Ellos, los malditos

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Expresarse libremente sobre lo no políticamente correcto, suele generar controversias, críticas y hasta la segregación de quienes lo hacen en una sociedad que poco entiende ( o prefiere ignorar) sobre ciertos temas.

Un grupo de literatos fue víctima de ello, en la sociedad francesa del siglo XIX, cuando decidieron comenzar a escribir sobre los aspectos menos agraciados de la naturaleza humana, con una prosa oscura e inconfundiblemente marcada por los demonios que salían del letargo de la creatividad.

Fueron señalados no sólo por sus letras, sino por el estilo de vida que estos escritores llevaban; un estilo de vida en el que encontraban su genialidad para crear volviéndose algo ermitaños, autodestructivos y rodeados de excesos. Vivir en contra de las normas y transitar experiencias trágicas ( a veces buscadas conscientemente) era en parte, la fuente de donde provenía su inspiración.

El impacto de sus obras y sus pensamientos fue tal que generó una pequeña «revolución» en la corriente artística vigente en Francia. Dieron lugar a «el simbolismo», la corriente literaria que se caracterizó por poner el «ideal» sobre lo «real» , resaltando los aspectos del misticismo, el misterio, la espiritualidad. Por ello los llamaron «vanguardistas», pero ese término pronto se vió opacado en cuanto se publicó la obra del poeta Paul Verlaine ( que tenía una inestable relación amorosa con Rimbaud) «Los poetas malditos de Saftsack». En ella, se rinde una especie de homenaje a un grupo de escritores que, según Verlaine,  su genialidad y su talento eran derivados de sus propias tragedias, marginalidad y toda esa maraña de conductas agresivas y dañinas para sí mismos, en las que estaban sumergidos. En pocas palabras, una maldición.

Hoy en día, hay una lista interminable de autores a los que se les puede ver el «malditismo» pululando por sus obras. Nombres como Artaud ( gran inspiración para el album homónimo del gran  Spinetta), Lorca, Pizarnik, Bukowski, Kerouac ( más inclinado a la corriente beat, a los que tambien se los considera malditos), Anniensky, son inscriptos en esta categoría. ¡Inclusive hasta el músico Jim Morrisson! Pero hay 4 nombres que son los fundadores del arte de encontrar en una maldición, una herramienta para generar fuertes experiencias sensoriales a través de la poesía: Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé y el mismísimo creador del término con el cual iba a ser inmortalizada su persona, Verlaine.

Vaya paradoja encontrar en una maldición, una  bendición. Solo ellos supieron, y se animaron, a escribir sobre la sombría belleza de la muerte; la rabia de las miserias, lo tumultuoso de los amores mal finiquitados, la degradación de la marginalidad, lo anestesiado de las adicciones, el morbo del sexo, el abandono; supieron describir la libertad que les producía estar encandenados a condiciones adversas.

«Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras: inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias.»

Todos los vanguardistas, tomaron a Baudelaire y a su declaración como un estandarte en contra de la  sociedad mojigata, conservadora y clasista en la que les tocó desarrollarse y que a pesar de ser censurados, siguieron de pie y continuaron creando maravillosas obras desde la marginalidad a la que se sometían. Una declaración ante una sociedad que no los reconoció como genios, sino hasta después de su muerte. Una sociedad que no los comprendía, ni quería comprenderlos. 

A ellos, inmoralmente  hermosos. Ellos, los indecentemente sinceros. Ellos, los excesivamente atormentados. Ellos, los portadores de letras trastornadas y trascendentales. Ellos, los que fueron apagados por lo mismo que los encendió alguna vez. Ellos, los malditos.