Memorias de un patovica: ¡Mirá como lo dejaste!

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Miércoles por la noche, trabajando en el boliche del “momento”. Ese verano en particular, habíamos destronado al tradicional pub de la calle San Juan. Venían gentes de todos lados, movidos sobre todo por la curiosidad. La curiosidad de ver qué era lo que lo hacía tan especial.

Una de esas cosas, era que había premios incentivos, para las clientas que se animaran a bailar sobre la barra, sometiéndose así al clamor popular.

Deben ustedes imaginar que, en una barra de aproximadamente 40 metros de largo, la cantidad de mujeres que se subían a bailar, era por demás importante; por tal motivo, los patovicas del local, debíamos ubicarnos estratégicamente a intervalos de 5 metros aproximadamente, para cuidar la honra de las bailarinas y cuidarnos entre nosotros, de una posible patada voladora, o una piña o en el mejor de los casos un vaso lleno de hielo con destino a nuestras testas.

¡Fiesta! ¡Fiesta! ¡Fiesta!

Quiero verla en el show

es como un gato siamés

su cola arde en el risco

espero que alguna vez

al ver tus ojos me des

alguna noche de hotel…

Aullaban los Ratones Paranoicos y la horda se ponía loca de amor, de amor al sexo. Mientras que las Amazonas, ardían de furia, ya por celos, ya por envidia o lo que es peor, una mezcla de ambas cosas.

En mi boca no hay control

me voy cayendo a tus pies

las piernas son un abrigo

al menos no moriré

si todo me sale bien

lo hará de nuevo otra vez….

Atentos los patovicas ante los manotazos zarpados de la horda calenturienta, atentos a que los novios despechados “pusieran” a otro por zafado… y cómo si todo esto fuera poco, también atentos a lo que sucedía sobre la barra, ya que una teta afuera, medio culo a la vista, etc. significaba un “cambio de rubro” y por lo tanto, una multa al local.

Debo destacar a esta altura que en este boliche en particular, la V.I.P. (por llamarla de alguna manera distintiva) estaba en un segundo nivel, desde el cual, la vista al resto del recinto es más que óptima. Desde esta atalaya, nuestro jefe, Piter Lalala, nos coordinaba a fuerza de rayo láser verde.

al ver tus ojos me des

alguna noche de hotel…

De pronto, el patovica ubicado a mi izquierda, levanta la vista hacia la vip, me mira desconcertado como no creyendo lo que sucedía, vuelve a mirar hacia arriba y sale disparado.

Es de imaginar que a pesar de no saber lo que sucedía, voy tras mi compañero, mientras que Piter Lalala, señalaba con el láser a otro compañero para que nos siguiera.

Mi colega subía esas escaleras casi sin tocar peldaño alguno, entre la gente, entre las botellas en el piso, entre los brazos alzados al ritmo de la música y los brazos alzados tratando de proteger lo poco que queda en el vaso con fernét. Demás está decir que más de uno/a quedó de orto en el suelo, pero bueno, a eso se le llama “efecto colateral” o más castrensemente hablando, “bajas por fuego amigo”.

Justo cuando llegamos al objetivo (el cual yo no conocía) nuestro jefe lo estaba apartando del resto de sus retobados amigos. Mi compañero, le trabó los brazos, mientras yo me puse al frente para abrir paso hacia la puerta de salida. Pequeño alboroto a nuestro alrededor, pero estaba mejor lo que acontecía en el escenario, por tal motivo todo se circunscribía a nosotros cuatro (tres patovicas y nuestro jefe), el objetivo y sus siete alborotados amigos.

Abriendo camino hasta la salida por entre el público, se escuchaban los gritos de los tipos… “Parece que hubo un cambio de rubro”… me dije para mis adentros y llegamos a la salida.

Mi compañero, le da media vuelta al “objetivo” para mirarlo a los ojos y con una furia casi incontrolable le grita a un par de centímetros de la cara…

-¿CÓMO SE TE OCURRE MEARME? ¿QUÉ MIERDA TENÉS EN LA CABEZA?

Atónitos nos miramos como no creyendo lo que escuchábamos y procedemos a sacar del boliche al “objetivo” y sus amigos. Nuestro compañero, meado (por un tercero)  y enfurecido, ya estaba yéndose a su puesto, cuando preso de la calentura, se vuelve sobre sus pasos y tomando una corta carrera, le da una flor de patada en el orto al “meador”… ¡Pum! Sonó la patada en el patio, el objetivo es levantado en el aire y cuando aterriza, sale rengueando en dirección a la calzada…

-¡No neneeeeeeeeee! ¡Mirá cómo lo dejaste! Dice nuestro otro compañero patovica, que venía en nuestro apoyo…

Y en ese momento, uno de los alborotados amigos, vuelve sobre sus pasos y nos espeta.

-¿Encima que nos sacan se burlan de él?

Un unísono ¿PORQUÉ? Brotó de nuestras gargantas…

-¿Cómo porqué? ¿Acaso no se dan cuenta de que tiene una pierna más corta que la otra?…. hijos de puta mala leche.

La carcajada aún resuena en ese boliche… es más, el sereno nos cuenta que en las noches de luna llena, se escucha el eco de las risas y sus correspondientes ahogos.

¡Qué hij….! El rengo tenía ganas de mear y no tuvo mejor idea que pelar la chaucha y mear para abajo, sin importarle una mierda a quién le caía… (o sí… nunca lo sabremos nosotros)

Aún solemos encontrarnos con este personaje, claro, en otros boliches y cada vez que ve a mi compañero se deshace en disculpas. Pero va a quedar siempre la anécdota del día, en que se dio el lujo de mear a un patovica entre las risotadas socarronas de sus contertulios…

Rengo hij…

“El ruido de las carcajadas pasa. La fuerza de los razonamientos queda.” (Concepción Arenal (1820-1893) Escritora y socióloga española)

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