Crónicas de amor a la mendocina | El conejillo de indias

En los intercambios la gente anda liberada. Hay quien dice que las mendocinas cambiamos radicalmente al cruzar el Río Desaguadero… pues imagínense lo que sucede cuando cruzamos el continente. El mejor consejo que me dieron fue: no te vayas de intercambio de novia. Te la pasas encerrada esperando hablar por Skype, y de todas formas la mayoría de la gente termina cuando vuelve. Tengo malas noticias: lo he observado y es lo que casi siempre pasa.

Pero yo tuve un buen amigo que me lo advirtió, y como había leído por ahí que la mejor forma de conocer una ciudad nueva es buscando un amante local, terminé la relación tóxica que por entonces tenía (teníamos el record mundial de cortar 9 veces en ocho meses, incluido un épico final con bananas verdes en la cima de WaynaPichu) y me fui a estudiar mucha filosofía mexicana al DF, convencida de que como estaba por recibirme, si me enamoraba podía quedarme a vivir allá (y bueno, habían pasado los años pero yo seguía tan romántica empedernida como siempre).

Los mexicanos son machistas. Tienen vagones del subterráneo exclusivos para mujeres porque en la hora pico el subte es peor que el último de los círculos del infierno de Dante  (no sé cómo seguía la historia, me aburrió la tercera parte del libro) para las mujeres despistadas que se suben a los que son mixtos. Pero también tienen otra cosa: son sumamente galantes y coquetos, dignos hijos de José José y Juan Gabriel. También suelen ser infieles, pero ese punto, cuando una está de intercambio por unos meses, es un detalle sin importancia. Y para la estudiante nueva extranjera, que tenía todas las historias de María la del Barrio, Marimar y Marisol en la cabeza, era el paraíso (otra vez, con el perdón de Virgilio y Beatriz).

Y conocí al Coco (no pensaba poner nombres, pero este es tan genérico, y está tan lejos, que espero que no le moleste). El tipo se dedicaba pseudo-profesionalmente a ser conejillo de indias. Es decir, que un fin de semana por mes se internaba en una clínica un poco siniestra, a tomar pastillas y luego someterse a unas 16 extracciones de sangre para ver los efectos que los medicamentos que aún no estaban autorizados por la FDA tenían en el cuerpo humano. Suena a película de terror yanqui, pero es verdad, y lo peor es que yo me metí hasta las orejas con un tipo que se dedicaba a ser conejillo de indias cuando no estaba estudiando filosofía.

En todo caso, lo verdaderamente triste, es que en realidad no me pescaba. Después de que el chico perfecto me dejó para que no lo dejara yo, aprendí a no perseguir a los varones. Tomé como filosofía de vida que el que llegara sería evaluado (hubo días en que llegaron tres: con uno me junté a desayunar, con otro tomé un café después de conocerlo en un museo, y a la noche otro me invitó a cenar) pero yo ya no buscaría chicos perfectos. Hasta que apareció el Coco.

Estábamos en un congreso de estudiantes en Morelia, una ciudad donde en cada esquina tenés  una espectacular Iglesia colonial con altares de oro y santos con silicios o un museo de historia indígena con calaveras de sacrificios humanos, o una salsoteca. Y después de estar todo el día discutiendo sobre la naturaleza de la dominación cultural norteamericana, lo que hacía falta era un lugar con música fuerte y cerveza en abundancia. Ahí aprendí que si una se deja llevar puede parecer que sabe bailar (tal vez las horas de practicar vueltas imposibles al ritmo de Rodrigo sirvieron para algo), y también aprendí que si hay alguien sentado solo mientras todos los demás bailan, y tiene cara de pocos amigos, es mejor no acercarse. Pero eso no lo aprendí a tiempo.

Envalentonada por mis recién adquiridas dotes danzarinas, y tal vez también por las Tecate y Modelo que había tomado (porque lamento decirlo, las Corona son puro marketing… de hecho se les pone limón para que no se note que están rancias, porque la botella transparente no las protege del sol) me acerqué al sujeto misterioso. Y le pregunté si no bailaba. Me dijo que no era lo suyo. Entonces, por curiosidad y por ego, ya que era el único que no me había hablado en toda la noche, le pregunté qué era lo suyo. Y me dio la única respuesta que podía hacer que me sentara al lado suyo y me olvidara de mis reglas autoimpuestas de conducta amorosa: lo mío es el ajedrez.

A estas alturas del relato, ya se deben haber dado cuenta que además de romántica, soy sumamente ñoña. Y en esos tiempos estudiaba partidas de ajedrez y jugaba casi todos los días con mis compañeros de departamento, y hasta me sentaba a jugar en la calle cuando veía a algún vendedor de libros con un tablero. El tipo misterioso jugaba ajedrez. Y jugaba bien. Entonces, luego de hablar un rato de las típicas diferencias culturales en los extremos de América Latina, y de darme cuenta de que era más alto que yo (!!!) le pedí el teléfono. Después del bar le escribí que me gustaría verlo al otro día. Pero dijo que no podía. No era como el resto de los mexicanos. Y volví a DF.

Pero a los días me llamó y me invitó a ir a caminar un sábado a la tarde. Estuvimos charlando un rato, y después tenía una juntada con algunos amigos a la que me invitó. Yo acepté encantada, y aunque en verdad la reunión era para ver un partido entre el América y Chivas de Guadalajara, yo charlé y me reí con todos. Me invitaron a una fiesta para la semana siguiente, que era de disfraces.

El plan original era ser Athena de los Caballeros del Zodíaco. Hasta fui a buscar una modista para ver cuánto me saldría el vestido y busqué pelucas en Tepito, el mercado persa más grande de América Latina. Pero por cuestiones de presupuesto y de ingenuidad, terminé disfrazándome de Pitufina. Nota: la pintura que usan los payasos en la cara mancha todo, y es sumamente difícil de sacar de la piel. Hay una razón por la cual los disfraces de pitufo que uno ve por internet tienen mangas largas y calzas celestes. Otra cosa que no aprendí a tiempo.

Finalmente me puse un vestido playero blanco corto, un sombrero blanco que se parecía al de los eternos enemigos de Gargamel, y me pinté todo el cuerpo y la cara de celeste. Cuando salí a la parada del subte a esperar a mi conejillo de indias, me preguntaron si estaba haciendo publicidad para la película de Los Pitufos, que estaba por estrenarse justo en el cine. Si hubiera sabido lo que me iban a preguntar después…

Al rato llegó Gokú, con el que no atinábamos ni siquiera en el mundo del animé, y nos fuimos a la fiesta, donde como era de esperarse, estaba lleno de FridasKahlos y Diegos Riveras. Para ese momento, los rastros de pintura para payaso de mis piernas iban funcionando como las migas de Hansel y Gretel. Dejaban marca en todo lugar por donde pasaba. El subte, las paredes de la casa donde estábamos, la ropa de los demás personajes representados por los amigos intelectuales de mi acompañante. El problema fue que si bien los rastros sirven para no perderse uno, no ayudan cuando el que se pierde es el otro.

Y Gokú desapareció (un par de días después me avisó que le había dado sueño y se había ido a dormir) pero yo me quedé sola, con bastante gente borracha que no conocía, esperando a que se hicieran las 7 para que abriera el subte y poder volver a mi casa, vestida de pitufina. Lógicamente, para entonces ya no era tan claro qué buscaba parecer con las piernas marmoladas y el vestido corto que ya se veía totalmente celeste. Mucho menos era evidente porqué alguien así andaría en subte un domingo tan temprano. Me ofrecieron trabajode streaperen la Zona Rosa.

A estas alturas no viajaría así sola en metro a esas horas un domingo, y a quien me esté leyendo le digo: No lo hagas! Y menos en México. Sin embargo, y a pesar de las estadísticas, tuve suerte y llegué bien.

Unos días después, Gokú, que no era más Gokú, me llamó y me pidió disculpas y me volvió a invitar a salir. Y dije que sí…

Ya no me acuerdo quién terminó con quién. Después de la fiesta de disfraces jugamos algunas partidas de ajedrez y fuimos a otro congreso en Tlalpujahua, un pueblito donde el encantoradica en que se especializan en hacer esferas de cristal soplado para Navidad que mandan al Vaticano (digo… por si alguien se preguntaba sobre la economía tlalpujahuense). En todo caso, recuerdo que una de las últimas cosas que me contó el Cocofue que le iban a pagar muchísima plata por probar un medicamento especial, que generaba castración química temporal, y querían testearlo para aplicarlo a convictos por delitos sexuales en Estados Unidos. Creo que eso me dio un poco de asquito.

Mirado con perspectiva, el plan funcionó. Conocí la ciudad de México como quería, y ya no volví más con el tóxico del WaynaPichu, que cuando se enteró que estaba de vuelta en Mendoza llegó a mi casa a proponerme matrimonio, pero otra vez, esa es otra historia.