Un amor para toda la vida

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Un amor para toda la vida- Im

Un día, así de la nada, las cartas empezaron a llegar. En el departamento la única persona que vivía era yo, pero esas cartas tenían mi dirección, aunque no mi nombre. Ya hacían unos meses que vivía ahí  y supuse que, como sucede a veces, hacer el cambio de domicilio no es algo que tenga prioridad. Al principio llegaban de a una, o dos, por semana. Eran de bancos principalmente, a veces de diferentes impuestos, dos de un estudio de abogados en Buenos Aires, esos que contratan las empresas para cobrar deudas muy atrasadas, y demás.

Nunca las rompía, las guardaba en un cajón, pero ya estaba cansada de la situación, y los carteros en vez de llevarlas de vuelta básicamente se pasaban mis reclamos por un oído mientras que les salían por el otro. Entonces me decidí a llamar a la inmobiliaria que me había vendido el departamento para ver qué pasaba con los dueños anteriores.

No sé realmente si es que tienen una política de privacidad muy estricta o que no tenían la más mínima idea de lo que les estaba preguntando, pero no me supieron dar muchos datos. La dueña había sido una mujer de unos 50 años que vivía sola, que un día se contactó con ellos y punto. Un día sacó sus cosas y no la volvieron a ver hasta el día que se vendió el departamento, donde paso a cobrar y nunca más. Misterioso. Pensé que quizá podría sacar un poco más de información a los vecinos, ¿cómo alguno no iba a saber nada de ella?

El departamento estaba en un quinto piso, a unas 8 cuadras de la Plaza Independencia y, cuando lo vi, lo que realmente me llamó la atención fueron las ventanas que daban hacia el balcón, que tenían una vista única de todo el microcentro. Siempre me han gustado las buenas vistas, y eso fue lo que me convenció para comprarlo. Como todo edificio en Mendoza, este no tenía muchos pisos, tenía 7 y un promedio de tres departamentos por piso. Eso hacía a la cuenta de que tenía varios vecinos, y me decidí a empezar la búsqueda de información. Casualmente ese día me dejaron dos cartas en el buzón. Una era de un resumen de American Express (que no era mío, obviamente) y la otra era personal, con el remitente y el destinatario escrito a mano, y venía de San Rafael. Me las llevé al cajón de las cartas  y salí a averiguar. De los 7 pisos solo pude encontrar a tres personas que me dieron algo de utilidad, ya que se notaba que Elsa Vieytes (ese era su nombre) no era una persona muy popular y sociable. Aunque para ser sincera, yo tampoco lo era.

Una señora de unos 60 años que vivía con su marido y tres perros en el primer piso me dijo que la habían visto una o dos veces con una mujer de más o menos su misma edad. Un hombre de unos 30 años que vivía en el cuarto piso, me dijo que el cartero siempre le dejaba varios sobres escritos a mano y que tenía la impresión de que era abogada o escribana, porque al preguntarle una vez porque recibía tanta correspondencia ella le había dicho que era porque tenía muchos clientes. La vecina del departamento al lado del mío me dijo que la había escuchado cantar canciones del Pocho Sosa y que varias veces la había escuchado llorar. Lo de la mujer también lo había visto y tenía la impresión que era su pareja o algo así, porque muchas veces sintió discusiones fuertes. “A veces es mejor no meterse en la vida de los demás” me dijo. Tenía razón en cierto punto.

Cansada de tantas cartas, empecé a llamar a los bancos y estudios jurídicos para pedirles que me dejaran de torturar con sus cartas y que la tal Elsa Vieytes no vivía en mi casa. Aunque quedaban las cartas escritas a mano, que ya se habían empezado a sumar, porque llegaban siempre puntualmente todos los lunes a la mañana. La dirección era siempre la misma «Los inquilinos 2436, Rama Caída, San Rafael, Mendoza » y el remitente era de una tan Rosa Espino. Cuando acumulé cuatro cartas me cansé, y violando la privacidad, lo acepto (aunque supongo que yo no empecé), me decidí a leer la primera. Al abrir el sobre, un olor a colonia de rosas me impregnó la nariz, era la misma fragancia que usaba mi abuela cuando me visitaba y me hacía café con leche. Había una hoja escrita con tinta azul y una foto en blanco y negro de dos niños de unos 10 años sentados en, lo que parecía ser un jardín. La parte de atrás de la foto decía «Malargüe 1970 Elsa y Fito». La carta decía lo siguiente:

Querida Niní: No sé cuándo fue la última vez que nos vimos, e incluso esa vez no fue muy feliz. Ahora revolviendo el cajón de los hilos encontré esta foto tuya con tu hermano jugando en la quinta del tío Federico en Malargüe. ¿Te acordás lo felices que éramos los tres? Cuando todo el odio y todo el resentimiento no existía, y cuando tus padres tomaban mate con los míos. Cuando jugábamos a las escondidas y cuando no sabíamos que amar a otra persona del mismo sexo estaba mal. Para mí nunca estuvo mal, en fin. Sé que estás muy dolida por lo de tu hermano, por lo que pasó la última vez que nos vimos en tu departamento, y por todo lo que te dije y no hice. No se Niní, te extraño demasiado. Si no me respondes te voy a entender, pero nunca te voy a dejar de escribir. Ni de amar. Besos Rosa.

Me quedé pasmada. Era, literalmente, la mejor carta de amor que había leído, y realmente era una lástima que su destinataria no la hubiese podido leer. Pero me quedé con tanta curiosidad que agarré y abrí la segunda. El mismo olor a colonia de rosas estaba cuando abrí el sobre. Y decía lo siguiente:

Querida Niní: Me da la curiosidad saber si es que no leíste mi carta anterior porque estas enojada, o porque te has cambiado de residencia, nuevamente. Sabes que mi lugar en el mundo es Rama Caída, te podes venir a vivir acá cuando quieras, mi casa, la finca, hasta los animales pueden ser tuyos. No tengo a más nadie en el mundo, y no es de lástima que te lo digo, sabes que es cierto. Mi madre falleció el mes pasado de pancreatitis. Demasiado duró la pobre. Ya no me importa demostrarle nada a nadie, si siempre desde los 10 años te he amado. ¿Para qué? Bueno, si estas enojada, si no me respondes te voy a entender. Pero quiero que sepas que no tenès que seguir huyendo de nadie. Tu lugar está acá, conmigo. Besos, Rosa.

Me supuse que abrir las otras cartas iba a ser demasiada invasión a la privacidad y me dediqué a buscar a esta Elsa Vieytes, para darle las cartas, se merecía leer esas palabras tan sinceras, tan sentidas de alguien que la amaba. Y eso hice. Empecé a buscar por todos lados, y me acordé de Esteban, mi ex que era policía. La relación era muy buena, después de mucho, y supuse que él me podía ayudar. A la semana de habérselo pedido me llama y me dice lo que había pasado. Me dio el recorte de un Los Andes, donde decía que la señora había muerto al poco tiempo de que yo me instalé en el departamento y había sido por un ataque al corazón, producto de una caída hacia el canal Cacique Guaymallén, en el momento que su cuerpo tocó el agua, ella ya estaba muerta. Y ahí fue cuando lo supe. Tenía que ir a ver a Rosa Espino. Tenía que ir a Rama Caída.

Nunca había ido a San Rafael, ni sola ni acompañada porque a Esteban no le gustaba viajar. En ese sentido me privaba de varias cosas pero nunca sentí esa necesidad imperiosa de salir y explorar el mundo. Debo decir que no sé qué haría sin el GPS de celular, cuando puse la dirección exacta de la carta en el acto me apareció como ir. No sé de donde me salió la espontaneidad, pero me decidí a ir. Rosa debía saber que le había pasado a Elsa. Si sus palabras eran ciertas, tenía que saberlo.

El viaje era de dos horas y media según mi cálculo. Salí a las 9 de la mañana con las cartas, el recorte del diario, una botella de agua saborizada de litro y medio y algo de plata en la billetera. Eran las 12 menos cuarto cuando el GPS me dijo que había llegado. Solo había un portón grande con la numeración escrita con números de madera. Toque la bocina y esperé. Salió una mujer rubia y alta, tenía pinta de alemana, que me miró medio raro y me dijo «Si, ¿quién es?»

«Señora, usted no me conoce pero yo vivo en el departamento donde vivía Elsa Vieytes, tengo noticias de ella, tengo las cartas también, ¿podemos hablar adentro? Fue lo que le dije, parada al lado del auto. Ella me miro muy rara, muy asombrada y lo que hizo fue abrirme el portón. Me dijo que entrara con el auto hasta la casa, que estaba metida como media cuadra para adentro del portón. Era un lugar muy grande y alcance a ver a lo lejos algunos corrales y dos caballos comiendo de un fardo de pasto. Todo estaba sorpresivamente verde, lleno de vida. Cuando me bajé del auto, ella venía caminando a paso rápido y me dijo que me sentara en las reposeras que tenía en la entrada a la casa. Había un juego de reposeras muy lindas y una mesa chica, como tipo ratona. Bajé las cartas y el diario, era hora de hablar.

Cuando le conté de Elsa, se le corrieron varias lágrimas. Se metió adentro y volvió a los minutos con un portarretrato donde estaba con Elsa, visiblemente más jóvenes las dos, a la orilla de una playa. «Eso fue en Valparaíso, hacen 20 años ya. Fueron las vacaciones más felices de nuestras vidas». Me contó toda su historia juntas y como, al morirse sus padres solo se tenían la una a la otra. Vivieron casi toda su vida juntas, y un día tuvieron una pelea muy grave y Elsa decidió irse a vivir a la ciudad. Ella fue detrás, pero las cosas no funcionaron y se distanciaron. Me dijo que juntas escuchaban canciones del Pocho Sosa. «¿Sabes de lo que más me arrepiento?» Dijo mientras que tomaba jugo de naranja. «De no haberle dicho que la amaba, y que nada era más importante que estar juntas. Aunque no te niego que vivimos muchos años, siendo felices. Pero no se merecía ese final. Ella no.»

Charlamos durante unas dos horas más o menos, y le devolví las cartas y el recorte del diario. Me dijo que conservara la foto, ella todavía tenía varias más. Cuando me estaba yendo me dio un frasco grande de duraznos al natural «los hago yo caseros» me dijo, y se lo acepté. «¿Y ahora que te queda?» Le dije. «Me quedan los recuerdos, y por ellos voy a vivir. Muchas gracias por todo”, me dijo, y emprendí el viaje de vuelta.

No voy a negar que lloré bastante por esa historia de amor, tan real, tan intensa y tan breve a la vez. Ahora tengo su foto en la mesa de luz, y ahora las cartas han dejado de llegar. Pero lo que me enseñaron no tiene precio, ni tiene fecha de vencimiento. Su amor fue para toda la vida, pero a veces este es tan breve y se va tan fácil muchas veces, que lo importante es hacer, que mientras dure, no tenga igual.

Fin

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