Virus, con V de vergüenza

Allá por marzo aplaudimos. Era fácil: retener a todo extranjero que ingresara, aislarlo, testearlo y largarlo a los 14 días. Hoy sabemos que fueron pocos más de seismil, muchos menos que la cantidad de policías de la bonaerense y bastaban las plazas hoteleras disponibles. Ezeiza se iba a convertir en un escudo mientras todos los demás nos guardábamos por las dudas que hubiera llegado un descolgado que se mandó con virus a interactuar descontrolado después de volver de las vacaciones.

Eran quince días nada más. No costaba tanto.

Los medios hicieron su parte con los reportes de muertos en países a los que siempre admiramos y de los que venían los que aterrizaban.

No se podía ser tan inhumano y dejar argentinos de estirpe criolla en suelo extranjero. Ahí fueron los héroes de aerolíneas a traer a los que voluntariamente, con pandemia y todo, irse. Ahí vinieros ellos con el bichito a decirnos que era terrible, que nos quedáramos en nuestras casas, que eso era mortal.

Miedo. Silencio. La muerte se paseaba en su carroza verde por cada espacio de nuestra imaginación. Obedecimos. Nos pidieron esfuerzo, lo hicimos. Escuchábamos hablar de pico, de saturación, de falta de respiradores. Temimos y seguimos obedeciendo. Nos hablaron de una guerra, de un enemigo invisible, de que nuestro cuerpo es un arma que puede matar a nuestros padres y abuelos, que nuestros hijos eran una bomba ambulante.

No hubo más clases, no hubo más reuniones. Pero todo tiene un límite y en Mendoza fue el caso 98. Ya hacia principios de junio la desobediencia clandestina empezó a ser una opción. Porque, como una remake del pastor mentiroso, tanto miente que cuando el lobo viene de verdad, nadie le cree.

¡Es la economía, estúpido!

La grieta estaba abierta: cerrar o abrir, ese era el dilema a un costo alto por cualquiera de las dos opciones. Y se abrió. No todo, porque los que consumimos novelas todavía ansiamos ver besos en televisión; y a los que nos gusta la ficción anhelamos que cuando vamos a un restaurante, estemos en cubículos vidriados sin que los de la mesa de al lado escuchen la conversación, la carta esté en el código Q, elijamos la opción por el celular y a los 20 minutos venga un robot con la bandeja.

Los que pensamos un poco más allá de los números, sabemos que es más barato poner antenas de wifi en todo el territorio y entregar una computadora a cada alumno del sistema que construir escuelas en cada puto pueblo y a las que cuesta que algún maestro sin vocación se aventure.

Es más cómodo comprar online, pero tiene dos cuestiones que alguna gente no está dispuesta a asumir: blanqueamos lo que consumimos y encima los demás no nos ven comprando. Esa lógica mediana que alcanza a todas las mentes en algún momento de su vida, cuando se da cuenta de lo efímero y finito que es todo.

Los políticos no son ajenos a esa medianidad cerebral, tan abundante como inversamente proporcional al sentido común. Y fue un flash: la gente encerrada. ¡Era perfecto! Nadie se manifestaba, nadie salía, todos obedecían. Casi que algunos se atrevieron a hacer comparaciones entre nuestra idiosincrasia con la de los países nórdicos. Pero nadie habló de una diferencia: ellos siguen las reglas por convicción, nosotros por miedo, por eso bien merecido tenemos el encierro.

Sobre la libertad

El pacto se rompió con la liberación de presos. Porque los derechos humanos en este país se convirtieron en una bandera que enarbolan delincuentes que se cagaron en los derechos humanos de sus víctimas. Teníamos la oportunidad de oro para sacarnos de encima esos inadaptados y no, los liberamos. Se convirtieron en una amenaza más. Era más peligroso salir y que te asaltaran. Seguimos adentro y con más miedo.

Además, aparecieron los milicos escondidos que tenemos en el interior, esos represores de la conducta que nos hablan del bien y del mal. Nos dieron la oportunidad de denunciar al vecino que nos cae mal, ese que sabemos que tiene algunas cosas oscuritas, ese que tiene amigos, amantes, labura en lo que se le canta el orto y es feliz. La envidia nos carcomía y la alimentamos llamando al “0800-muestre-su-lado-oscuro-y-siéntase-un-héroe” mientras comíamos pochoclo mirando Netflix y mirábamos por el rabillo de la ventana el momento en el que caía la policía a la casa de enfrente, o de al lado, o de atrás. El barrio estaba en orden.

Los políticos montaron el sistema más eficiente de control social y Foucault se revolcaba de risa en su tumba. Hasta que nos dimos cuenta. Sí, nos dimos cuenta de que el virus no mata más que los femicidas, los alcoholizados al volante, los delincuentes a mano armada y la desnutrición infantil. Y empezamos a salir a riesgo propio. Porque somos dueños de nuestro cuerpo y también podemos ponderar ante quién y cuándo claudicamos nuestros derechos y libertades.

Los días encerrados nos enseñaron a valorar con quién y cuándo arriesgarnos, por qué y para qué vale la pena estar vivos, y que la muerte llega en cualquier momento y es siempre una mierda. Y ya fue, cada uno se cuida de lo que quiere y puede, como siempre. Las cartas estaban echadas, era momento de jugar. Ganar o perder, como con cada elección.

La grieta

Ahora ellos se pelean por ganar la pulseada de poder, a no negociar ni una baldosa en las bancas. Mendoza parece desbordada, los temerosos piden que el Suárez cierre, Cornejo dice que no porque Fernández dice que sí y si Larreta se la banca todo el frente se la banca.

Capitalizaron el virus como estrategia electoral después de que Duhalde, viejo zorro si los hay, alertara sobre no elecciones el año próximo y golpe de estado. ¡Miren quien habla!

Miro las estadísiticas de contagios y veo a las provincias opositoras on fire. No es casual. Y no me refiero a una mano negra que muestre lo mal que les va a los republicanos federales. Es que los habitantes de esas tierras tienen un comportamiento de no sumisión, de responsabilidad individual y de autopreservación.

El presidente les delegó la responsabilidad sanitaria a los gobernadores, como si eso no estuviera garantizado ya per se. Los gobernadores por fin asumieron que gobiernan a sus ciudadanos con independencia del poder central y en base a una propia constitución. ¿Y qué pasó? Lo esperable. Los libertarios abrieron y los contagios crecieron. Era obvio, ¿quién pensaba que no? Los libertarios se hacen cargo de sus elecciones, y son los que se toman un paracetamol cuando les sube una línea de fiebre en vez de entrar en pánico y colapsar el sistema. Algunos quizás se agraven y necesiten atención médica, y cama y respirador. Naturalmente. Pero serán los que están graves y no importa si se cuidaron o no, se enfermaron como se enferma cualquiera de cualquier cosa. Pueden morir, sí, como todos.

Es realmente una tragicomedia ver gente que gasta su vida en evitar morirse en vez de disfutarla con todos sus bemoles.

Es tragicómico ver a gente que señala con el dedo acusador al “asesino” que sale a la calle y vuelve con un bicho mortal y eventualmente le quite el respirador a su verdugo. El karma existe para evidenciarnos que no podemos escapar a la realidad y que quien merece vivir es quien vive la vida, no quien le quita las posibilidades de manifestarse.

Y Suárez tartamudea en las conferencias de prensa, y Fernández dice que no le tiembla el pulso. Dejen muchachos, dejen que la gente haga de su culo un florero y atiendan a quien puedan, todos sabemos que vivimos en una jungla y tenemos los sentidos adiestrados. La ley del más fuerte nunca dejó de tener vigencia. Somos animales gregarios y la monada se acomoda sola.

Pónganse las pilas y usen la materia gris que tienen. Dejen de pedirle esfuerzo a la gente, obligándola a vivir como en el 1800, como cuando los poderes legislativos eran “honorables” porque nadie cobraba por ir a defender la constitución. Empiecen ustedes con esa vuelta atrás en la cadena de los sacrificios si algo de honorable tienen. Piensen algo superador o renuncien porque está claro que no les da el cuero a ninguno.

La gente está demostrando más dignidad. No representan a nadie. Nadie les hace caso, excepto el ejército de zombies que necesita ser dirigido a cambio de un porro mental.

Escrito por Bety Marmol para la sección:

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