Caperucita vivía en el Dalvian

Caperucita era una niña rubia, paya y con alto nivel adquisitivo. Vivía en el Dalvian con sus dos padres ausentes por la tonelada de trabajo. Un día ellos mandaron a caperucita a que visitara a su abuelita porque que debía limpiarle los vidrios del penthouse donde se chocaban las palomas y llevarle el jamón serrano que le habían regalado a sus padres por una visita de negocios a España.

Le dijeron que fuese por el camino largo, ese que pasaba por el costadito del parque de lado de Godoy Cruz.

Caperucita apurada por sacarse esa responsabilidad de encima, para llegar a su casa y fijarte las notificaciones de facebook y las fotos que había subido su amiga, la Katy, de la terrible fiesta de anoche en al sur, al cual había ingresado gracias a su documento falso y la cantidad de conocidos tras tantas noches de parrandas. Decidió tomar el camino corto.

El comienzo del camino no se veía nada desalentador, arquitectura admirable, gente con buena presencia, perros con correa y domesticados y hasta un no vidente cruzando la calle con la ayuda de una abuelita teñida con una tintura Lloreal al 1

Al adentrarse a la profundidad del bashio, varias cabezas se asomaban al percibir el aroma de un jamón o el del perfume caro cuore que había llevado caperucita. En la lejanía se escuchaban ritmos tropicales variados entre un cuarteto y una cumbia paraguaya que distorsionaba el sonido del miedo que reinaba por esos lares. Caperucita comenzó a sentir que la seguían, pero cuando veía para atrás no encontraba nada. Pobre nadie pudo advertirle que mirara bajo los puentes de la acequia. Cuando logró reaccionar ante la inminencia de 3 figuras comenzó a correr, y corrió. Corrió tanto que no se dio cuenta el momento cuando cruzó el zanjon, de tanta desesperación.

Caperucita decidió que debía tomarse un micro hasta el edificio donde vivía su abuelita. Busco monedas en su bolsillo al estilo canguro de su campera GAP sin encontrar vestigios de presencia de moneditas.

A la media hora se había ubicado un puestito entre la verdulería y el alquiler de niños para subsidios temporarios en la calle Boulogne Sur Mer vendiendo sanguchitos de jamón crudo por $2,10 con pan que había conseguido tras pedir monedas para comprar pan. Nadie le compró ni un sanguche, obviamente quien le compraría un sanguche de jamón crudo a tan elevado precio. “con $2,10 me compro tré’ faso’ acá en la esquina acá” decían los oportunos visitantes que se acercaban a preguntar de dudosa procedencia, no se sabia si habían nacido por aborto espontáneo o a causa de un laxante forte. Desanimada por tan vagos resultados se dirigió directamente hacia su objetivo.

Esa zona tenía un aire reconfortante y no tardó en dejarla atrás. Al ver el pico de el edificio de la abuelita corrió al encuentro de las puertas corredizas y luego al ascensor como acostumbraba. Al llegar al penthouse se encontró a su abuelita en pleno gozo con el panadero. Caperucita asustada volvió al ascensor, luego cuando regresó a su casa se colgó y murió feliz, Al contrario de su abuelita que se quedó más feliz que puto en el urólogo. Pero que lastima que se quedó sin jamón.

Esta historia está basada en hechos reales que le pasaron a la sobrina de la tia de mi abuela antes de jubilarse y que después le contó al sodero cuando le fue a llevar los sifones pero no tenia cambio.

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