Ésta (el 8N) es para vos Kristi

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No suelo ser auto-referencial en mis intentos de notas. Siempre me han resultado pedantes quienes escriben en clave auto-biográfica, salvo que el auto-biografiado sea realmente interesante o que emplee su experiencia personal como catalizador para la ficción. Pero como toda regla tiene su excepción, en este caso me tomo la licencia de confesar que mi termómetro gorilista estuvo a punto de explotar gracias a las masivas manifestaciones del 8N, ¡¡¡Vamos carajo, los argentinos no están todos dormidos!!!

Ahora que me he descargado, vuelvo a la senda de la seriedad y me elevo grácil sobre el vulgo para explicarles, queridos lectores, el significado de las manifestaciones ochoenienses.

Antes que nada, mi desbordante emoción destituyente proviene del ejemplo de civilidad y madurez democrática que los Ciudadanos (con mayúscula adrede) han demostrado en estas marchas, sin importar el empeño que, los medios integrantes del oligopolio público-privado de desinformación oficial, pusieron para intentar desacreditar las protestas, inflando artificial y rastreramente a cuatro pelagatos intrascendentes que peroraban consignas sin representatividad popular alguna.

Muy a pesar de los deseos de los profetas oficialistas del odio, fue un auténtico ejercicio pacífico de derechos políticos, individuales y sociales. Podrán repetir hasta el hartazgo los exabruptos de un puñado de impresentables, pero el significado primordial y mayoritario, ese que les resulta inaceptable, seguirá resonando como un eco atronador, porque se trata de una sinfonía rebosante de diversidad y juventud, una que pocas veces se vio en la historia reciente de nuestro país.

Y es que ya no se trata de las cacerolas de la desesperación o de los piquetes del hambre y la desocupación, ahora nos enfrentamos a un nuevo actor, con reclamos que exceden lo meramente crematístico (aunque a veces ellos mismos no lo sepan o no puedan conceptualizarlo de manera adecuada) para cualificarse institucionalmente exigiendo un gobierno transparente que rinda cuentas al ciudadano de todo lo que hace con su (nuestro) dinero, que combata la corrupción sistémica en lugar de barrerla bajo la amplia alfombra de la impunidad y el olvido de los interminables tiempos judiciales, que no desplace ni absorba los contrapesos del sistema tripartito de funciones del poder en nombre de un fundamentalismo paternalista todopoderoso presentado como la única opción capaz de redimir los sufrimientos y las injusticias pretéritas. Para este incipiente nuevo ciudadano, ya no hay dirigente alguno, llámese Presidente o Gobernador, que sea imprescindible o irremplazable para el progreso del pueblo; y tampoco está dispuesto a bancarse a quienes pretendan serlo desvirtuando el espíritu de la/s constitución/es para lograr su objetivo.

Pero es aquí donde estriba la insalvable trabazón interpretativa de los adláteres oficialistas. ¡Ingratos, como se atreven a reclamar ante el gobierno que les ha obsequiado a los argentinos el crecimiento económico más importante de su historia!! ¡Cipayos, Gorilas, Neo-golpistas! Lo que sus anteojeras ideológicas no les permiten ver, queridos peroncho-progresitos, es el hecho fundamental del 8N, y esto consiste en un cambio cualitativo del ser y sentir ciudadano, uno que no se conforma con el bolsillo henchido, uno que no acepta el enroque nefando del “roban pero hacen”. Es este el trasfondo político y social más trascendental de la convocatoria: Una embrionaria y novedosa civilidad, una que exige (y se sabe con derecho a hacerlo) una mejor Democracia, una que no se defina por la vía residual de la ausencia de dictadura o como el mero influjo autómata del voto periódico.

Y la novel ética asociada a esta (no por ello ingenua, ni menos vigorosa, tampoco impoluta), esta destinada a rebatir el conformismo economicista en el que suelen apoltronarse los oficialismos macroeconómicamente exitosos. Por eso los progres gritan y se retuercen furiosos, porque aun con todos sus defectos y carencias, les recuerda a los infalibles K, nos recuerda a todos, que la sociedad siempre está mal hecha, que siempre debe mejorar, incluso en los años de bonanza y francachelas. Es Estado siempre debe ser problematizado, porque las cosas, por su naturaleza tienden a degenerar.

Las protestas del 8N, y las que le sucedan siempre que sepan mantener vivo el inconformismo que las motiva, someten al gobierno a la vigilancia de una crítica intensa que lo obliga a cuestionarse a sí mismo en cada uno de sus pasos y decisiones; y la opinión pública es (o puede ser) el mejor freno para los excesos de los distintos poderes que la regulan y la mejor custodia de la ley y el bien común.

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