Hombre enamorado: el ser más estúpido sobre la tierra

El hombre, en su condición de “macho alfa”, tiene características particulares, detalles, estilos, formas que muchas veces rozan el ridículo. Un alto nivel de testosterona limita el florecimiento de un espíritu romántico y apacible, hay momentos en la vida donde somos como lobos en celo, cazando furtivamente en soledad o en manada, persiguiendo inocentes víctimas con voracidad depredadora, con nuestros sentidos alerta todo el día, la fuerza imparable del sexo y la determinación de una máquina mortal.

El tiempo pasa y nos volvemos más expertos, nos convertimos en robustos leones de caza, como tanques veloces en la búsqueda de tiernas criaturas. Nuestras melenas al viento y una actitud de violencia y efectividad nos convierte en cazadores letales.

El lobo caza todo lo que se le cruza en el camino, el león elige a sus víctimas y se lleva lo mejor.

También hay etapas donde nos convertimos en hambrientos chacales, carroñeros y ventajeros, hurgando entre las sobras de los demás cazadores, devorando todos los restos, consumiendo al máximo a las víctimas de los expertos.

Cuando nos hacemos grandes, el tamaño y la voracidad se reducen, pero nos convertimos en seductoras serpientes que poco a poco van enroscando a su víctima para inyectar el letal veneno en el momento preciso.

Así somos los hombres, como animales, caníbales, rústicos, rudimentarios e insaciables. Cavernícolas, omnívoros, predadores furtivos, incansables… hasta que llega ella.

Aparece tan altiva e indómita, tan libre, tan hermosa, muñeca de papel, actitud de diosa de antaño. Colorida, magnífica, reluciente, espléndida. Genera luz y sonrisas con su paso, perfuma sin perfume, despeina sin viento, marea sin alcohol. De pronto se aparece en la vida del salvaje animal y, como una dominatriz imparable, lo cautiva y domestica sin piedad. Y ahí queda el animal de caza… convertido en un animal de casa.

De pronto aquel, el de los inviolables viernes y sábados de tertulia bolichera y soltería, pasa a ornamentar sus noches con los más empalagosos planes, que van desde cenar románticas, hasta pelis en un sillón tapados hasta la pera.

Aquel lobo, aquel león o chacal queda reducido a un pomposo gatito recién bañado, frágil y dulce, indefenso y cariñoso. Gatito precoz e insulso que ronronea y se resfriega en las piernas de su dueña mendigando algo de cariño.

Ese amo de la noche, ese torero matador, ese cumbiero que la pegaba de cheto y bailaba piola hasta morir, queda minimizado a un tierno muchachito de barrio rural, que toda mirada, beso o caricia lo sorprende y excita. Inocente palomita bajada de un solo y profundo hondazo.

Aquel que ninguneaba a las mujeres, que las bloqueaba en las redes sociales, que rara vez contestaba un wasap a las eternas enamoradas, pierde horas enteras deleitándose con las fotos de perfil de su ama, se enoja con los “vistos”, indaga sobre las horas y pretende respuestas aceleradas y constantes a sus permanentes declaraciones melosas.

Ese infalible comensal de asados de los pibes solos, el master chef de la brigada, el descorchador de hímenes y vinos, aparece ahora una vez por trimestre, con suerte y con los horarios limitados, controlado y con rangos específicos de permiso. Solamente cocina bazofias gourmet para el único escote donde estaciona el bote. Nadie lo reconoce, es otro tipo, ya ni siquiera se acuerda de su larga lista de imbatibles chistes verdes… todo es color de rosa para la vida del dominado.

¡Qué poco quedó de aquel dandi que se perfumaba con aroma a tiburón para la pesca y ahora anda con olor a zorra todo el día! Ese héroe de antaño para amigos y primos, que veían en él al auténtico profeta del coito y la orgía, hoy ejemplo de pareja para mejores amigas y hermanas de su dueña.

Ese bravo coloso que gastaba sueldos en la noche, en la fiesta, en el descontrol y la partuza, hoy invirtiendo fortunas en anillos, ropa, viajes de pareja, cenas y cualquier capricho al que lo someta su propietaria.

Nada queda de aquel por el que las mujeres lloraban desconsoladas, desvirgador en serie, destructor de corazones, traficante de ilusiones, vendedor de fantasías, hoy convertido en un estropajo miserable, arrastrándose por los rincones por aquella que lo hace sufrir.

No hay nada en la vida más patético que ver aquel titán de antaño reducido a ser un pollera oxidado y dominado, nada más desolador que aquella que le “corta las barbas al Che”, los hombres enamorados somos la lacra misma, la ruina estética de la manada, la indignidad en vivo, seres despreciables a merced de una fiera dominante, domadores domados, inútiles incapaces de sentir, de discernir, de ubicar cada cosa en su lugar, humillantes mariposas absurdas y patéticas, a los tumbos por una vida de nubecitas, soles y algodón, empalagosos merengues de dulce de leche, estúpidos perritos de cotillón, melosos, babosos, celosos, pegajosos, densos, orugas de la vida, histriónicos grupies desfallecidos de amor…

Y sin embargo… no hay nada más lindo que estar enamorado.

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