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Ojito con lo decís

Hablar mal o “sacar el cuero” es una forma muy común de ser hipócrita ya que al hacerlo decimos cosas que no nos gustarían que dijeran de nosotros, falseamos mal y muchas veces no nos damos ni cuenta. Esto es común en todos los que estamos acá presentes pero son sólo pocos los que se animan a aceptar que lo hacen. Yo me animo a decir que soy hipócrita, ¿y “usté”?

Siempre pasa que decís “odio que esa persona sea tan negativa”, después caminas dos pasos, miras el diario del canillita que está en la esquina y decís: “Este país es una mierda, no remontamos más”. O ves a las minas del bailando y le comentas a tu familia: “pobres minas, como las explotan los padres desde chicas para que tengan ese cuerpo y nunca se les desarrolla el cerebro”; dentro tuyo: “¡cómo cambiaría una fracción de mi cerebro por tener un cuerpo de diosa como la turra esa!”.

Es re común ver que un tipo le saca el cuero a otro criticando su musculatura y diciendo: “claro, estando al pedo y teniendo el gimnasio al lado cualquiera puede pasarse 3 horas haciendo pesas”. Seguro que ese hombre llegue a su casa, se pide una pizza y se tire a ver una peli de acción. El gimnasio lo tiene a la vueltita. Nunca va a animarse a decir que no tiene ganas de ir a un gimnasio porque le “da pasta”.

Ejemplos de hipócritas hay miles: la que dice defender a los animales y se compra camperas de cuero; la defensora del parto humanizado que tiene la cesárea programada; el militante de Greenpeace que le encanta usar un jacuzzi y tiene 3 celulares; la vegetariana que se pone a charlarle al asador al lado de la carne para olerla; el país que pone barrera a las importaciones y se queja cuando se las ponen a sí mismo. Puf, miles de millones de casos.

Lo irónico de la hipocresía es que es falsa, pero no te discrimina. Se aplica a todos los seres humanos ya sea de diferentes religiones, sexos, partidos políticos o equipos de fútbol.

Dicen los expertos que cuando uno critica algo de otra persona, en realidad lo que hace es estar viendo ese defecto en uno mismo, un defecto que no podrían exteriorizar de otra manera, un defecto que más que no poder mostrar, es no querer mostrar. Si lo piensan, es increíble como el inconsciente nos empuja a liberar los pensamientos continuamente por todos los medios que tenemos a nuestro alcance. A mí, debo admitirlo, me vive pasando.

Por ello quizás sea tan común hablar mal de la gente. Uno habla mal del otro porque siente una necesidad tremenda por criticarse a uno mismo y de otro modo no lo haría. Muestran tanto aire de superioridad que se le escapan los defectos por la boca. También está el extremo opuesto, la persona que se vive “tirando abajo” cuando en realidad adentro suyo se siente un “champion”, más patético todavía. Todos somos unos reprimidos.

¿Que vendría a ser lo lógico? Tener precaución antes de abrir nuestra bocota gigante para decir algo, para decir cualquier cosa. Pensar en que quizás lo mejor sería decir la verdad así dejamos un poco de engañarnos a nosotros mismos y los que nos rodean. Dejemos de ser tan reverendamente hipócritas.



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