El día que me levanté a la mas fea de la fiesta

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Con el vaso en la mano, la vista fija en ella avancé cual chacal hambriento y la encaré. La música impedía la comunicación y la palabras no se dejaban fluir, pero mi objetivo esa noche era sacarle todos los secretos a besos a esa muchacha. Que zarandeaba la peluca al ritmo de “Como Alí” de los piojos.

-¿Querés Bailar?- Fueros mis palabras al volumen nivel “Vengan a comer” de tu vieja

Ella me miró y me negó con la cabeza al mismo tiempo que le pegaba un tarascón al choripan que sostenía y las amigas se la llevaban. Estaba claro que era mi primera vez en una fiesta, un total fracaso. Desde ese día hasta el día de hoy recuerdo mi primera incursión en aquella tierra de nadie.

Uno se va acostumbrando a las fiestas a medida que pasan los años; los cumpleaños de 15, los casamientos y el dia del peronismo. Pero ese no era mi caso, yo no había pasado por ninguno de esos, y si lo pasaba, mi lugar era el del niño tapado con un mantel y la cama improvisada de 3 sillas en medio de la fiesta. Esa es mi tristeza.

Recuerdo la primera noche de partuza, el morcilla me había estado jodiendo toda la tarde con salir a buscar féminas. Carne y pelos depilados es lo único que mi cuerpo reclamaba en ese tiempo. Después de que me tocara los botones del jostick de la play, que me pegara un cachetón en la nuca y me metiera el dedo húmedo a la oreja le dije:

-¿Ves por qué tus viejos biológicos te abandonaron en África para que mueras al sol? Bueno vamos.

La fiesta se hacia a un costado del carrizal, el 21 de septiembre. Dos boludos de 16 años haciendo fila en la requisa de alcohol. Nos encontraron la botella vacía del licor de huevo que nos habíamos comprado 3 horas antes y nos bajamos adentro de la traffic. Le hacíamos chistes a los policías que nos manoseaban los huevos, un desastre.

La primera impresión del lugar fue que estaba usurpado por miles de ocupas, con cajas de tetrabrik y narampol de naranja, Un total paraíso villero. Un escenario que lo habían armado aparentemente encima de toneladas de carpas y gente que vivía abajo, con la ropa al sol para secarla después de un baño en el carrizal.

La jornada empezó con la incineración de un tronco, por culpa de un asado mal hecho, prendimos fuego el asiento popular y la gente tuvo que apagarlo a baldazos y meando al ritmo de la cumbia tropical que sonaba todo el día. La tarde fue tranquila, mientras con el morcilla nos poníamos pila pila aspirando jugo tang de naranja y nos acicalábamos conforme la velada se acercaba.

fogata

Cayó la noche, sentíamos el olor a mujeres libres y porro en el aire, y nos dirigimos al epicentro de la convulsión masiva de gente. Las mujeres en pleno carrizal con el chiflete mas poderoso de cuyo, con minifaldas y escotes que no tapaban nada revoleaban la peluca cual fieras en celo. Nuestros colmillos apuntaron a tantos objetivos fallidos que nos desalentaban poco a poco. Empezamos con la estrategia sacada de Cinecanal un domingo a las 10 de la noche.

-¿Querés Bailar?

Le tomábamos el fernet sin permiso
Le tocábamos el pelo
Las agarrábamos de atrás
Le bailábamos sensualmente mientras nos sacábamos la camisa.
Misión Fallida, todo mal hicimos.

Éramos dos boludos parados en medio del mar de gente, analizando la situación y desanimados como chota de viejo, decidimos volver a nuestro refugio improvisado. Esquivando cadáveres de personas intoxicadas de alcohol y estupefacientes llegamos y nos encontramos con todas las habitaciones ocupadas por parejas jugando a la mamá y el papá. Decidimos que no era lugar para dos hombres tan viriles como nosotros y optamos por volver al origen de la fiesta.

Yo a la delantera dirigía la expedición a ese mundo turbulento de cuerpos bamboleantes. Avancé dos pasos y me di vuelta para buscar a mi compañero y no lo encontraba, me agarró la desesperación de que lo hubiesen drogado o algo para que se aprovecharan de el y lo busque. No lo encontraba, desesperaba y daba vueltas en el lugar, buscando su pelada lustrosa y brillante que sobresalga de la gente. Sentí el golpe seco de sus cachetones en la nuca, me di vuelta y lo vi.

-Vení weon- Me grita, porque el wiro de la cumbia sonaba más fuerte que los bajos.

Lo seguí y se prendió cual garrapata a una señorita de mediana estatura, me miró e hizo señas hacia delante mio. Enfilé para delante y me encontré a una mujer, más bien, orco o mezcla de oso con orco y gorda. Me agarró con sus manos de salchicha alemana, bañada en sudor un poco espeso. Su fuerza le ganaba a mi rechazo y me atraía a un inevitable encuentro.

La señorita, fea-sapo-Ogro empezó lustrar el piso conmigo y mis gritos de socorro no hacían a la multitud reaccionar. El sufrimiento comenzaba a sentirse a medida que los temas de cumbia pasaban a un lento, la pesadilla sabía que había empezado. Mis costillas empezaban a crujir cuando su fuerza me atraía a un inevitable encuentro de cuerpos.

Como dice el dicho, “si la montaña no va a mahoma, mahoma va a la montaña” pero esta vez fue efectivo. La montaña se adueñó de mi cuerpo.

Sus extremidades dominadas con músculos de consistencia de masa de pizza me acercaban al ojo del huracán, su boca símil a un embudo, asustaba.

-Para un poquito- logré modular con el grado alcohólico que tenia encima.

El simio que tenia como pareja de baile, paró un segundo de estrujarme y se me quedó mirando. Era mi momento de correr y dejar atrás toda esa pesadilla. Dentro de mi cabeza analicé todas las posibilidades de escape.

Así era mas o menos su pareja de baile

Pensé en utilizar alguna técnica de escape instantánea, como provocarme un vomito dirigido a su cara y correr en la dirección opuesta.

O Decir que soy una chica con síndromes hormonales, que de verdad me llamo Viviana.

O Correr al auxilio de mi amigo negro, que en cualquier caso el se ocupara de defenderme.

-Perame un cachito- le dije a distancia- a Shrek. Con el pequeño respiro me dirigí a mi amigo.
-Eu amorcillado, ¿Qué se te pasó por la cabeza? mirá lo que me encajás- le digo
-Dale, haceme el aguante, estaban las 2 solas, y ella no tenia con quien bailar-
Miré al jabalí que se había escapado del zoológico
-¡Hey!- Me tocó el hombro. Veo su expresión, esa misma que hace cada vez que se manda alguna cagada, notaba que las palabras próximas a salir de su boca oscura de negro iban a ser desastrosas.
-Te apuesto una coca a que no te cenas a la flaca- Sus palabras flotaron en mi inconciente por un buen rato, mas bien la palabra flaca, exactamente flaca no era…Es más tenia tantos rollos que parecía un jenga gigante de tantos pliegues. Pero la palabra “coca” ocupó el lugar, me cegó. El se pavoneaba de mi adicción a esa majestuosa bebida, la sabia que con la coca no se debía meter, que era por lo único capaz de llegar a matar.
-Que sean 2- Repliqué.
Como si fuese planeado por dios el momento, yo en mi cabeza imaginaba una canción épica. Pero al contrario, el mundo conspiró para que en ese momento todo se fuera al carajo.
“Nos conocimos bailando en un bar.” empezaba la canción, yo tenía ganas de cabecear una bala, aunque la condición se prestara para un par de cocas frescas.
“tus piernas volaban, las sabias llevar” Y yo encaré a la gorda que hacia el famoso pasito de la paloma.
“a mi me gustaba como las movías” Me puse de puntitas de pie. Le agarre la cabeza. Me di cuenta de que era un pliegue de rollo en la nuca y volví a tantear hasta encontrar pelo.
“y juntos nos fuimos a pernoctar” Sus labios se perfilaban como dos anchoas. Rogué que no tuviese aliento a cerveza y la besé de un solo saque, como si fuese un toc toc, he igual de fuerte pegó.

No les voy a describir mi agonía. Necesitaba un lavaje de estomago, no por haber tenido contacto con un lobo marino, sino por el dolor de conciencia. Como iba a marcarme esto por el resto de mi vida. Era una mancha muy grande.

-Eu, pasame tu número, dale- Me rugió la gorda
-No, salí dejame tranquilo, te compro un chori si querés- No media mis palabras, no quise herir sus sentimientos más grandes
-No me gustan los choris…- Replicó cabizbaja
Me miró. Se encontró con mi mirada fría. Sabia que era la última vez que iba a verme, levantó su mano en busca de mi rostro, solo encontró un vacío. Sus lágrimas bañaron sus mejillas. Era una despedida dura, mas dura que el pity de intoxicados.

Volteé a buscar consuelo en mi amigo, estaba esperándome con 2 cocas gigantes. Las tan esperadas. Brindamos y juramos en no contar esto nunca, que no se escapara ni una sola palabra, que quedara entre nosotros hasta la tumba. Y nos fuimos, sintiéndonos unos boludos, que al fin y al cabo. Eso somos.

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