Cosecharás tu siembra

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Mi nombre es Juan, tengo 34 años, soy empresario y estoy muriendo de la forma más horrible que jamás pensé que podía llegar a morir. Estoy pagando todo aquello que hice con creces. Me duele. Nadie puede salvarme. Voy a morir.

Esta historia comienza allá por mis veinte años, un adolescente hijo de una familia sumamente adinerada, hijo único. Confieso que siempre fui, como generalmente dicen, “un mal criado”. Mi padre era un bodeguero de tradición sumamente exitoso, hombre culto de bajo perfil y correcto. Mi madre una ama de casa de las de antes, respetuosa, algo sumisa, educada por demás. Yo… digamos que Dios había sido generoso en mi creación. Siempre fui buen atleta y mi cuerpo lo demostraba, rubio de ojos tan verdes como la esmeralda, alto, “facherísimo” solían decirme mis amigos, reconozco que yo sentía mi seguridad y el dinero que siempre portaba me hacían de escudo ante casi todo obstáculo en la vida.

Debuté sexualmente a muy temprana edad y aún no se si por suerte o por bonito, o por qué, pero cuando cumplí esos veinte años, ya tenía más de 70 mujeres en mi haber. Un dandi, ganador, de esos que no se enamoran de nadie, esos que rompen corazones como si fueran trofeos de caza que uno va a colgar en el living de casa. Un pelotudo importante me dijeron muchas veces, pero qué podía importarme a mí las lágrimas de una mujer. Yo sólo tenía cabeza para ir de cama en cama, de fiesta en fiesta, de droga en droga. Claro que siempre que estudiase, mi padre feliz y contento no dejaba que nada me faltara, desde el 0 km a las vacaciones en Europa. Para mí conocer España era cuestión de un verano.

Una noche de esos veranos de los que hablo, me encontraba en una fiesta privada en el country de un amigo, sumamente privado y para gente de nuestra alcurnia. En el lugar había distintas hembras listas para ser fecundadas. Facundo, mi mejor amigo, y yo habíamos apostado doscientos dólares aquella noche a quien se llevara el espécimen más loco a la cama… y ahí empezamos a debatirnos, a observar al acecho como leones hambrientos.

-Mirá, Juan, la hija de… es una gorda horrible, pero tiene el doble de fortuna que vos – dijo Facu.

-No, ¡no seas hijo de puta, me da asco! ¿Por qué no vas vos con la ex esposa del doctor? Un poco arrugada, pero se ve que se deja y que le encantan los pendejos -le dije, riéndome.

Y así fuimos recorriendo con la mirada y la charla a todas las damas presentes esa noche. Nada nos parecía digno de la apuesta, hasta que apareció ella: morocha, divina, contaba un par de años más que los míos. Era una de las mozas de la fiesta.

-¿A que no te cogés a esa negrita? – exclamó mi amigo, señalando a la moza.

El desafío me pareció sumamente irresistible, así que saqué todas mis armas de seducción y encaré a la morocha. Confieso que el estado de borrachera y el exceso de drogas que mi cuerpo tenía hacían mucho más fácil cualquier situación de encarar o de chamuyar a una fémina. Estaba “enajenado”, como dicen ahora.

Lamentablemente, para mí, mis armas funcionaron y tuve sexo con aquella joven en uno de los cuartos de esa casa. Sinceramente no me acuerdo si estuvo bueno o no, como les dije, estaba “out”.

Al salir de la habitación, casi nadie quedaba en la casa. Aquella joven me pidió si podía llevarla a su casa. No tuve opción. Subimos a mi auto y la dama empezó a hablarme dejando notar gestos de mujer enamorada o, al menos ella, quería verme otra vez. Imagínense mis respuestas, tan hirientes como dagas contaban así: “Pará, nenita, si sos una moza… ¡olvidate!”, “da gracias que te garché recién, ¡no jodas, no hay próxima!”, “sí, nena, soy un hijo de puta, ¡qué descubrimiento!”.

La dejé en su casa y nunca más volví a saber de ella, sólo un rumor después de algunos meses, que alguien por ahí me dijo que aquella chica se había quedado embarazada pero no sabían de quién y que había caído en una depresión tan grande que se suicidó. Lo único que respondí fue un “ajá, que lástima por la negrita”, “así es la vida del pobre”.

Hoy, catorce años después de aquella noche, mi vida no cambió en nada. Seguí siendo igual de atorrante, mal tipo, descorazonado y prepotente. La diferencia es que me encuentro atado a mi cama, dos pulseras de alambre de púas y gillettes sostienen mis muñecas, lo mismo en mis tobillos y en mi torso. Cada vez que me muevo me desangro un poco más. Delante de mí, una rubia bellísima me mira en mi agonía. Parece disfrutarlo. Mis insultos ni la inmutan, parece no escucharme. Es la misma rubia que levanté hace unas 4 horas atrás, la que traje a mi departamento y a la que, hasta hace un rato, me había cogido salvajemente. La conocí en una fiesta tal como la de hace tantos años atrás, la misma apuesta, los mismos amigos… otra moza, otra negrita que debía ser un número más entre mis sábanas. Estúpido yo que nunca sospeché por qué esta noche en particular no me hizo falta ir a encararla, sino que, prácticamente, ella me había seducido a mí. Supongo que mi inmenso ego y mi gigante orgullo de ganador me habían cegado de cualquier sospecha extraña del por qué de la situación. Si aún recuerdo que le dije a Facu: -”mirá, gil, ya ni las encaro, sienten mi perfume y solitas vienen a comer de la mano de papá”; “Soy inmortal, loco, me falta poder caminar sobre el agua y cambian la cara en las estampitas”-.

No fue así para nada. La rubia tenía un plan detrás de su carita de mujer desesperada por sexo, detrás de su mente fría y su personalidad avasallante en la cama, fue más inteligente que yo, me la hizo muy bien y caí como el mejor de los idiotas.

-¿Por qué me hacés esto? – pregunté, casi como suplicando.

-Esto es sólo un poco de lo que merecés por tantos corazones que has roto en el camino, tantas mentiras y promesas que le hiciste a tantas mujeres que las creyeron. Sos dueño de más lágrimas que de halagos. ¡Esto te pasa por hijo de puta!

-Pero a vos nunca te hice nada ¿o sí? – pregunté.

-A mí me hiciste más daño que a cualquier otra, sin embargo nunca fui víctima de tus encantos, pero te llevaste lo más hermoso de mi vida – respondió.

-No entiendo, ¿te debo plata? ¿Necesitas dinero? – no dejaba de ser repugnante ni en mi lecho de muerte.

-No, idiota, te llevaste a mi hermana menor y al bebé que crecía dentro de ella. Te llevaste a mi negrita, a mi Vanina.

-Entonces vos… ¿vos sos…? – dudé.

-Elizabeth Antúnez, hermana mayor de Vanina Antúnez, la negrita que te cogiste y dejaste embarazada una noche de tus tantas noches, la negrita que nunca le contestaste un llamado, que despreciaste, la que entró en depresión y se suicidó… ¿Entendés, ahora, qué estás pagando?

-¡La puta madre! –exclamé, ahogándome con mi sangre y mis lágrimas.

-Si te arrepentís ahora, puedo terminar con esto rápido -dijo, mostrándome un arma de fuego.

-No. No he cambiado en tantos años, no me vas a cambiar ahora, me moriré, sí, ¡pero no me arrepiento un carajo! – le grité en forma despectiva.

-Entonces te vas a morir desangrado, lenta, dolorosamente… ¡y sólo, como te lo merecés!

-¡Que así sea! – manteniendo mi orgulloso hasta el final.

-Nos vemos en el infierno – me dijo mientras se marchaba.

-Te estaré esperando – respondí, y me dediqué a esperar.

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