Os perdono

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Hay dos cosas que, de una vez por todas, quiero decir:

  1. Aula B, os odio.
  2. Aula B, os perdono.

Cuando pienso en mis años en la Sagrada Familia de Almería, sólo pienso en romperle la cara y la crisma a más de uno. Así de crudo. Recreo una violenta venganza que ya no tengo la oportunidad de tomar.

Más de una noche, de esas en las que uno se siente hundido e inútil, he pensado en qué haría si pudiera volver al pasado, a mis años de la primaria y la secundaria.

Os explico algunos ejemplos:

  • A ese que me cogió del cuello para robarme un tazo, pegarle un cabezazo fuerte, aunque me doliese a mí también. Tras eso, un tal tortazo, que se le quitase lo imbécil.
  • A ese que me dijo con desprecio y humillación: «Oh, David, ¿por qué siempre estás solo? ¡Ah, Claro! Porque no tienes amigos…». Pues, a ese, un buen puño en el estómago y cuando esté encorvado y echando el sándwich de chorizo, un escupitajo.
  • A todos esos que hacían fila para darme collejas: a uno le cogía del brazo y lo lanzaba dejándolo estampa en la pared. Al otro un puntapié en la entrepierna y otro más por si se le olvida. Al de más allá un librazo en la cabeza para ver si le arreglo el retraso.
  • A los que me llamaban reina y otras cosas más, un bastonazo con el cetro, un coronazo en la virilidad y, después, les tiraría el trono encima para aplastarlos como súbditos.

Siento tal coraje y tal rabia cuando pienso en el pedazo de pánfilo que fui: sin defenderme, sin reaccionar, conteniendo las lágrimas para que no me vieran llorar. Yo, que era un chico corpulento, ¿por qué no hice nada? No sé. Cobardía, seguramente.

El caso es que, a todos vosotros, hacedores y testigos, a todos os digo que os odio. Mucho.

Pero os perdono.

No sé por qué, pero os perdono. Quizá sí lo sé: ya me he cansado de odiar. Ya me he cansado de culpar. Ya me he cansado del deseo de venganza. Me duele más la rabia que el perdonar. Me ata más la ira que el olvidar. Me quema más culparos que cambiar.

Si volviese al pasado, sería como Víctor Quintanar que, teniendo la venganza a tiro, desvió el revolver para no matar a Álvaro Mesías. Porque Victor comprendió que la venganza no da descanso, no satisface, como creemos. La venganza da más dolor, porque no restituye, sino que vacía aún más.

Si volviese al pasado, observaría a todos esos niños sedientos de humillar y me preguntaría: ¿Qué hacen? ¿Por qué? ¿Qué necesidad hay? Qué pena.

¿Por qué eligen ese camino tan violento del acoso? ¿Por qué elegiría yo ese camino tan violento de la venganza? Digo yo, ¿qué es más fácil?: ¿Acosar o apoyar? ¿Agredir o acariciar? ¿Amar u odiar?

¿De verdad mereció la pena matar y matar para llegar a matar a Bill, Beatriz?

Se trata de ser valiente. Pero valiente para bien.

Hay veces que elegimos ser valientes para hacer cosas que nos hacen infelices. Otras veces, cuando pensamos objetivamente, elegimos ser valientes para hacer cosas que nos hacen felices. Por eso, la valentía es una cualidad que no siempre atina bien. Como dijo Cervantes: la valentía no es temeridad.

La venganza es de valientes temerarios, y perdonar es de valientes virtuosos. Perdonar es para gente optimista y feliz y la venganza es para gente pesimista y miserable.

Al final, odiar y fabular venganzas, es como el grandullón que se queda quieto y revive las agresiones de los imbéciles. La venganza es como quedarse quieto frente al ardiente veneno del resentimiento y dejarse llevar por la corriente. Sin embargo, perdonar es defenderse del resentimiento, hacer un cambio en el corazón que dignifica y da descanso. Perdonar es liberarse de toda cadena y peso en la espalda.

En fin.  

Sí, en el mundo hay imbéciles. Preguntádselo a vuestros abuelos, ellos tienen una lista larga de imbéciles. Lo mejor que podeis hacer con los imbéciles del mundo es: perdonar, olvidar, curar y alejarse.

Ojalá me hubiera defendido mejor en su tiempo. Pero, como no lo hizo, hago hoy mi defensa, y es esta:

Yo quiero ser feliz, quiero deshacerme de todas mis inseguridades. Por lo tanto, a todos vosotros del Aula B, os digo: os perdono.

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