Desde las entrañas 2

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Sofía dejo la escuela a los 14 años para acompañar a su madre a vender tortitas a la orilla de la ruta, a tan temprana edad aprendió que una linda sonrisa vendía mejor que la mejor panificación. Tenía 15 el día que se detuvo Mario en su colectivo, en el que llevaba trabajadores hasta el yacimiento petrolero cercano, no era lindo en absoluto y la duplicaba en edad pero era el mejor partido al que podía aspirar, o al menos de eso logró convencerla su madre.

Mario siempre cumplió bien su rol de esposo y proveedor, cuando quedó embarazada a los 16 años invirtió todos sus ahorros para comprar una casa y le quedó un resto para costear un sencillo casamiento.

A pesar de su corta edad, el embarazo y el parto le resultaron bastante sencillos, pies hinchados, algo de vómitos pero poco más. Ahora con 30 años y mucha más experiencia, le resultaba tortuoso, vómitos y diarreas desde la primer semana, dolores insoportables, pero lo peor de todo era el sueño: dormía apenas un par de horas durante la noche y cuando lo hacía la aquejaban pesadillas horribles que la volvían a desvelar.

Mientras hacía el almuerzo no podía dejar de sacar cuentas ¿Cuándo había quedado embarazada? ¿cuándo había visitado a Ramona? Sirvió unas papas sancochadas y se sentó a la mesa, ajena a todo lo que sucedía alrededor.

– Amor la semana que viene quiero hacer un asado con los muchachos. ¿Algún problema?

– No.

– ¿Querés que invitemos a sus esposas para que no estés sola?

– Me da igual.

– ¿Te pasa algo?

– No.

– ¿Podes soltar el almanaque? ¿Qué te pasa?

– Nada me pasa.

– Estás muy rara Sofía.

– Mamá.

– ¿Que querés Matías?

– Yo no te hablé.

– Mamá – le susurraron al oído.

– ¡La puta que los parió! ¿Qué mierda les pasa?

Mati, mamá está descompuesta, terminá de almorzar en el comedor, yo te ayudo a levantar las cosas.

– Mamá.

– Matías estoy ocupada.

– Mamá…- el aliento fétido que resopló en su nuca casi la hace desmayar, pero alcanzó a levantarse.

Un niño de unos 9 años, con la piel grisácea y los ojos blanquecinos, ataviado como si acabara de tomar la comunión o… como si recién hubiese sido enterrado. Sofía corrió hacía la calle pero encontró la puerta cerrada con llave, con las manos temblorosas no podía atinar a la cerradura, sentía el hedor cada vez más cerca suyo.

– ¡Sofía por favor cálmate!

– ¿Qué mierda me pasa Mario?

– Decime vos qué te pasa, estás como loca. Desde que te dije lo de Jorge estás desquiciada. ¿Tanto te calentaba?

– No hables pelotudeces por Dios.

– ¿Entonces qué mierda tenés?

– No sé, es el puto embarazo.

– Vamos a Mendoza y que te vea un médico como la gente.

– No me gusta viajar Mario, voy a vomitar todo.

– Mañana vamos a la clínica de la obra social.

– Como vos quieras.

– ¿Dónde te vas?

– A tomar algo de aire fresco.

Se tomó el colectivo a Barrancas, el niño en sus entrañas embestía contra su estómago e hígado, ella luchó para no llorar pero cuando dio un golpe directo en los riñones pegó un grito de desesperación y comenzó a golpearse en el vientre.

– ¿Señora está bien?

– ¿Y a usted que le parece

– Va a lastimar al niño.

– No se meta en lo que no le importa.

– Todas hemos pasado por situaciones difíciles, mí marido se fue con mí hermana cuando estaba embarazada de mí sexto hijo.

– ¿Y qué culpa tengo yo de que la gorrearan?

– Calmese hija, no va a solucionar nada insultando. ¿Hasta donde va?

– A Barrancas, a la casa de Ramona.

– ¿Va a ver a sus nietos?

– No, la voy a ver a ella.

– ¿Es familiar, amiga o clienta?

– Amiga.

– ¿Lleva flores?

– ¿Por qué iba a llevar flores?

– ¿Sos amiga y no sabes que falleció hace 6 meses?

– No estaba enterada ¿Qué le paso?

– Que te cuenten los nietos, ellos sabrán explicarte, pero ármate de paciencia porque como vos hay mucha gente queriendo hablar.

Hacía años que el pueblito no veía tal aglomeración de gente, mujeres y hombres en total silencio esperando ser atendidos. Nadie va a una bruja con buenas intenciones, deudas incobrables, rencores, amores no correspondidos, enconos familiares, gente despreciable que se dedico a hacer miserable la vida de los demás, aun a costa de su propia salud mental y física. Gente tan despreciable y consciente de sus propias miserias que eran incapaces de alzar sostener la mirada.

A la hora de haber llegado salió una joven hasta el jardín y se presentó como la nieta de Ramona.

– Disculpame, pero yo no vengo a saldar ninguna deuda.

– Todos deben algo aquí.

– Yo no, a tu abuela le pague hasta el ultimo peso.

– ¿Cómo te llamas?

– Sofía.

– Pasá.

– Mira estuve con tu abuela en julio, ella me hizo un amarre.

– No fue un amarre Sofía, mi abuela no hacia amarres, esas cosas son pelotudeces de viejas que tiran cartas. Mi abuela te cobró un fangote de guita por establecer un enlace con otra persona. Algo que no se va a romper jamás.

– Pero necesito que se rompa.

– Imposible, mi abuela esta muerta.

– Pero, necesito hacer algo.

– Si, podes hacer algo, toma la plata y comprate algo lindo. Mi abuela dejo instrucciones especificas de que se te devolviera la plata y no aparecieras mas por acá.

– Pero tu abuela me arruinó la vida.

– ¿Mi abuela te la arruinó? Escuchame hija de puta, si viniste acá es porque le querías arruinar la vida a otra persona. Con esa pinta de pobrecita que tenes, ella calculó que no tendrías como pagarlo, pero se equivocó y una vez que se concreta el trato no hay manera de romperlo. Andate y deja de cagarle la vida a la gente, porque los que siguen son tus hijos y el que tenes en el vientre.

Sofía tomó el dinero y fue a buscar quien le hiciera un viaje hasta el pueblo, necesitaba buscar a la bruja del pueblo.

La esperaba en la puerta con un pucho en la mano.

– Volviste Sofi, que sorpresa.

– ¿Vos me podes sacar esto que me hicieron?

– Te noto alterada, contame que te hicieron.

– Vos sabes que me hicieron.

– No che, contame pues.

– Un amarre, con Jorge.

– ¿Un amarre con un muerto?

– Te dije que la hija de puta de Ramona no tenia escrúpulos.

– Vos tuviste algo que ver con esto.

– Jorge era un hombre muy solicitado por las mujeres del pueblo, y tenia muchos enemigos entre sus esposos.

– Vos sabias que estaba muerto o que lo iban a matar.

– No me digas esas cosas.

– ¿Cómo puedo sacármelo de encima?

– Eso depende de él.

Sofía compró un conjunto de lencería blanco y con puntillas, el mejor perfume, envió a los chicos a la casa de su abuela y esperó a Jorge con una botella de vino como a él le gustaba. Por la madrugada, cuando estaba por desistir de sus planes golpearon las manos en el frente.

– Sofía, abrime, me estoy cagando de frio.

– ¿Te volviste a caer a la cuneta?

– ¿Volver a caerme? Es la primera vez.

– Te esperaba con la cena y el postre – dijo guiñando el ojo.

Cenaron como en los viejos tiempos, se besaron con una furia incontenible y en la cama se dejaron llevar como si fuera la primera y la ultima vez. Cuando acabaron se abrazaron y Jorge comenzó a cantar una balada inentendible pero que logró que ella se durmiera de inmediato.

Mario volvió del trabajo a media mañana, se encontró con la puerta entreabierta y el numero nueve volteado. Huellas de barro conducían hacia el lecho matrimonial donde Sofía yacía vistiendo lencería recién comprada, desparramada en la cama, con el vientre como si hubiera estallado y el feto medio descompuesto, como queriendo huir del interior de sus entrañas.

Al tiempo que se sonreía tomaba el teléfono para llamar a la policía.

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