A 30 años de la democracia, ¿cuál es el problema?

El 30 de octubre de 1983 se realizaron elecciones para elegir a las autoridades bajo un sistema democrático,  luego de que la derrota en la Guerra de Malvinas obligara al régimen militar a convocarlas. Raúl Alfonsín, candidato por la Unión Cívica Radical resultó elegido con el 52% de los votos, superando al Partido Justicialista (peronismo) que obtuvo el 40%. Hoy celebramos 30 años de democracia.

La democracia es una forma de organización del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que confieren legitimidad a sus representantes. Básicamente, en nuestro caso, significa un gobierno elegido por el pueblo mediante el sufragio.

Esto es a modo informativo, ahora voy a emitir mi opinión personal al respecto. Pienso que todos somos libres de poder elegir el partido que se nos dé la gana, ideológicamente hablando. Podes tener tendencias de izquierda, centro izquierda, centro, centro derecha o derecha. Poder ser extremista o moderado, liberal o conservador. Podes ser de la bandera o partido que más te guste o convenga, todo esto está muy bueno y hay que celebrarlo. Podes y deber jugártela por un ideal, defenderlo a muerte e instruirte para poder discutir sobre esto, pero lo que jamás se puede intentar revocar, derrocar o destruir, es el sistema democrático como forma de organización del país. Si podemos discutir sobre cómo mejorarlo o perfeccionarlo, pero nunca intentar sustituirlo.

Independientemente que pienso que la democracia actual está digitada por un sistema, por un aparato gubernamental, que la maneja y la usa para beneficio propio, estoy absolutamente convencido que no hay nada mejor para el pueblo. Tengo la esperanza de que maduremos como pueblo envestido en democracia y sepamos utilizar el poder de nuestro voto con mayor rigor.

Por otro lado veo que muchas veces nos quejamos de nuestros dirigentes, pero si lo pensamos con objetividad y raciocinio, son el claro ejemplo del pueblo, el fiel reflejo del argentino promedio. Esto me da pena y tristeza decirlo, pero creo que es la verdad. Dale a cualquier argentino medio poder y probablemente actúe de la misma manera que nuestros gobernantes, me toca verlo en mi vida profesional privada, en donde empresarios poderosos hacen lo mismo con sus empleados que nuestros dirigentes con nosotros, pero ese es otro tema.

El tema es pensar, ¿Por qué estamos mal bajo un sistema teóricamente ideal?, si la democracia es lo mejor ¿por qué seguimos sumidos en los mismos problemas de siempre? Mi respuesta personal va orientada a dos flancos, dos puntas, dos actores fundamentales en esta forma de Estado: el pueblo y los dirigentes, las dos caras fundamentales de la democracia.

Como pueblo no terminamos de entender la importancia que tiene el voto, no votamos con conciencia, no nos preocupamos por instruirnos en las ofertas de candidatos, no ahondamos en las propuestas o palabras de los partidos. Creo que poco a poco se va vislumbrando un cambio en la juventud, donde a diferencia de los 90, está empezando tímidamente a participar. Pero no es suficiente, ni tampoco solamente problema de los jóvenes, ya que los adultos tampoco tienen mucha idea de que votan o para que votan. Con esto no digo que hay que hacer militancia o estudiar política, simplemente preocuparse un poco y darle importancia a las elecciones, porque es fácil quejarse, llorar, despotricar y criticar, pero somos un pueblo tibio y desentendido (políticamente hablando). Por ejemplo, organizamos una charla apolítica sobre las PASO, fuimos a muchos secundarios y a todas las universidades a repartir folletos, pegamos en varios lugares del centro cartelitos promocionando el evento, al cual esperábamos no menos de 50 personas… vinieron 12. Luego me cansé de escuchar que la gente no sabía que eran las PASO, para que servían o porque tenían que ir a votar obligatoriamente. Dejemos de quejarnos un poco y démosle importancia a la tan importante democracia, porque el poder es del pueblo.

Por otro lado, el gran problema está en nuestros dirigentes, los cuales son elegidos por nosotros. Hay que partir de la base de que Argentina está mal, es como una empresa fundida que tiene cientos de recursos para recuperarse, pero cada gerente que entra busca solamente “pararse” personalmente, chupándole un huevo la empresa en sí. Los problemas de nuestro país no se van a solucionar en un año, ni en cuatro, ni en ocho, ni en diez. Hasta que nuestros dirigentes no empiecen a pensar en políticas a largo plazo no vamos a asomar la cabeza. Son oportunistas y egoístas, buscan el beneficio y la gloria propia y se pasan por el culo al país. Hay que plantear todo un sistema que se pueda sostener en el tiempo, donde los beneficios los vean quizás otros dirigentes de otros partidos, y sean los actuales los que deban llevar a cabo el mayor esfuerzo. De eso se trata la política y a nuestros políticos no les interesa. Todos los gobiernos que hemos visto en estos 30 años de democracia ingresan al poder con un amplio apoyo popular, hacen bien las cosas dos o tres años y dejan en su segundo mandato un país en llama, fundido, dividido y destrozado.

Vamos a los ejemplos puntuales si quieren: Alfonsín fue el primer presidente del regreso de la democracia, electo con el 52% de los votos. Hacia fines de su mandato, en 1988 la tasa de inflación era de 343% y a partir de febrero de 1989 comienza un proceso hiperinflacionario superior al 3000% anual, que hizo aumentar la pobreza hasta alcanzar un récord histórico hasta entonces: 47,3%.  Le deja un país en llamas al siguiente presidente.

En ese mismo año aparece Carlos Saúl Menem, quién es electo por el 47,2% de los votos. Otro presidente popular, otra vez a empezar de cero. Comienza bien, seduce a los argentinos con espejitos de colores, a mediados de su mandato comienza a mandarse las cientos de cagadas conocidas por todos. A fines de su mandato deja el gobierno con cientos de indicadores negativos, como el desempleo, la pobreza y el trabajo precario no registrado. Se profundiza la crisis de las industrias nacionales con el cierre de fábricas y ferrocarriles. Además la deuda externa aumentó en casi 82.000 millones de dólares. Dichos indicadores se agravarían con el transcurso de los años, dando inicio en 1998 a un período de recesión económica que duraría más de 4 años.

El 24 de octubre de 1999 es elegido Fernando de la Rúa con el 48,5 %. Está bien fresquito lo que pasó el 19 de diciembre de 2001 y la que nos tuvimos que bancar hasta el 27 de abril de 2003 cuando Néstor Kirchner, sacando solo el 22% de los votos (y siendo segundo, ya que Menem sacó el 24% pero luego renunció), es elegido presidente. La “década K” es similar a todo lo demás, empezó muy bien, se ganó el apoyo popular y hoy, a 10 años de su gobierno, van a dejar un país en llamas, quemado y dividido, como todos los demás.

Aplaudamos la democracia, pero aprendamos la importancia que tiene votar y tomemos conciencia de ello.

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