Un buen día

Despertó pensando que ese no sería precisamente un buen día. Respiró consiente de que lo hacía. Sin abrir los ojos estiró su mano esperando encontrar a alguien o algo a su lado, pero no había nadie…ni nada. Hace mil mañanas que despertaba esperando estar acompañado pero eso no sucedía. Eso lo amanecía fastidioso.

Miró la hora y se lamentó por haber dormido tan pocas horas. El insomnio le había demacrado el rostro, lo arqueó un poco y le quitó el humor. Para colmo, después de medio siglo de vida, tuvo que comenzar a cuidarse con las comidas. Algunas hacían que su cuerpo se llenara de salpullidos lo que le provocaban dolor, mareos y significaban un constante ataque a su bajo ego.

En su vida tomó malas decisiones. Elecciones que lo llevaron a vivir solo, carecer de buenos amigos, no tener un trabajo fijo. Cuando las personas desmerecen lo que tienen y se dedican a vivir el día a día, es inevitable que llegue el momento en el que la soledad te abrace y te obligue a que compartas con ella todos tus momentos.  

Después de desperezarse unos minutos pensó en lo que haría el resto del día. Pensó que lo más acertado era aprovechar la única hora que quedaba antes del mediodía trabajando un poco. También pensó que una ducha no le vendría nada mal. Es por eso que destapó una lata de cerveza y se acostó en la bañera. El agua casi se rebalsaba cuando sumergía su cuerpo por completo. Pensaba en no salir, en llenar sus pulmones de líquido y que lo encontraran flotando en diez días. Quizás más.

Se dio cuenta que ya nadie esperaba nada de él y que ni siquiera él mismo confiaba en sus capacidades. Decidió que debería morir pero antes debía pagar sus deudas.

Salió de casa con el cabello engominado hacia atrás. En su bolsillo estaban los ahorros de varios años, había planeado un viaje con su novia pero ella había decidido hacerlo con otra persona. Pasó por una tienda y compró un traje muy elegante, no se trataba de una cita cualquiera. La cita era con la muerte, la única amante fiel de todos los hombres y mujeres.

Pasó por la verdulería, la señora que atendía le dijo un piropo, él respondió de buena manera y hasta le guiñó un ojo. Luego pasó por la revistería y pagó tres meses de periódicos. Bromeó un poco y se retiró con el diario bajo el brazo, pensó que solo iba a leer la sección deportiva. El resto del diario es pura mentira.

Antes de llegar a su casa compró un whisky, uno de los caros. Esos que toman la gente que aparenta ser feliz por tener ropa interior suave, un estómago grande y un par de novias como mucamas.

Llegó a su casa. Se sirvió un vaso. Dos vasos. Veintiún  vasos.

“A la mierda todo” dijo. “A la mierda mi destino” agregó.

“Voy a quedarme solo con mi botella de whisky y esa soga”.

Esa soga.

Silbando se la acomodó alrededor del cuello.

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