WhatsApp: esta espantosa y tan necesaria aplicación

Cuándo Dante describió los nueve círculos del infierno definitivamente no conocía el WhatsApp, buueeena re exagerada, pero sí creo que es una de esas armas de doble filo que arrancan como un invento genial y terminan jodiéndonos la vida a todos.

Primero que nada considero esta vía de comunicación como la del adolescente por excelencia, debido a que no requiere dinero para utilizarla, es más podes robarle WI-Fi al vecino o al restaurant de enfrente y, sobre todo, porque sirve para fomentar la boludez sin límites.

Evolutivamente la comunicación por mensajes de texto ha sido vertiginosa, arrancando por los benditos mensajitos de texto que en sus comienzos salían $0,10 CENTAVOS, y que hoy son prácticamente un afano. De todas las maneras posibles tratabas de comprimir todo lo que querías decir en unos 120 caracteres como mucho, dando como resultado lo siguiente “T esp n Mrcos n 15 min, lleva birra, hiel, yo lleg alas 11”, y si estabas de acuerdo no respondías.

Esta no era una intención deliberada de hacer mierda el lenguaje, sino la pobreza misma porque si escribías todo la tarjeta, si TARJETA, no te duraba una semana, o sea $10 te duraban una semana.

Con el advenimiento del WhatsApp y su uso sin cargo la necesidad de ser escueto quedó de lado y uno puede explayarse tranquilamente situación que me hace incomprensible porque estriben, la mayoría, tan como el orto. Me surgen preguntas existenciales cómo ¿Cuál es la necesidad de escribir “k” en vez de “qué”? Si no te están cobrando los dos caracteres de más y encima quedas como un pelotudo analfabestia.

Supongamos que el dominio excelso del lenguaje no es un privilegio de todos los mortales, pero la tecnología ha evolucionado tanto que el mismo teléfono (con la función diccionario y/o predictivo) te dice que escribiste como el culo y te sugiere diligentemente que lo corrijas y no quedes como un tarado. Usala, también es tecnología…gratis.

A veces empiezo a creer que si seguimos por este camino el lenguaje va a involucionar hasta una simple pictografía de emoticonos, onda arte rupestre pero en iPads en vez de cavernas. Me fui al carajo.

Igual no me nieguen que cuando te cae un “hola, nos bemos hoy?” te baja la libido al subsuelo…del inframundo, y te dan ganas de romperle el diccionario en la cabeza. Si hay mucha necesidad, se perdona y se le pega con el mismo en la cola pecaminosamente.

Y es así, los efectos en las relaciones de pareja son tragicómicos, el WhatsApp es un promotor natural de la ridiculez, conversaciones eternas de todo el día y se ven una vez a la semana ¿Me estas jodiendo? Cáele y encáratela ¡CAGÓN!, o peor “la última conexión” cual versículo del Apocalipsis presagia el desastre Martes 3:45…pero ¿Si me hablo hasta la una y me dijo que se iba a dormir? ¡ME ESTA CAGANDO, el muy mierda! Y resulta que se le actualizó el Android al “6.5.4 Bizcochito de Grasa”, pasaste un papelón y discutieron infelices para siempre o al menos unas 3 horas.

Me preocupa lo fácil que hace todo, porque lo fácil promueve la histeria cual humedad al hongo, la posibilidad de sin que nadie lo sepa, gratis, comunicarte con otro da poder…da poder comportarte como un tarado, de ser indiferente, de hacerte el rico y en persona ser un salame. Pero eso es tema para otra publicación.

Siempre me interesaron las implicancias sociales de este medio de comunicación, (qué pelotudeces me entretienen, ¿no?, soy cómo un perro jugando con la luz de un láser). Porque afectó mucho nuestra vida diaria, nunca vi un grupo de amigos en una plaza en silencio mirando los celulares, abstraídos totalmente como zombis…es como un capítulo de The Walking Death pero ¡toman mate! Tampoco escuche tantas veces a mi vieja gritar ¡Deja ese aparato de mierda, te va a secar el cerebro! Aunque probablemente esa advertencia llegó tarde.

El que sea gratis, entre tus amigos cambio algunas cosas como el infeliz que se abusa, vive al pedo y te satura con mensajes, fotos y audios de toda boludez que hace, pero como es gratis cagó la excusa de “no te respondí porque no tenía crédito” queda obsoleta. Otras no cambian como el que nunca en su revinagre vida contesta, o lo hace tres horas más tarde, cuándo ya te chupa un huevo su opinión, eso sí cuando lo tenés en frente no larga el aparato del orto, no vaya a ser que el/la chongo/a le escriba.

Subiendo la apuesta, y como si no fuera suficiente, WhatsApp te los junta a todos…en grupos, temáticos: trabajo, escuela, gimnasio, series, gente al pedo…de lo que sea, algunos más moderados y otros que son un derrape constante, o sea es súper normal despertarte un domingo y que tus amigos hayan subido audios en pedo al grupo con los que los vas a gastar por lo menos toda la puta semana, o sea todos tienen amigos así… ¿no? ¿NO?

Volviendo a lo que podría ser un beneficio cómo organizar un asado en un solo mensaje en un grupo, onda: “el sábado en lo del Pichu a las 9, traer carne y lo que vas a tomar, lo demás lo repartimos”, termina diluida en 143 mensajes de los cuáles nadie entendió nada y hasta que te das por vencido terminas pegándole…un tubazo a la mayoría, cómo antes. (Tubazo: regionalismo argentino del siglo XX que significa llamar por teléfono fijo, porque esos tienen tubo o bocina en Centroamérica por donde se habla…aclaro por si sos un pendejo choto).

Conversaciones absurdas y divertidas que hacen que sin darte cuenta se hagan las 3 de la mañana y te la querés cortar porque te quedan 3 horas de sueño, o si no te levantas y tenés 235 mensajes debatiendo el último capítulo de Game of Thrones cagándote toda la temporada ¡GRACIAS!. Terminan saturándote la memoria del teléfono con pelotudeces y al final descubriendo nuevas facetas de tus amigos como el que se siente sólo y crea compulsivamente grupos, el gordo de alma que te manda fotos de todo lo que come, el que no tiene vida personal fuera del teléfono, el humorista frustrado que vive haciendo chistes, y sobre todo el que no la pone nunca porque vive mandando videos porno.

Finalmente quiero dejar un mensaje de concientización social, porque esto no es una mera sarta de boludeces, hay una misión detrás de todo esto. Si tu vieja/o te pide que le enseñes a usar el WhatsApp NO LO HAGAS, decile no a la flia…es un camino de ida. Confía en mí, deja sólo las llamadas porque todo empieza con mensajitos gratis, sigue en un acoso virtual de “abrígate que hace frío” o “¿querés venir a comer a casa?” y termina en una foto para saber si te gustaron las bombachas que te compro en el supermercado.

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