosa instalación se sirvió unas papas Día, algunas papas Bergoglio, una papa Roachy una Sprite; apagó las luces, se puso sus auriculares grandotes y abrió el juego dispuesto a pasar la madrugada más zarpada de su trimestre.

El juego tenía una presentación espectacular, gráficos majestuosos y un sonido insuperable. Agustín jugaba con la dopamina al palo, hasta que de repente ¡¡¡CHAN!!!, un infame aviso que rezaba «Usted está usando una versión de prueba de League of Lerners. Para disfrutar de la versión completa introduzca la clave de activación que le enviamos a su correo electrónico junto al comprobante de pago». Obviamente Agustín no tenía esa clave, ni había pagado los 300 dólares que costaba dicha clave. Jugar el juego en versión demo implicaba sufrir cada 20 minutos una interrupción que mostraba a un Alejandro Lerner en 3D cantando «volver a empezar… que no termina el juego, volver a empezar… que no se apague el fuego», tras lo cual se perdían todos los progresos logrados y se volvía al inicio, hecho que, según los foros especializados, ya había llevado a la más extrema locura a al menos doce gamers en todo el mundo, uno de las cuales se ahorcó dejando una nota que decía «después de esto ya no hay nada, ya no queda más nada, nada de naaaada (así con las «aaa» bien finitas)».

Agustín se había comido el viaje, el juego era muy nuevo y había usado el único link de descarga que encontró. La manija del vicio se impuso sobre su experiencia en internet y la posterior frustración lo dejó más embroncado que metalero cuando le dicen que su música es puro ruido. Furioso, comenzó a azotar los muebles de su habitación. Cada tanto dejaba de golpear cosas para manotear unas papas Día y seguir expresando su enojo contra los muebles. «¡Loconchoesumodre loco! ¡loconchoesumodre!» decía masticando y escupiendo migas de papas por toda la pieza.

Cuando se calmó un toque, Agustín recordó el capítulo de Los Simpsons en el que Bart invocaba a Satanás para tener un Fórmula 1, entonces dijo en voz alta «vendería mi alma por poder jugar este juego ahora mismo», suponiendo que, obviamente, no pasaría nada (aparte de quedar como un desquiciado). Pero al decir estas palabras hubo una repentina explosión de humo, como de película hollywoodense, sólo que en este caso el humo olía a caucho quemado y en vez de aparecerse Satanás se apareció… Eh, bueno, sí, era Satanás también, pero tenía forma de Hugo Moyano. Un Hugo Moyano con la piel roja, el pelo rosado y una cola puntiaguda.

—¡¿Moyano?! —gritó Agustín, asustado.

—Seh, algo así…

—¿Cómo que «algo así»? ¿Usted es Hugo Moyano?

—En realidad me llamo Belcebugo Moyano.

—¡¿O sea que usted es el diablo?!

—Y sí pibe, el diablo tiene que ser hábil para negociar, y ya que soy el mejor negociador de paritarias, no veo por qué no podría ser el diablo…

—¿Y por qué tiene la piel roja?

—Y… No por nada soy presidente del Rojo Rey de Copas…

—Bueno sí, tiene sentido…

—Bueno basta de preguntas. Mirá yo si querés te doy la clave, sólo tenés que firmar estos papeles que dicen que me das tu alma y quedás afiliado al Partido Justicialista desde ahora y durante tus próximas tres vidas.

—Fa, si se entera mi viejo que es radical me caga a palos.

—Problema tuyo, firmá o me tomo el palo.

—Bueno está bien…

Agustín tomó una lapicera y firmó 30 hojas de un contrato con Camioneros From Hell, una especie de gremio con sede en el inframundo dirigido por Moyano. Como suele pasar, Agustín no leyó nada del contrato, él solo quería viciar toda la noche. Una vez firmados los papeles, Belcebugo Moyano, supremo emperador de los camiones y la oscuridad, le anotó la clave en un papelito y se fue. Durante las próximas horas Agustín vivió una de sus mejores noches jugando al League of Lerners.

Durmió poco, se levantó a las 10:20 de la mañana siguiente y se preparó un café. Al rato de empezar a tomarlo notó que éste había perdido por completo su sabor, quedando convertido apenas en oscura agua caliente. Esto le llamó la atención pero no le dio mayor trascendencia, solo lavó la taza y se cambió para ir a cortarse el pelo a Peluquería Marcelo’s. Al llegar, saludó a Marcelo el peluquero y le pidió que lo deje «casi rapado».

—Todo listorti —dijo Marcelo al terminar el corte—, son $400.

—Che pero te olvidaste de cortarme acá —le dijo Agustín mientras se tocaba una desprolija franja de pelo que todavía le quedaba arriba de la frente.

—Ah no, eso no te lo puedo cortar…

—Jaja ¿cómo que no? ¿me estás cargando?

—No, disculpame pero no te puedo cortar esa parte.

—Eh… Pero Marcelo, hace seis años que me corto el pelo con vos y ahora me dejás este mechón suelto acá que da asco. Cortame bien que para eso te estoy pagando vieja ¿¿qué te pasa??

—No pibe, mil disculpas pero el corte llega hasta ahí. No puedo cortarte eso que te quedó y punto. Son 400 sopes dale.

—400 sopes las pelotas te voy a dar, mirá cómo me dejaste…

—Dale pibe pagame y tomatelas…

—Vos tomatelas, pero a la puta madre que te parió tomatelas —le dijo Agustín antes de marcharse, indignado y resignado.

—¡¡Pagá lo que debés, rata!!

—Andááá… ¡Delirante! —le gritó Agustín, alejándose.

—¡Agachate y conocelo! —respondió Marcelo, lo cual no tenía sentido alguno.

Al regresar a su casa se cortó los pelos que sobraban y se sentó a estudiar. Leyó apenas tres hojas hasta percatarse de que a casi todas sus fotocopias les faltaban páginas. —¡¡¡No, no, no, nooo!!! —empezó a gritar mientras se agarraba la cabeza, Tano Pasman style. Sospechó entonces que el encuentro con el diablo podría haber influido en el infeliz desarrollo de sus últimas horas, por lo que buscó la copia del contrato que le había firmado a Moyano y descubrió que en la página 17 se aclaraba que, por la complejidad cósmica logística y administrativa que implicaba realizar un pacto con el inframundo, se podrían ocasionar fallas en distintos eventos de la realidad cotidiana del firmante y que, en tal caso, Camioneros From Hell no se responsabilizaba por los perjuicios ocasionados.

Esto explicaba los acontecimientos surrealistas que estaba sufriendo Agustín aquel día, pues por no leer el contrato se había condenado a vivir situaciones llenas de errores, deficiencias, fallas imprevistas, bugsy encima afiliado al PJ durante sus próximas tres vidas. Desesperado, volvió a invocar a Belcebugo para ver si podía arreglar su penosa condición. — Uh pibe y ahora qué querés?? — le dijo Moyano tras aparecerse. Agustín le explicó lo que pasaba y le pidió una solución. —Lo lamento flaco pero esto ya estaba contemplado en el acuerdo. No te puedo ayudar.

—Por favor señor Moyano, usted sabe que yo no leí el contrato y usted no me aclaró esto.

—Tenés razón pibe, pero bueno la burocracia es así y se mantiene hasta en el infierno…

—En serio, señor, ¿de verdad no puedo hacer nada para cambiar esto?

—Y… tendrías que conseguirte un abogado, pero eso está complicado porque los abogados son todos de nuestro bando. Te voy a contar algo: ¿viste esa famosa frase de «puto el que lee»? Bueno, la inventaron los banqueros Rothschild para fomentar la cultura de la ignorancia y la imprudencia a la hora de firmar contratos, así podían cagar gente de manera segura y legal apelando a los prejuicios homofóbicos de la sociedad.

—¿Y a usted le parece justo incurrir en los artilugios de aquellos inmorales?

—Fa, qué formal el señorito… A ver pibe yo no puedo estar 40 minutos con cada perejil con el que tenga que acordar algo. La negligencia suele demorar los procesos en cualquier sistema burocrático, pero a veces también los agiliza…

—Moyano, por favor, sálveme de esta y le juro que no lo molesto nunca más.

—Pibe, hay gente que no tiene rodillas o que es hincha de Racing y no me rompe las bolas como vos. Ahora vivís una vida en versión demo, no es para tanto. Jodete por ser tan manija con los jueguitos en vez de disfrutar con tus amigos. Y para la próxima antes de firmar algo leelo… aunque eso te vuelva medio puto jajaj —se le burló Moyano.

—Bueno ¡¿sabe qué, Moyano?! ¡¡Puede subirse a un camión e irse a la ruta madre que lo parió!!

—’Ta bien pibe… agarrámela con la mano —respondió Moyano, lo cual tampoco tenía sentido y se fue.

Agustín se vio resignado a pasar el resto de sus días viviendo una vida en versión demo. Ahora cualquier actividad se le volvía una pesadilla: al bañarse se cortaba el agua, las canciones se interrumpían o desafinaban, los colectiveros lo obligaban a bajarse en cualquier parada y en las fotos su rostro siempre salía pixelado. Cuando se animó a ir a un boliche con sus amigos fue echado a las 2:00 a.m. porque, según el patova, «había expirado su tiempo de prueba» (aunque había hecho fila y pagado la entrada como todos los demás). Él no iría al infierno, pues el infierno había ido hacia él.

El muchacho quedó nadando en la más honda depresión, pero el ahogo llegó aquella noche en la que soñó que estaba a punto de besar a su amor platónico: Lali Espósito (que en sí misma es como una versión demo de Dua Lipa, según algunos envidiosos). Su boca estaba a un centímetro de los anhelados y carnosos labios rojos de Lali, podía sentir la temperatura de la respiración y el corazón acelerado, era el momento más glorioso de sus sueños (y también el de su vida real, que ya era bastante garrón desde antes de pactar con el diablo), hasta que de pronto todo su ensueño se puso negro, sólo podía ver un cartel que decía «Algunas sensaciones de su sueño han sido restringidas debido a que usted está teniendo un sueño en versión demo». Agustín despertó exasperado y sin pensarlo corrió hasta la cocina a buscar un cuchillo para cortarse las venas y ponerle fin a tanto martirio, pero cuando estaba a punto de iniciar el corte, con los dientes apretados y los ojos llorosos, se le ocurrió hacer algo que aún no había hecho: buscar una solución en internet.

Prendió su computadora y googleó «cómo romper contrato con el diablo». Entre los muchos resultados llegó a un post de Taringa en el que algunos usuarios decían haber tenido experiencias similares a la suya. Un usuario (luchitometallica777) comentó que había podido revertir su situación comprando una «licencia para tener una vida plena versión full», pero que sólo la vendían los Testigos de Jehová y costaba900 U$D. Buscando información al respecto llegó a un sitio web de Testigos de Jehová en el que, efectivamente, vendían dicha licencia, aunque no aclaraban cómo funcionaba. Suponiendo que era un gran fraude pero sabiendo que ya no tenía nada que perder, Agustín buscó la tarjeta Master Card de su padre y la reventó de un saque, comprando a los religiosos esa extraña licencia informática-existencial. «Al pedo hago esto —pensó Agustín—, si todo sale bien el que me va a matar va a ser mi viejo cuando se entere».

Tras acreditarse la compra se le descargó una planilla que debía completar con sus datos y luego validar con un código. Hecho esto le llegó el correo de confirmación: «¡Felicidades! Las operaciones fueron realizadas con éxito y usted ya posee una vida en versión full. ¡Pero su vida puede ser aun mejor! Para más información diríjase ya mismo a su templo más cercano o clickee en www.jehovaisyourfriendandyourboss.org».  Agustín no creía que la solución fuera tan sencilla (y costosa), supuso que había sido estafado y que, en caso de funcionar, había sido engañado por Belcebugo, el cual seguro tenía un turbio y millonario negocio con los Testigos de Jehová. Sea como sea, decidió volver a dormir y comprobar al otro día si había cambiado algo o si definitivamente se iba a cortar las venas.

Al despertar se preparó un café, asumiendo que ese sería su último café o, por el contrario, el café más glorioso que jamás haya tomado. Lo preparó con miedo y lo tomó con la boca. Para su sorpresa, pudo terminarlo sin que se enfriase ni perdiera el sabor. Se emocionó muchísimo, pero su escepticismo lo llevó a pensar que se trataba solo de una excepción, así que buscó otra prueba para asegurarse: se hizo otro café. Lo terminó sin problemas y empezó a saltar de felicidad. ¡La licencia había funcionado! ¡Su vida había vuelto a la normalidad!

Agustín aprendió mucho de aquella loca experiencia: dejó de lado los videojuegos para dedicarle más tiempo a sus amigos, supo que el diablo existe y puede adoptar formas extrañas, leyó los contratos antes de firmarlos (aunque leer lo volvió puto), aprendió que la piratería puede salir muy cara y, sobre todo, empezó a sentirse sumamente agradecido cada vez que podía tomar café, escuchar una canción o bajarse del colectivo en la parada correcta, porque incluso esas cosas cotidianas, mínimas e insignificantes que no nos generan emoción alguna y cuyo funcionamiento damos por sentado sin siquiera pensarlo podrían, de repente, dejar de funcionar, haciendo de nuestra existencia algo más insoportable que una entrevista de Bebe Contepomi (¿se imaginan a Bebe Contepomi entrevistando a Bebe Contepomi? ¡Qué lo parió!).

Por último, cuando comprobó que gracias a la licencia también había sido desafiliado del Partido Justicialista, él mismo se dirigió a la Unidad Básica más cercana y volvió a afiliarse, pero ya no como parte de un contrato, sino por convicción propia, porque él aprendió de sus errores y entendió que la doctrina nacional justicialista de tercera posición desarrollada por nuestro gran líder el General Juan Domingo Perón es la única verdad pura, completa y eterna, tanto en este mundo como en todos los demás mundos, universos, planos, dimensiones y cualquier punto existente en cualquier galaxia del insondable macrocosmos. ¡¡¡Gracias, mi General!!!

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