Los amantes de río Estigia | Capítulo I: Rechazo y Desesperación

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Ella no podía asegurar cuanto tiempo llevaba caminado por aquel triste y desolador paraje. Estaba confundida y desorientada, no recordaba su nombre, de donde era y cómo fue que terminó caminando desnuda junto a miles de personas en su misma condición.

Las piedras en el camino se le enterraban en los pies y, a pesar de la poca luz que los arropaba, podía notar el tono rojizo del sendero.

―Es como un rio de sangre ―murmuró asustándose al oír el débil y dulce tono de su voz. Era como si hablara por primera vez, ya que no recordaba ni su propio timbre. Sin embargo, lo que más la espantó fue el terrible ardor y gusto a sangre que subió por su garganta. Por primera vez desde que llegó a ese irreconocible lugar, alzó la vista y comenzó a estudiar el paisaje. No se sorprendió cuando vio que algunas de las personas que la acompañaban hacían lo mismo, pero lo que la sumió en un miedo más grande, fue darse cuenta que un niño de no más de cuatros años caminaba a su derecha. Forzó la vista un poco más para poder observar con más de detenimiento, ya que no podía creer lo que estaba presenciando. El niño que caminaba a su lado, era de alguna nacionalidad extraña, pudo darse cuenta de ello por las facciones y el color de piel. Quiso recordar de donde es que reconocía esa etnia, pero sus intentos fueron en vano. Lo único que pudo rescatar de su trillada mente fue la frase: ―“Del medio oriente, es del medio oriente”, ―y a esta frase le sucedió otra que la dejó todavía más perdida de lo que estaba―. ¿Qué es el medio oriente?

Mientras que estos pensamientos viajaban a la deriva en su psiquis siguió observando al niño y pudo ver que, en efecto, la mitad de la corteza cerebral había sido removida. La sangre coagulada formaba una especie de cascada macabra que se extendía tanto por el frente, como por la espalda.

―“¿Cómo es posible que camine con semejante herida?” ―se preguntó―. “Esto debe ser una pesadilla”. ―Subió su vista aún más sobre el horizonte y solo vio un mar de almas, tanto a sus espaldas como adelante y a los lados. Entonces, prestando aún más atención, vio que todos estos transeúntes se veían lastimados y que los que no, estaban famélicos o en malas condiciones. Por ejemplo: un hombre caminaba al frente, tenía lo que parecía ser cinco impactos de bala; un poco más allá del niño había una chica, de más o menos su edad, que arrastraba una de sus piernas, y cuyo cuerpo estaba completamente demacrado, no pudo verla bien, pero por su mente cruzó la idea de un accidente de auto.

―¿Qué es lo que está pasando? ―preguntó en voz alta, con la esperanza de que alguno de sus acompañantes le respondiera. Sin embargo, su esfuerzo no obtuvo recompensa; nadie le prestó atención. Era como si horda de zombis o un grupo de personas manipuladas se movieran solo por la inercia del impulso de las masas.

La desesperación comenzó a reinar en su pecho. Sentía que el entorno la asfixiaba y que iba a morir. Intentó buscar una salida, pero lo único que vio fueron montañas puntiagudas lóbregas que se extendían como picos al cielo, un cielo nebuloso y aún más oscuro que las montañas. Comenzó a desplazarse hacia el costado en busca de un sendero que la sacara de esa locura. Logró, con mucho sacrificio, llegar a la orilla de la masa de gente. Trepó en una de las montañas enterrándose las piedras puntiagudas que parecían germinarse en el cerro como espinas de una rosa. En ese momento elevó la vista y vio que más allá de la masa de gente, donde el horizonte lejano se fundía, había una línea roja muy delgada, que resaltaba del resto del paisaje. Un recuerdo llegó a su memoria en ese momento. No sabía de qué época era o quién le hablaba en esa serie de imágenes que llegó de forma tan repentina a su cabeza.

―“¿Qué es eso?

Un hombre de tez oscura, de pequeño tamaño y bastante corpulento; giró sobre el asiento, entonces ella comprendió que él estaba conduciendo. El hombre al volante le sonrió y le dijo:

―Eso, mi amor, es el mar. Se ve pequeño desde acá, pero cuando lleguemos, vas a ver lo enorme que es.”

―Lo enorme que es ―repitió sintiendo que sus cuerdas vocales se desgarraban―. ¿Qué me pasa? ―se preguntó tocándose la garganta. Al momento de tocarse sintió un dolor profundo y punzante en torno a su cuello y los recuerdos quisieron comenzar a florecer, no obstante, se detuvieron cuando una especie de animal que nunca vio se paró frente a ella. La bestia no era enorme y se parecía bastante a un perro; pero, de igual manera, su aspecto era aterrador. El can no tenía prácticamente pelo, o tenía muy poco; no pudo darse cuenta a simple vista. Un olor a cabello chamuscado y piel quemada se desprendía del animal. Ella comenzó a volver al sendero cuando se dio cuenta de que estaba a punto de ser atacada por ese demonio que la miraba con ansia asesina. La saliva se deprendía de un hocico lleno de dientes puntiagudos e irregulares. Lentamente siguió retrocediendo hasta volver a la masa de gente.

Comenzó a moverse en diagonal para llegar al centro del camino, esperando a que el can la dejase en paz; sin embargo, éste la seguía abriéndose paso en la ladera de la montaña, mostrándose amenazante.

―Es mejor que no salgas del camino ―dijo una anciana esquelética y sin nada de cabello que llevaba un pañuelo en la cabeza.

―¿Qué? ―preguntó estupefacta.

―Esos son los guardianes, cuidan que nadie salga del sendero de las sombras.

―¿Senderos de la sombras? ―preguntó sintiendo más dolor que nunca, incluso se tocó la lengua y vio como sus dedos se manchaban con sangre fresca.

―No sabes dónde estás, ¿verdad?

Ella asistió sin poder hablar, pero dándose a entender que necesitaba una explicación urgente.

―Estamos en el sendero del valle de las sombras, de camino al rio Estigia. ―El semblante de la joven era aún más confuso. La anciana suspiró, era evidente que la situación le generaba mucha incomodad, al fin y al cabo, ya no se podía hacer nada en esa situación―. Lamento decirte ―continuó la anciana― que has muerto y que ahora vas en camino al inframundo…

―¿Al inframundo? ―dijo la muchacha acongojada. La anciana sintió una pena enorme al ver una mujer tan joven y linda en esos desoladores parajes. La sexagenaria meditó durante unos segundos y se resignó en la idea de que ya no se podía hacer nada; entonces, la tomó del brazo y la hizo seguir caminando.

El tacto le produjo a la joven un poco de repelús, estaba más asustada que nunca, no podía recordar cómo es que había muerto y la desesperación hizo mella en su razonamiento y empezó a llorar como nunca lo hizo. Las lágrimas de la joven eran incontenibles, caían una tras otra sin que pudiera detenerlas. La anciana volvió a sujetarla lo más fuerte que pudo, a pesar de que su condición era deplorable y la consoló:

―No te preocupes, linda, lo que te pasó ya no tiene remedio; pero tu existencia no se acaba en el mundo de los vivos. ―La joven alzó la vista y su llanto se calmó un poco al darse cuenta que la anciana intentaba calmarla―. Llegando al barco, ―continuó― vamos a encontrar a un hombre de la mitología, llamado Caronte. Él te va a pedir que le des algo de valor para cruzar.

―¿Cómo es qué sabe eso? ―preguntó la joven intentando contener los sollozos.

―En vida fui profesora de historia y también fui muy creyente. Antes de morir tuve sueños con este lugar y con este momento. Por eso le pedí a mi hija que cuando muriera me dejara puesto este pañuelo, ya que es muy importante para mí ―dijo la anciana inclinando un poco la cabeza para enseñárselo―. Siempre creí que existía un purgatorio, como dice la religión católica, pero veo que los antiguos griegos sabían más de muerte que todos. ―La anciana suspiró y observó detenidamente a la joven―. ¿Traes algo de valor? ―preguntó preocupada.

La joven buscó en su cuerpo rápidamente sin mucho éxito, hasta que un recuerdo fugaz llegó a su mente y se vio a si misma frente a un espejo colocándose una cadenita. La imagen quedó retenida unos segundos en su memoria y pudo notar que se veía hermosa y que estaba emocionada porque iba a salir a bailar por primera vez a escondidas de sus padres.

El recuerdo se disipó cuando la anciana le apretó el brazo apurándola para que le respondiera.

―¿Y? ―inquirió.

―Solo tengo está cadenita. ―La anciana la observó sin que el ceño de preocupación abandonase su arrugada cara.

―Es muy linda ―dijo sonriendo son falsedad―. Cuando lleguemos el barquero te va a llamar. Vos pasa y entrégale la cadenita. Yo voy a ir después que vos. Una vez que estemos en el barco cruzamos juntas, ¿te parece? ―Finalizó la frase tomándole ambas manos y sonriéndole con claro gesto de amargura, que la joven, en el medio de la confusión, no alcanzó a comprender.

Continuará…

Escrito por Cthulhulotudo para la sección:

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