Silencio Eterno

Soy Antonio, un tipo de clase media, separado, con un hijo de casi cinco años, con problemas
económicos, quizás de amor, quizás hasta he olvidado lo que es sonreír.

Un día de verano del año 1989 iba tarde a mi trabajo, todavía me faltaba dejar a mi hijo,
Gabriel en la casa de su madre. El niño trataba de entablar una conversación pero yo  iba en mi
Citroën con el asiento del acompañante lleno de papeles y facturas impagas, cada intento de
Gabi era anulado con un “shhh” y un entrecejo de desaprobación de mi parte.

Gabriel, desistiendo de hablar con su ausente padre, solo miraba por la ventanilla trasera.

Un descuido, una hoja que se cae o tal vez una quemadura de mi cigarrillo, quien sabe, dieron
punto final al viaje.

– ¡¡¡No papaaaaaaá!!!

Fue el sonido previo al estruendo y al eterno silencio.

Una luz blanca, un cuerpo inerte, silencio tras silencio, el tiempo que no existía. A veces la luz
era opaca, mas no tenía fuerzas ni para pensar.

Cuando recuperé algo de conciencia solo atiné a gritar por mi hijo.

-¡¡¡Gabriel!!

Era en vano, no existía mundo, todo era blanco, no podía verme, era una pesadilla, un
secuestro del tiempo en el que estaba preso.

De las luces surgieron sombras, las que se movían, pero seguían sin escuchar. Estas sombras se
hicieron, con el paso del tiempo, más definidas, hasta que adoptaron la realidad.

Estaba en una sala de un hospital, nadie podía oírme, nadie podía decirme nada de mi hijo,
mas no podía moverme, mis ojos habían quedado levemente abiertos mas mis pestañas
dificultaban mi visión.

Los días pasaban, la misma rutina, aquel medico que siempre venia, las enfermeras que
cambiaban de turno y yo sin saber si mi hijo estaba bien.

La desesperación me atacaba, todo era mi culpa, como no me dedique a vivir la vida, a sonreír,
a charlar con mi hijo como chicos y como grandes. ¿Qué era de él? Nunca lo vi visitarme, ni a
mi familia.

Cada día se convertía en un infierno, al menos al médico le caía bien, venia casi a diario,
se sentaba en mi cama, me revisaba y me tomaba de la mano y no sé qué rato se quedaba
hablando, pues ya había perdido la noción del tiempo. Si al menos escuchara alguna palabra.

El silencio se hizo un zumbido, el zumbido se convirtió en leves voces a lo lejos, pero ya a esta
altura deseaba estar muerto. La soledad, la incertidumbre, era mucho para mí, si moría tal vez
encontraría respuestas, aunque dudo que Dios me recibiera con mi abultado prontuario.

Las enfermeras me ignoraban. Solo hacían lo que tenían que hacer y se iban, el doctor se
sentaba y me contaba historias, cuentos, pero no me decía nada de mi hijo. Es con el único que
me relacionaba y quizás la gran cantidad de tiempo que lo había visto me llevé a encontrarle
cierto parecido a mi viejo, salvo por lo joven y por la cicatriz del doctor en su mejilla derecha.

Volvía a mi recuerdo mi hijo, tan inocente y loco, tan eléctrico y dulce, tanto le había fallado,
si tan solo la vida me diese la oportunidad de volverlo a ver, de que estuviese bien, nunca me
perdonaría si algo malo le hubiese pasado, pero es tan cruel el tiempo que no me deja saber
de él.

Creo que mis labios se movieron, mi dedo meñique también, pero no hay nadie que lo
observara.

Día tras día seguí intentando, ya levemente movía mi cabeza, y creo que hasta logré balbucear,
mi recuperación se daba a grandes pasos, podía mover los dedos los pies, sabía que mis
piernas eran fuertes.

Solo quería gritar el nombre de mi hijo y que alguien me explicara lo ocurrido.

Un día practicando mover mi mano, me encontró una enfermera moviendo mi dedo meñique,
por lo que soltó los papeles y salió gritando desesperadamente .

-¡¡Doctor, doctor, rápido, un milagro!!

Rápidamente vino el médico, el que con lágrimas en los ojos me abrazo extremadamente
fuerte.

-¡¡Papá te amo!! ¡¡Gracias por volver!!

*Adaptación de la historia verídica de Rom Houben.

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