El día que conocí a Helmut Ditsch

Tengo que ser honesta y decir que cuando me lo nombraron no sabía quién era, sólo me lo referenciaron como un pintor. Con ese apellido ni siquiera pensé que era argentino. Me tenía que hacer un poco cargo de sus traslados y esperarlo y bla, bla, bla. Venía en el marco de una gira a exponer parte de su obra en el ECA.

Me acerqué al ECA a dar una mirada mientras hacían el montaje. No fui a ver en detalle las obras, vi cuadros gigantes de glaciares y desiertos y obtuve la información de que uno de sus cuadros de glaciares estaba en la Casa Rosada.

La sorpresa cuando lo vi fue mayúscula. Su apariencia era la de un rockstar: pantalón negro de gabardina, borcegos, camplera de cuero negra, pelo largo, barba y un gorro de lana. Lo saludo y me responde en castellano, me pregunta mi nombre y me halaga con un piropo. Nos quedamos unos segundos mirándonos. Yo asombrada y él… no sé… me miraba con una profundidad que me dejó impactada. Luego me dijo que le gustaría pintarme. Sonreí con picardía. Pensé que eso le debe decir a todas.

En la tarde era la inauguración de la muestra. Ahí sí me dí el tiempo de recorrerla. En un banner estaba la descripción de su técnica: realismo vivencial. Es una definición que los críticos le han dado un poco sin saber si es correcta puesto que lo que hace no se enmarca en nada. Él pinta naturaleza y, antes de empezar a trazar sobre el lienzo, se instala en ella, observa, absorbe, respira. Trata de aprehender todas las sensaciones que le trasmite. Pasa horas, días en contemplación silenciosa y absoluta. Luego va a su estudio y pinta.

Cuando leí eso me acordé de la propuesta que me había hecho de «pintarme» y no sólo me sonreí perversamente sino que tuve que aflojar la espalda porque ya me estaba imaginando el tipo de realismo vivencial que haría sobre un cuerpo. Maravilloso.

Al entender un poco más sobre el concepto de su obra, cada uno de los enormes cuadros tomó otro significado. Si uno los ve de lejos, parecen fotografías. Al acercarse se ve el trazo, los matices, las sombras, los distintos tonos de azul, de gris, de blanco. Entonces se entiende doblemente por qué hay un cuadro suyo en la Casa Rosada, se entiende por qué es uno de los artistas más cotizados del mundo y se entiende por qué todo lo que hace es un récord.

Luego volví a encontrármelo en la Cumbre del Mercosur porque obviamente uno de sus cuadros fue expuesto en el hotel y la misma Cristina llevó a los demás presidentes a contemplar la obra de este artista argentino radicado en Europa. Al terminar la cena, ya todos se estaban yendo y lo encuentro conversando con un ministro provincial. Saludo al Ministro y también a Helmut. Nuevamente se queda mirándome. Le pregunto si me recuerda y asiente con la cabeza y una sonrisa de medio lado. El ministro me dice: «Vamos a ir a tomar algo, ¿nos acompañás?». Miré a Helmut que no me sacaba su intensa mirada de encima. ¡Ufff! Claro que hubiera dicho que sí, pero tenía que ir a esperar el avión que venía desde Brasil con su presidenta a bordo y llegaba en una hora. «Siempre tan profesional», dijo el pintor. «No faltará oportunidad para que me pintes», contesté. El Ministro sonrió y agregó: «Veo que se conocen bien, la tendrías que haber invitado vos…»

Luego apareció Instagram y comencé a seguirlo. No sé exactamente qué me atrae más, si él, su obra, sus múltiples formas de mostrarle al mundo su intensidad no sólo como pintor, sino como músico, como atleta, como jinete, como nadador.

Les sugiero que lo sigan en esa red y lo contemplen como yo, en ese realismo vivencial que lo convierte en un hombre absolutamente único en todo el abarcar de la palabra.

https://www.instagram.com/helmut_ditsch