Ahora sos el problema de alguien más

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Llegamos juntos a la puerta de un bar, las luces bajas y la música de fondo le daba al instante un tinte romántico que créanme, no iba a tener. Entramos por un pasillo que estaba decorado con retratos de parejas felices y frases motivadoras que ya me anunciaban la inevitable despedida, como el silencio que avecina el huracán.

Una moza que llevaba más de siete horas parada sobre unos tacos tan altos que deberían ser ilegales, hasta se veía con mejor ánimo que yo, porque siempre supe a lo que íbamos. Nos aproximó a la mesa, dejó el código para escanear la carta y un frasquito con alcohol en gel que, lastimosamente, yo no podía ingerir para paliar lo que se veía venir.

Jamás me gustó acariciar en la oscuridad la pared de mi habitación hasta encontrar el interruptor para encender la luz, mira si iba a ser amiga, a mí edad, de las caricias débiles que me estaba dando mí ahora ex novio solo por misericordia. Así que quité su mano de mí rostro y comencé la conversación que él no pudo, como leí alguna vez por ahí «plata y miedo jamás tuve en esta vida».

Con la templanza de quien apuesta solo dos mangos en el tragamonedas, deposité en una pregunta nuestro destino (que siempre fue escueto, por cierto).

La cuarentena se había llevado con ella laburos, supermercados, alguna que otra paz mental y dejó varado impunemente nuestro amor. El suyo, para ser exacta. Porque esa fue su excusa y yo le creí, siempre le creí todo. ¿Por qué no iba a hacerlo? Él siempre le gustó a todos menos al sexto de mis sentidos y ahora entendí por qué. No me opuse a su decisión y lo dejé morir, no era mí primera vez y supongo que tampoco será la última. ¡Qué fiaca tener cancha en estas cosas!

Me dio algunas razones más un tanto incongruentes que claramente no comprendí, pero acepte. De todas formas debo confesar que no me esmeré en demasía por escuchar lo último que tenía para decirme porque para esa altura yo ya tenía el alma en la mano y los oídos sordos de tanto aturdimiento.

Es más, creo que hasta se molestó. Yo me enojé también, nunca fui menos y no iba a ser esta, la última vez, una excepción. No existe algo peor para una relación que hacer de cuenta que nos seguimos eligiendo.

Así que tras mí pronta aceptación quedó un poco descolocado. Dejó unos pesos sobre la mesa para abonar lo consumido que no había sido mucho, yo aún no había tocado mí Pepsi. Imprudentemente se puso de pie y como si hubiese llegado solo, sola me dejó. No me inmuté, esa angustia y sensación de soledad ya la había sentido antes estando incluso con él. La había aceptado. «Calavera no chilla» decía mi abuela y claro que tenía razón. Sí, yo sé que todo pasa, pero primero te atropella y la espalda también se agota.

La moza me miraba desde lejos con un poco de desconcierto y lástima tal vez. Supongo que no fuimos los primeros en montar una escena de película de bajos recursos, así que no me preocupé.

Pedí la cuenta y también me fui. La Pepsi quedó ahí, cerrada y un poco tibia de tanto esperar su consumición. Si alguien iba a perder en ese lugar no iba a ser solo yo, tenía que quedar un registro de que no solo la gaseosa fue la tibia de esa noche.

Caminé algunas cuadras antes de pedir el Uber, ni siquiera tenía descargada la aplicación.

Finalmente llegué a mí casa: pijama, linda música y a intentar dormir. Mañana iba a estar todo mejor, intenté convencerme de eso. Cuando desperté, tomé el celular y vi que me había bloqueado. Quería eliminarme de todos lados y no comprendí jamás tanto afán por hacerlo. En un par de días el holocausto interno para mí había terminado y todo eso que alguna vez no me dejó dormir, hoy me daba paz. ¡Qué relajo saber que ya no sos problema mío! El desencuentro no duele para siempre, pero no deja de doler rápido. Un día a la vez…

Me di cuenta que el único momento en que pude sentirme verdaderamente completa fue cuando aprendí a estar a gusto con mi propia compañía. Nadie llega para arreglarnos, no estamos rotas. Tampoco necesitamos de un príncipe azul que nos rescate de nada porque la mayoría solo están envueltos en papel aluminio y nosotras podemos curarnos solas. ¿No están un tanto cansadas de los finales felices donde  las princesas son rescatadas por algún «pantriste»? Después de todo, las reinas malvadas son esas princesas que jamás fueron salvadas, pero fueron siempre reinas.

Hay que tenerle más miedo a las llanuras, no se conformen.

Para ustedes, mi corazón.

Nos leemos la próxima.

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