“El consuelo”

La noche se regeneraba en los ojos cerrados de ambos que, entre los besos y caricias, colmaban su “no ver” de magia. Agustín venía esperando hacía tres semanas el Día de los Enamorados, ya que Marita le venía diciendo que no iban a tener relaciones hasta el mítico 14 de febrero, donde, promesa con mano en el corazón y la otra sobre la colección de Paulo Cohelo, le había prometido un San Valentín inolvidable que lo dejaría inconsciente. Agustín estuvo una hora y media en la esquina de la casa de Marita esperando, como quién pernocta frente al estadio para ver el recital de sus sueños, antes de que den las doce con la campanada que convertía los zapallos en camas de dos plazas de aquella fecha que siempre consideró tan estúpida.

Las manos se sumergían por entre la ropa como los salmones desafiantes contra las corrientes de río, y los mimos tenían su cuerpo tenso como una tabla. Agustín empezó a creer que un mundo mejor era posible mientras se salpicaban besos y manotazos. “Te amo, mi estrellita”, “Sos mi vida, bomboncito”, “Quiero mi vida con vos, nubecita rosa”, “Llename el corazoncito de tu mirada, tesorito”, y así, entre palabras de mermelada la glucosa sexual les iba cargando de combustible líquido tres veces más de la capacidad de retención media que puede tener un ser humano para resistir una calentura promedio. 

Cuando Agustín había recorrido todo su cuerpo varias veces con sus manos de anguila hambrienta, no pudo más, y le pareció adecuado ser, por primera vez, un poco más irrespetuoso. Amaba a Marita a pesar de que ella no tenía un gran coeficiente intelectual, a pesar de que sus razonamientos se perdían confusos en los terceros párrafos de cualquier comentario, amaba a esa mujer básica y simple que le había dado con un sexo feroz lo que le faltaba en letras y premisas, y pensó que esta vez ser un poquito más ordinario y decirle algo fuerte le gustaría. O no sabía, pero no aguantó más y le susurró al fin.

-¿Vamos a coger, putita…?

-Vamos, Antonio –respondió con sus ojos cerrados Marita. 

Agustín sintió que una daga al rojo vivo le atravesaba el pecho. La separó, pero Marita, borracha de excitación, parecía no haberse dado cuenta de sus palabras. Al segundo, Marita se despertó y abrió sus ojos embebidos de pánico.

-Conchuda, hija de puta, ¡quién es ese Antonio!

Marita, las manos en la boca, los ojos redondos, no podía decir nada. Estaba congelada, estática, desarmada.

-¡La concha de tu madre, qué hija de puta que sos! ¡Y yo que te amaba, reventada de mierda! ¡No ves que todas las minas…! ¡La reputísima madre que te parió, Marita de mierda! ¡Cómo no me di cuenta antes, con lo que te gusta coger, la concha de la lora puta…!

Agustín caminaba en círculos, la mujer a la que había esperado tres semanas para coger tenía un tal Antonio que seguro se la había movido hasta hacía unas horas antes. Su odio hacía efervescencia en su cabeza, no atinaba en qué hacer, si romperle los vidrios de la casa, si comprar pintura y vaciársela en la cabeza, no se le ocurría nada y una fiebre de rabia le iba subiendo por los pies.

-¡Reventada repugnante, hija de tantas putas madres, conchuda vos, tu vieja, tu tía la de General Pinto, recalcada mierda de la vida, recogida y la…!

-Agustín, -dijo de pronto Marita-, dejame chupártela, no sé…

-Pe… ¡Pero vos estás enferma, conchuda! ¡Me la querés chupar y la concha de tu…! –el aire entró como bocanada y Agustín se quedó como mal parado mirando una pared, enceguecido.

Marita la chupaba como los dioses. Era un arte en ella. Siempre pensó que la fama de los artistas era injusta con mujeres como Marita que conseguían conmover muchas veces más que Los Girasoles de Van Gogh, o que La Piedad de Miguel Ángel, o que El Cánon de Pachelbel, o el Asturias de Yepes… Sentía fuego arderle el pecho, pero recordó las manitos de ella en su cintura, su cabeza rubia con el movimiento petrolero del trabajo incansable, como las bombas de los páramos, cigüeñas pendulares que nunca se detienen. “Conchuda…, sorete de mina…”, sus puteadas ya no salían de una boca dura, sino de unos labios reflexivos. La cabeza de Agustín apuntaba a un cielo sin respuestas, pero amplio y fresco. “Armando hijo de p…, no, Antonio…, Antonio de mierda…”, pensaba enajenado en un remolino suave y mudo de ideas vacías. Recordaba el itinerario de sus mimos, las volteretas de una cabeza que era como mirar una luna amarilla y serena desde el cielo para abajo, una luna bamboleante…

-Oíme, Marita…

Agustín ni se percató de que su mano delicadamente acomodó un mechón rubio de Marita despejándole la frente, ni que luego su dedo índice le recorriese sus labios.

-¿Qué?

Agustín la miró a sus ojos llenos de frases hechas, a sus pupilas de angelitos dorados con citas de Borges que este jamás escribió, miró sus labios pulposos, sus labios…

-Dale, chupámela, estrellita linda.

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