Memorias de un patovica: «Debacle sanjuanina: una cuestión ideomática»

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El político francés Jean Marie Le Pen la resumió brutalmente: “Prefiero a mis hijas más que a mis sobrinas; mis sobrinas más que a mis primos; mis primos más que a mis vecinos; mis vecinos más que a mis compatriotas; mis compatriotas más que a los extranjeros. ¿Qué de malo tiene?”

Situación: una y media de la mañana en la puerta de boliche, haciendo la rutina de suiempre. Una trafic blanca se estaciona justo enfrente d nosotros.

–          Che, son puros vagos – dice el Pelado.

–          Y vienen como medios hasta el pecho – acota el Polaco.

–          Si, fijate bien y a la media los cortamos – Interpuse casi como dándolo por hecho.

Se apean los 14 o 15 pibes al brete de la entrada. Desperezándose del viaje y a los gritos como un maldito malón en las puertas del fortín de frontera se acercan a nosotros:

–          Buenas noches.  Dice el Polaco al más cercano.

–          Buenas…

–          Usted dirá señor – le deja picando la frase.

–          Esteeee… venimos a bailar… – dice balbuceando.

Nos miramos con el Pelado y sin decir nada, ya sabíamos que las cosas se iban a salir de madre.

–          Documentos, por favor – dice el Polaco

–          Si, ya va… – intenta decir coherentemente el pibe.

Saca a duras penas la billetera y de entre los miles de papelitos y boludeces, aparece una “cosa”  que se parece a una identificación.

El polaco, agarra eso y tras meditar un momento, voltea la cabeza para mirarnos y haciendo una mueca, de esas cómo cuándo olés mierda, se vuelve y pregunta:

–          Polaco: – ¿Cuándo naciste?

–          Pibe: – Soy de géminis…

–          Polaco: – Te pregunté cuándo naciste, no de que signo sos.

–          Pibe: – Por eso, soy de géminis.

–          Polaco: – ¿Y a mí que mierda me importa? ¿Acaso me ves cara de Horangel? ¡Pelotudo!

Mientras el Pelado y yo, nos cagábamos de risa, los amigos del pibe, ya se estaban arremolinando en la entrada.

–          Pibe: – Heeeee… este…

–          Polaco: – ¿Dónde naciste? ¡Eso por lo menos debes saber!

–          Pibe: – Ha, en San Juan…

–          Yo: – ¡Encima de pelotudo, extranjero!

–          Pelado: – Gordo, la cagaste…

Resulta que todos eran sanjuanindios.

Se pusieron como locos. Comenzaron a putear a dos motores, sobre todo uno en particular, que sin dejar de hacer ademanes, gritaba desaforadamente. En medio del griterío, se le escucha decir al Pelado:

–          Pelado: – Perdóneme señor, ¿ pero me podría hablar en castellano? No entiendo su idioma.

–          Otro Pibe – ¡Hij… de piiiiii y la piiiiiii que te parió! ¡La piiiiiiiii de tu madre!   

–          Pelado: – Sigo sin entender…

–          Yo: – Hablá en imprenta sanjuanindio, no se te entiende una mierda.

La verdad es que, la puteada, sea en el idioma que sea, se entiende perfectamente y si agregamos los gestos y los ojos desorbitados de los pibes, no hacía falta agregar nada.

–          Yo: – Pará loco, el diaguita es una lengua muerta, probá en quechua.

Se fue todo a la mierda. Empezaron a los manotazos y las patadas al aire, el Polaco esquiva un cross de derecha, y haciendo una finta digna del gran Nicolino, tira un gancho de zurda que impacta en el hígado del sanjua. Demás está decir que una piña en ese sector, y más cuando el hígado está resentido por el consumo de alcohol, es una piña de knock out. Cayó  hecho un bicho bolita el maldito.

El Pelado y yo habíamos salido del vallado y espalda contra espalda, aguantábamos lo que tiraban hasta que llegaron los refuerzos. Claro, los sanjuas no contaban con que, desde el interior del local, y atentos a lo que sucedía, salió la primera línea de lo más parecido a los All Blacks que pisen Chacras.

Los gordos llegaron repartiendo a diestra y siniestra. ¡El culerío que quedó! Rajaban para todos lados los sanjuanindios, y en el camino, recogían piedras que como buenos aborígenes, las utilizaban con una puntería digna de un snipper. Nos cagaron a piedrazos cual hincha tombino justamente en tierras sanjuaninas. Todo era un quilombo, hasta que un vecino llamó a la cana.

Claro, llegaron al toque, la comisaría está cerca y los móviles llegaron en plena lluvia de piedras. Se la mandaron. En cuanto un cana recibió el primer piedrazo, los cagaron a escopetazos con esas postas de goma, que duelen como la gran puta. A los 5 minutos, ya los tenían a todos en el suelo con las manitos en la espalda, listos para ser trasladados a la comisaría.

–          Oficial: ¿Me quieren decir que mierda pasó?

–          Yo: La verdad, no sabría decirle oficial…

–          Oficial: Este quilombo no se armó de la nada.

–          Yo: Mire, me parece que ha sido todo una cuestión idiomática.

–          Oficial: ¿Qué?

–          Yo: Simple, no le entendimos en qué idioma nos hablaban. 

Moraleja:  «Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis.» Michel Eyquem de Montaigne (1533-1592) Escritor y filósofo francés.

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