Mendolotudo aconseja sobre ponerte escavito

Tus salidas eran comunes, corrientes y sanas. Te juntabas con los pibes, te comías un panchito, por ahí te fumabas una pucheta, pero nada más. Al boliche era ir a bailar solo, como un zanguango y a mirar minitas que jamás te animabas a encarar. Tu pitilín te pedía a gritos un entierro.

Una de esas noches, picardía de uno de tus secuaces, se clavaron una fresca entre catorce pelagatos. Tan solo un litro de ese espumante brebaje alcanzó para dar vuelta a los catorce muñecos, los cuales parecían una manada de desfachatados en el enterprise. Estabas más contento que puto con tetas y todos colorados como huevo de ciclista.

De aquella noche no te olvidas más, por tres motivos. Primero porque te encaraste a la primer minita en tu vida dentro de una boliche y te dio bola, ¡estabas desinhibido tiburón!, segundo porque te vomitaste hasta el apellido, escarchando toda tu remera de los redondos para siempre y tercero porque descubriste el poderoso efecto del escavio sobre una persona. Tampoco te vas a olvidar del encuentro que tuviste al irte a dormir con los halcones galácticos… cuando niño de cobre te invitaba a un fernecito.

A partir de ese día te empezaste a clavar un escavio todos los fines de semana. Tus cóctels eran tranquilos y baratos. Clavabas porrón, ferne “vitone” con coca, vino blanco con esprai y las típicas bebidas blancas con gaseosas de cuarta, quedabas quemado Niki Lauda. Tu nivel como tomador era como el de un pordiosero abandonado en las vías del andén, pero igual era barato y terminabas para atrás como Michael Jackson.

Pasó el tiempo y ya no solo te bastaban los findes para colocarte; ahora salías de laburo y pegabas escavio con los pibes del trabajo, salías del club y pegabas escavio con los pibes de entrenamiento, salías con tu novia y pegabas asiento del conductor, dejándola manejar a ella del pedo que te cargabas. Salías donde salías terminabas escaviandote algo a hurtadillas, como un fisgón. Llevabas una petaca bajo la campera y toda ocasión era buena para pegarle un traguito. Eras un nabo sobrio y un picante escaviado, eso era lo que creías vos.

Poco a poco cultivaste la famosa panza porronera, o chopper, según los más asiduos. Ya dejaste de lado el vitone, ahora le haces culto a branca a morir y tomas buenos vinos, por lo menos ya alcanzas a distinguir un tinto de un blanco… por lo menos. La voz te ha cambiado más de lo normal, esos güiscachos sin hielo que te clavas, te han dejado la garganta seca como culo de guanaco y tenes la voz más grave y rota que Alfio Basile de madrugada.

En una de tus borracheras, ibas escavio al repalazo en el fia 147 que tenías, haciéndote el Randy Mamola y se la tostaste al camioncito de soda que estaba parado en la esquina. Bajaron dos guasos y te llenaron la cara de dedos, quedaste más marcado que código de barras, mas guasqueado que león de circo. Para colmo te llevaron en cana y el control de alcoholemia te dio “positivisimo”… estabas más pegado que proyecto 1 ¡Fuego!

Una noche, uno de los pibes te invitó a una fiesta donde iban a degustar unas cervezas caseras fabricadas por el dueño de casa, suerte de rastafari de los 80 con cara de Jack Nicholson en el papel de Jack Torrance de “el resplandor”. Estaba más duro que teta de travesti. Las casa era un antro de aquellos… más desordenada que cumpleaños de mono. El olor a cannabis perfumaba las cortinas, que estaban re locas, bailaban y charlaban sobre Arjona y su último corte de difusión.

La cuestión que el loco había preparado una especie de cerveza casera… líquido que venía “del más allá”, según sus propias palabras. Cuando de pronto apareció con la cacerola y el cucharón para servir, a vos algo te olió raro… como a mierda. Salía humito de la olla aquella.

El tipo te sirvió zarpado vasote de cerveza y vos le diste un sorbo, estaba bastante rica. Luego le diste otro sorbo y otro… empezaba a gustarte la porquería aquella. A la media hora ya te habías clavado siete de los vasos, estabas subido a una calesita que iba andando por una montaña rusa con Boby Goma como acompañante, ¡¡yuuupi!! Al grito de “esta gilada pasa como agua y pega como taaaaisssoonnn”, te pediste un octavo baso.

Aunque a partir del tercer vaso ya no sabías ni como te llamabas, lo del octavo vaso te voló la peluca por los aires, ¡catapunchis! Ya no sabías si ibas o venías, si era tarde o temprano, si eras hombre o mujer…

Entró la noche y el escavio mágico se acabó… estabas totalmente ebrio y se te había calentado el pico, así que, a los tumbos y con la manito como guía, le abriste la heladera al dueño de casa y te clavaste dos vasitos de ferne, medio litro de campari con naranja, medio limón metido en un vaso de gin, lo que quedaba de un “resero” lo metiste dentro de una botella de rebber cola y te lo empinaste, te tomaste el litro de agua sabor (sabor pomelo), un taper con sopa, te acabaste el último culito de la botella de ron, te tomaste una lata de arvejas, un toc toc de alcohol etílico y un chorro de soda stereo. No podías hilar dos palabras, tenías la lengua más enredada que paquete de viruta. Entre la acidez y las vomitonas que se te venían tenías los ojitos llorosos y hacías provechitos como un bebe recién nacido. El hipo típico de borracho te hacía patinar las palabras y quedar como un mamarracho.

Estabas re loco, te habías puesto escavito a full. Al toque ya andabas en tarlipes por la casa del vago. Estabas molesto y denso, te habías puesto más pesado que tanque a pedales. Puteabas a las minitas y te apurabas a los pibes, te querías trompear hasta con Daniel Sam. Jodías con que “pongan roncanrol”, “pongan rocanrol toda la noche”, bailabas solo, empujando a todos, cantabas fuerte y desentonado, a los gritos, no te sabías la letra ni de “la ventanita” del grupo sombras. Escupías al hablar y nadie se te acercaba por el olor a borracho que destilabas, estabas más chivado que zapato de mormón. No te soportaba más nadie, ya tenías a todos con las bolas por el piso.

De pronto te volvió a dar sed, tenías la garganta más seca que cañería de pirámide. Te habías acabado todo el alcohol de la casa, cuando de pronto divisaste un florero que había en la casa del rasta. Corriste hacia aquel, y no alcanzaste a mirar al dueño de casa que te gritaba “no, ¡del florero no!, ¡del florero no!”… zapatilla.

Consejo del Mendolotudo: nooooo, noooo, ¡no no no bebote! ¡El florero era donde el rasta guardaba el elixir para su brebaje! Una concentración de tóxicos y bacterias que podía voltear a un terodáctilo maduro… ¿¿Sabes que te pasó?? Perdiste el conocimiento por completo, y sin saber como ni cuando terminaste acostado entre dos motoqueros de los “Dar Enyels” con una peluca de Moria Casán y un dolor de culo como si te hubiesen atravesado un oleoducto de YPF por la colectora. Todo por no saber controlarte con el escavito. Si queres shorar… ¡shora!

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