Mi indignación con los trapitos y los limpia vidrios

Quiero aclarar, antes de comenzar a explayarme sobre el tema, que no quiero generalizar y meter a todos en la misma “bolsa” ya que siempre existen excepciones que nos dejan la regla para que la usemos de tanga, pero la mayoría de las veces no nos equivocamos. Y no creo que sea precisamente éste el caso.

No soy de las que gusta de ir a cenar a un lugar cheto de la Arístides donde te rompen el coliflor por dos tragos con abundante azúcar, disfruto más de comer algo en el parque, con amigos y contar con el tiempo que quiero y no que me apuren porque hay personas haciendo cola para sentarse en el lugar donde yo, pretendo quedarme por más tiempo. Eso me seca los óvulos, se los juro.

Pero a veces, ante la necesidad de no caer en un sábado monótono y para evitar que nos pique el dengue en el parque, optamos por ir a tal tormentosa calle y es ahí cuando comienza la odisea por buscar un estacionamiento que deje tu vehículo seguro de algún loco al volante, pero no así de nuestros queridos “cuida coches”.

No importa que vayas con tú mujer embarazada de ocho meses, con alguna novia, con los pibes o con la familia. Éstos seres se creen el derecho que les dieron los policías (sí, esos que te piden coimas porque no llevabas la bolsa negra en el auto por si se te cruza algún muerto o alguna otra cosa sin sentido) de caminar por la noche, camuflándose en la oscuridad y cobrándote fortunas por estacionar en la calle.

Yo no tendría ningún tipo de inconveniente en pagarle a los flacos que tienen habilitación y te ponen la tarjeta en el vidrio. Al final ellos están laburando. Hablo de los que la hacen fácil, aquellos que te exigen un monto determinado por proteger tú auto y lo que se encuentre dentro ¡de ellos mismos!

Más de una vez me pasó de ir con mi novio a comprar comida para llevar a un lugar donde venden pastas un sábado a la noche y el trapito, de muy mal modo le exigió más de lo que, trabajando decentemente, ganaría en una hora. Te indignás, los querés cagar a trompadas con tal de tener a uno de esa mafia menos por las hermosas calle de Mendoza, pero ¿y? ¿Qué sigue después? ¿Quién te protege? ¡Nadie! Lo más probable es que termines knockout como le pasó al flaquito ese que salió en la tele y quedes dormido en el asfalto como si hubieras tomado dos blíster de clonazepam con fernet.

Por otro lado, si sos como la mayoría de la población y te toca ingresar a las tumultuosas calles del averno, alguna vez tuviste que ingresar al centro por la costanera. Poner el seguro en la puerta del auto es lo único que nos queda por hacer ante la insistencia de los que te “limpian” el vidrio en contra de tú voluntad, incluso aunque el auto tenga menos tierra encima que la falda de tu hermana.

Se dedican a observar la marca y modelo de tú vehículo y de acuerdo a eso te exigen plata por ensuciarte el vidrio del auto (porque definitivamente los dejan peor de lo que estaban). A mí no me lo contaron, yo los escuché varias veces decir “vos con ese auto podrías tirarme un 20” a un tipo que iba en un palio cero km. Veinte libros por la cabeza, para educarlos les daría, pero ese es otro tema. Tengo muchas ganas de decir mil cosas, pero me contengo porque existen personas “sensibles” que defienden lo indefendible.

Hace poco, tuve una muy mala experiencia yendo con mi papá en el auto por costanera, un tipo se acercó y quiso limpiarlo, mi viejo le dijo que no de buena manera, hasta yo le puse cara de reina de la vendimia con tal que no nos arrojara fuego con nafta, pero no le bastó la educación que abundaba y lo limpió “de huevo”, mi papá claramente no le dio ni dos pesos porque él le había dicho que no. Como muestra de su descontento, este impresentable metió una piña dentro del auto y le pegó a mi papá en el brazo. ¡No!, no se bajó. El semáforo se puso verde y avanzamos, indignados, sorprendidos. Me dolió como si el golpe lo hubiera recibido yo pero no pudimos hacer nada, esos tipos están ahí con otros diez que te agreden gratuitamente por resentimiento o simple amor al fracaso y al daño, con pura violencia.

Ojalá viviéramos en un país con más educación, oportunidades y seguridad. ¡Pero seguridad en serio! Al resto, los que laburan de eso y lo hacen con cautela y educación para llevar la comida a sus hogares, señores, mi más profundo respeto.

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