Pagando la viandita: presos, ¡a trabajar!

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

¿De qué viene esta nota? Viene de que estoy podrida de escuchar gente asustada, aterrorizada, que no sale a la calle si no es absolutamente necesario, que paga cerca de quinientos pesos al mes en seguros varios, que no deja a sus hijos solos ni en el baño, que se cruza de calle apenas ve un sospechoso.

Cansada también de escuchar una y otra vez en los noticieros la quincuagésima captura del mismo criminal que otra vez se cargó a un  pibe o a una anciana en ocasión de robo o de intercambio de disparos con sus acérrimos enemigos, con los que sólo tienen en común un extenso prontuario. Y en la mayoría de los casos los reos debían estar en la cárcel varios años más, pero gozaban de beneficios de salidas transitorias. Por buena conducta o por tener contactos, seguramente.

Entonces llegué a la conclusión no muy suspicaz, sino que bastante obvia, de que al sistema le conviene liberar rápidamente a los presos. La pregunta es ¿por qué? Las opciones serían:

– No hay presupuesto para mantener a tanta gente en la cárcel.

– Hay mucha corrupción y arreglos mafiosos que liberan delincuentes útiles que hacen ricos a sus “patrones”.

– El negocio de la inseguridad factura muchos millones (aseguradoras, alarmas, seguridad privada, barrios privados, rejas, concertinas, cajas fuertes, etc) y de alguna manera se alienta el quilombo social.

– Las últimas corrientes de derechos humanos y las políticas modernas de organismos internacionales aconsejan “resocializar” al individuo lo antes posible. Sería la menos malintencionada.

Pero sea cual sea la causa principal, la realidad se está volviendo muy difícil. La rápida liberación de estas personas no parece tener un efecto positivo en su manera de actuar socialmente, y la policía, que quizá arriesgó su vida para detener al maleante por asesinato, tiene que esconderse detrás de cada yuyo porque a los cinco años el tipo que le juró venganza está libre y armado hasta los dientes.

Yo no digo que no haya derecho a tener una segunda oportunidad. Pero ¿por qué un tipo que cometió un asesinato accidental o pasional paga todos los años reglamentarios, y los que están agremiados en el crimen organizado salen dos o tres veces antes de tiempo? Te robaste un auto y te atraparon, salís antes; te agarraron cuando mataste al que se resistió a un asalto, saliste antes, te agarraron en el hospital después de recibir un balazo cuando huías de matar un viejo que te denunció, ¿también salís antes? ¿Tantas oportunidades de redención hay que darle a una persona? La resocialización de este individuo, ¿vale más que la vida de todos los que se cargó en el camino? ¿Es justo que los que laburamos todos los días y respetamos la integridad física de nuestro prójimo vivamos rehenes de la oportunidad número seis que se le da a un delincuente profesional?

Una parte de nuestros impuestos va al sistema penitenciario para que los individuos peligrosos estén resguardados. No sólo pagamos la construcción de los penales y al personal que los vigila, que los educa y los atiende si están enfermos, sino también pagamos las miles de causas que tienen pendientes y los abogados, y también los resarcimientos económicos a las víctimas. ¡Cómo será que los cuidamos que les pagamos hasta la viandita, señores! Siempre me pregunté por qué a estas personas no se les da una tarea útil. Por qué los tienen encerrados y al reverendo cuete, con más nada que hacer que mirarse, enojarse porque se miraron mal, putearse y cagarse a piñas, puntazos o con lo que tengan a mano. ¿No sería más útil que por ejemplo, se encargaran de producir su propia comida? Que cultivaran la tierra, que criaran animales, que construyeran los establos, en fin, que aprendieran a ganarse el pan con el sudor de su frente. Que se sintieran útiles y poderosos, por ejemplo, al colaborar con alimentos para los comedores infantiles. Que cosieran sus sábanas y fabricaran sus colchones, así lo piensan dos veces antes de prender fuego todo. Que ir a la escuela fuera un premio y no un medio para conseguir buena conducta.

Quizá sea muy naïve, lo mío, pero pienso que una persona cansada, después de trabajar 8-10 horas duramente llega cansado y no tiene tiempo para pensar en armar tanto puterío y querer matar al compañero. Como comparación grosera veamos a los vecinos del barrio. ¿Quién se pasa imaginando lo que no sabe del vecino y ardiendo en bronca con el más mínimo ruidito o porque la vecina no riega las plantas de su casa? ¿La persona que trabaja 10 horas y llega fundida con ganas de bañarse, comer y dormir, o la que está todo el día en su casa sin mucho que hacer? En un penal pasa lo mismo. No me parece que sea una opción trabajar y estudiar. Debería ser una obligación. Imaginen que la mitad de lo presupuestado en alimento para los miles de presos que hay se invierte en semillas, palas, conejos, chanchos, vacas y cabras; una pasteurizadora de leche, hornos panaderos, cámaras frigoríficas. Los seis primeros meses se compran los alimentos, pero los seis siguientes ya deberían tener orquestado el asunto. Y que los demás podamos contar con ese dinero para obras y mejoras. No parece tan imposible, sólo bastaría buena voluntad y gente preparada. Bueno, quizá encontrar a esa gente sí sea una tarea difícil.

Y estas personas, que ahora pasan sus días privados de la libertad, pero también privados de toda clase de obligaciones (para con ellos, sus familias y el resto de la sociedad); vean acabado su modo tribal, abúlico y violento de cumplir su condena. Para los que quieren una segunda oportunidad será una bendición, para los que quieran comer sin laburar será un elemento de tortura, merecidísimo por demás. Y tal vez, sólo tal vez, no les importe tan poco.

Fuente de la imagen:
blogbis.blogspot.com.ar 

También podes leer:
HIV: todo por un polvo

El año pasado escribíamos:
Maldito horóscopo

ETIQUETAS: