Bajo la Esfera Roja: El día que conocí a Julio Le Parc

Muchos se indignaron cuando se ungió con su nombre al Espacio Cultural más grande del oeste argentino. ¿La razón? Que este hijo de un padre que se dedicaba al ferrocarril y una madre costurera, nacido en Palmira, no se había quedado en Mendoza y residía en Francia.

No muchos se pusieron a pensar en que había puesto a Argentina en los lugares más codiciados del arte a pesar de su origen humilde. Mucho menos se detuvieron a pensar que a él ni si quiera le gusta que lo llamen artista sino «experimentador». Ni hablar del rol político que había desempeñado en los movimientos artísticos, siendo un contestarario del «arte de colección, de crítica, de exposición».

Para Julio Le Parc no fue nada fácil, la fama le llegó pasados los cuarenta, después de haber trabajado como portero en el Teatro Colón y ayudante en la escenografía de un pequeño teatro en la Ciudad de Buenos Aires. Sus experiencias mundanas, las charlas filosóficas alrededor de un fogón cerca del río donde se juntaban los estudiantes de artes a conversar con la gente y la observación de Julio Verne pintando los murales de la Galería Pacífico le sirvieron para darse cuenta de que el arte no estaba considerando al espectador. Los artistas trabajaban para la crítica y los coleccionistas.

No estuvo solo en esa forma de concebir el trabajo artístico y eso produjo que lo miraran con el ceño fruncido. Estuvo preso por las revueltas durante el Mayo francés y renunció a la exposición restrospectiva en un museo oficial de París tirando una moneda. La invitación no era fortuita, se lo había ganado pero entró en la confrontación de saberse un activista contestatario exponiendo en un museo oficial. La moneda que su hijo Yamil lanzó al aire definió su negativa. Le salió caro, pero durante los quince años que siguieron no se dio por vencido y siguió experimentando con los materiales inmateriales: la luz y el movimiento.

Cuando llegué al edificio que parece un arca de Noé por primera vez, era una estructura vacía, el esqueleto de un monstruo. Cuando le colocaron la cúpula entré y era un cofre vidriado, un vacío abismal e incierto, un útero lleno de arterias blancas. «¿Qué le falta a esto?», pensé. Me avisaron que vendría Julio Le Parc a visitarlo para examinar cuál de sus obras exponer.

Era mediados de 2012 y formaba parte del equipo que organizaba la inauguración y, al día siguiente, la apertura de la primera Feria del Libro de Mendoza que se haría allí. El primer gran evento para un lugar de enorme potencial que había que llenar.

Julio no se hizo anunciar ni llegó con la altanería de quien sabe que es una persona importante en su mundo. Un hombre alto, entrado en años, con la piel de su rostro pálida a la melanina que aparecía donde se le daba la gana. Lo distinguí entre el grupo que lo acompañaba a recorrer el lugar por la elegancia de su boina parisina y el pañuelo de seda al cuello. Me acerqué y me lo presentaron. Su voz es suave y su acento denota el andamiaje europeo que lleva en todo su ser, su alma y su arte.

Con una mano se quitó la boina y me extendió la otra, el gesto más varonil y caballeroso que un hombre ha tenido para conmigo. No dejó de sostenerme la mirada húmeda de sus ojos verdes y vidriosos. Yo atendí la suavidad de las manos que son apenas una extensión de esa mente abismal en la que se forman las maravillas que pone en la materia.

Había miles de metros cuadrados en donde instalar cualquiera de sus obras. Dijo que la Sphère Rouge era la elegida. Yo la había visto, pero no imaginaba lo que esa obra haría en el hall central del edificio.

A las pocas semanas llagaron muchas cajas con varios expertos del estudio que se dedica a instalar sus obras.Trabajaron durante varios días y observábamos la precisión con la que armaron cada uno de los elementos que estaban adentro de las cajas. Cables, computadoras, poleas, caños, hilos de acero, cuadrados de acrílico. Ellos no hablaban, sólo medían, probaban y seguían.

El día que la estructura se levantó hacia la cúpula fueron apareciendo a la vista de todos los dos mil novecientos trece cristales rojos oscilantes en perfecta armonía, dando vida a la esfera. Una esfera hecha con elementos cuadrados pendientes en hilos de acero al aire. No había visto nacer una obra en vivo, así, como si surgiera de las entrañas de la tierra.

Esa experiencia me marcó de una manera que no sé si pudiera poner en palabras a pesar de haberlo intentado. Estoy segura de que nadie es indiferente a su magnificencia, que su contemplación es una experiencia personal y única, intransferible. Eso es lo que él quiere, que el espectador esté incluido, sea parte. Me di cuenta de que lo que hace Julio Le Parc es parte de un todo al que él accede de manera privilegiada y que esa esfera da vida a tantas miles de creaciones como a personas toca cada uno se sus destellos febriles.

El día previo a la inauguración, llegó a ver la instalación. Vio su nombre en la fachada del edificio y no dijo nada, transitó el puente de madera que conduce al hall con la lentitud propia de quien se toma el tiempo porque no le importa, sabe que el camino se abre cuando uno sabe adónde va.

Desde el ángulo opuesto, observé al artista bajo su obra, en silencio, recorriendo alrededor de sus destellos la búsqueda del reflejo divino, del aura que hace vibrar ese objeto hecho de miles de otros objetos. El alma de la obra que había creado y de la que es un espectador más.

Geometría, matemática, perspectiva, luz, movimiento. Está viva, él lo sabe. Es un corazón que hizo latir al lugar que lo inmortaliza más allá de él mismo y de su experimentación con el arte. Roja como la sangre, reparte sus eslelas por doquier.

Es la joya del cofre, es el corazón del espacio, es el alma que arde en rubí. Tiñe todo lo que la toca, y los ojos de Julio se volvieron rojos al contacto con la llama que encendió.

La observación del artista y su obra terminada es una chispa, una lágrima de luz que hace pequeño cualquier otro suceso. Gigantes los dos, alienados en su perfecta simbiosis.

“¿Le gusta?”, me dijo al ver el gesto de emoción, que era también incredulidad, caos interior, alteración de la conciencia, sensibilidad erizándome la piel y latiéndome a un ritmo que no se parecía a ningún otro. “Es perfecta”, respondí con el hilo de la voz entrecortado en mi sonrisa, también coloreada en carmesí furioso. Él sonrió, me acarició la mano y siguió su camino rumbo a la salida.

Al día siguiente, en la inauguración, lo esperé en la escalera para acompañarlo a entrar. “¿Por qué hay tanta gente?”, me preguntó un poco confundido. Adentro la gente apenas cabía entre los que observaban los acróbatas alrededor de la esfera y oían el cuarteto de cuerdas sobre la terraza frente a la Esfera.

“Lo que usted ha hecho es algo único, señor”, respondí. Me miró interrogando cuánto podría yo saber de lo que había en el interior de ese ser. Percibí apenas un movimiento de aprobación con su cabeza. Un artista y su obra en su tierra. Vaya a saber qué recuerdos de su infancia le recorrían el alma en aquellos días.

Durante los días que siguieron, durante la Feria del Libro, las salas se llenaron, la gente transitó durante dos semanas bajo la Esfera y yo me hice el tiempo para observar la reacción de muchos de ellos. Sacaban fotos desde distintos ángulos. Muchos se detenían a observarla largo rato.

He escrito un poemario entero bajo los destellos de la Esfera Roja, inspirada en las fábulas de la mitología griega, imaginando que es uno de los Ónfalos de Zeus colocado en el extremo opuesto a Delfos. Julio Le Parc no lo sabrá. Cómo no sabrá todas las obras que iluminó. Como no sabrá a cuántos inspiró a ir por lo perfecto y sublime en el alma de lo simple.

La Esfera Roja está viva, lo juro. En ella late más que arte. Hay espíritus traviesos que lanzan antorchas por el aire y doncellas que danzan.

Julio Le Parc es un ser al que los años no le han quitado la curiosidad, de mirada transparente y manos de seda. Mudo ante los flashes y los halagos, que me recuerda a Beethoven quien, ya sordo, escribió su más aclamada obra. «¿Qué saben ellos de la música y el silencio de las esferas?» No sabemos nada de los precipicios transitados hasta el lugar en el que la luz hace su magia y seres como Le Parc sólo la ponen en el lugar correcto.

La ciudad de Buenos Aires lo homenajeó como se merece en la última «Noche de los Museos», con un mapping de su obra en el obelisco. Los invito a que vean las imágenes, a que lean su biografía, a que disfruten su obra en donde puedan.

Mientras tanto, en el Espacio que lleva su nombre, está expuesta de manera permanente la única obra del artista en el interior del país. Mi experiencia puede sintetizarse en este poema experimental. Cada uno tendrá la suya y será, sin dudas, única.